
Los que eligieron vivir en la Argentina
Dejaron Ucrania luego del accidente
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La vida nunca volvió a ser la misma para Ludmila Panasietska desde el día en que explotó la central nuclear de Chernobyl. Ese día empezó a recorrer el largo camino que la traería hasta la Argentina.
Veinte años después de la catástrofe, en su casa de Villa Luro, esta ucraniana de ojos verdes y mirada intensa y triste se dedica a pintar miniaturas de tangueros y toreros en madera y, por supuesto, las clásicas "Mamushkas" rusas. "Ahora doy clases de pintura y también de costura, porque trabajaba como modista en Ucrania", dice mientras muestra unos mates pintados al estilo ruso, obra de uno de sus alumnos.
Ludmila eligió el camino inverso al de quienes eligieron volver a vivir en Pripyat, la ciudad fantasma a 3 kilómetros del lugar de la explosión.
A ella la desesperación la llevó a buscar un lugar remoto para escapar de la amenaza de la radiación. Por la fuerza tuvo que dejar su hogar en Pripyat, y por voluntad propia eligió dejar Ucrania. Así llegó en 1999 a la Argentina, donde tenía una conocida, con su marido (del que hoy está separada) y sus hijos, Alona y Dmytró, con la ilusión de que los problemas de salud causados por la radiación desaparecieran.
Ocho meses antes de la catástrofe, su prima la había convencido de que se mudara, junto con su marido Dmytró y su hijo de 2 años, a Pripyat. La noche del 26 de abril de 1986, mientras miraban televisión, vio cómo temblaba la vajilla que tenía sobre una mesa. "Pero no le prestamos atención y nos fuimos a dormir." Estuvieron más de 24 horas sin saber lo que realmente había ocurrido. "El domingo 27, alrededor de las 2 de la mañana, nos golpearon la puerta, nos dijeron que debíamos dejar nuestra casa, sólo por tres días." En medio de la noche se marcharon. Sólo le permitieron llevar los documentos y algo de ropa, recuerda Ludmila.
Poco después nació su hija y comenzaron los problemas de salud. Fue entonces cuando desde la casa de sus padres partió a Fastiv, y desde allí a Buenos Aires. "Me sentía débil, agotada, vivía con taquicardia y fuertes dolores de garganta, y los chicos también", dice Ludmila, y recuerda que durante los primeros tiempos en Buenos Aires le resultaba una maravilla poder comer frutas y verduras sin pensar que podían estar contaminadas. "No tenía otra salida más que irme para salvar la salud de mis hijos. Acá estamos mejor", asegura.
Tatiana Nazarenko, ucraniana de Kiev, llegó a la Argentina en 2000. "Lo que pasó pasó. Yo no me preocupo", dice en un salón de la asociación ucraniana Renacimiento, en Almagro, donde vive y trabaja.
El 24 de abril de 1986, Tatiana disfrutaba de un día de sol y se bañaba en un río, ajena a la catástrofe ocurrida a unos 50 kilómetros del lugar donde acampaba con sus amigos. El 3 de mayo, cuando volvió a Kiev, la ciudad era un desierto. "Parecía arrasada por una guerra, no había nadie en las calles y todo estaba cerrado." Recién entonces supo lo que había pasado durante su ausencia. Durante cinco años tuvo prohibido exponerse al sol y se vio afectada por mareos, desvanecimientos y dolores de cabeza continuos.
Tatiana dice que la tragedia cambió las vidas de todos los ucranianos. "Empezamos a querer más la vida y a ser más atentos unos con otros."





