Lula da Silva, un líder político de mil batallas que volvió a transformarse para lograr lo inesperado
El líder del PT supera al senador del PL y asumirá un cuarto mandato; la segunda vuelta estuvo marcada por movilizaciones callejeras y una intensa campaña en redes sociales
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RÍO DE JANEIRO.- Luiz Inacio Lula da Silva (PT), de 80 años, fue reelegido este domingo presidente de Brasil para un cuarto mandato, culminando una remontada sin precedentes desde la redemocratización del país.
El extornero mecánico, que hace más de dos décadas se convirtió en el primer obrero en gobernar Brasil, confirmó su continuidad en el cargo. Con el 96,83% de las urnas escrutadas, obtenía el 51,74% de los votos válidos, frente al 48,26% del senador Flávio Bolsonaro (PL), su principal rival. La victoria del PT quedó asegurada a las 21.09.

Durante el tramo final de la campaña, Lula y Flavio Bolsonaro llegaron técnicamente empatados dentro del margen de error de las encuestas, aunque con una leve ventaja numérica para el hijo del expresidente Jair Bolsonaro. En el sondeo de Datafolha, Flavio aparecía con el 51% de los votos válidos, contra el 49% de Lula. La consultora Quaest mostraba un escenario similar.
Lula había quedado detrás de Flavio Bolsonaro en la primera vuelta, al cosechar el 45,16% de los votos, frente al 47,03% obtenido por el senador del PL. La diferencia fue de 2.224.965 votos, según datos del Tribunal Superior Electoral (TSE).
El presidente que abandonó el hotel Renaissance de San Pablo la noche de la primera vuelta parecía haber olvidado cómo era perder una elección. De las últimas seis presidenciales, el PT ganó cinco, y la única derrota ocurrió cuando Lula estaba en prisión.
El tono de la campaña cambió por completo en la segunda vuelta. Cuatro años después de proclamar en su discurso de victoria de 2022 que “intentaron enterrarme vivo, pero resucité”, el mandatario volvió a exhibir una notable capacidad de recuperación política.

Al día siguiente de la derrota en primera vuelta, mientras el PT buscaba responsables internos, miles de estudiantes de la Universidad Federal Fluminense marcharon desde el campus de Gragoatá por las calles de Niterói en defensa de Lula. Días más tarde, otros miles de jóvenes se concentraron en la plaza de la Candelária, en Río de Janeiro. El movimiento se extendió por todo el país. La izquierda, prácticamente ausente de las calles desde 2013, reapareció en una movilización orgánica, apartidaria y cohesionada por el rechazo al bolsonarismo.
En Brasilia, Lula desplazó a quienes definió como responsables de la “campaña más desorganizada de la historia”. El senador Camilo Santana asumió la coordinación, mientras que el gobernador de Piauí, Rafael Fonteles, reorganizó la estrategia de comunicación. A su vez, el diputado André Janones impulsó la creación del canal de WhatsApp “Ejército do Lula”, que en apenas dos semanas reunió a más de 10 millones de integrantes.
En su novena y probablemente última campaña electoral, Lula cambió ante la posibilidad de cerrar su carrera con una derrota. Según personas de su entorno, comenzó a escuchar más y a insistir menos en sus propias posiciones.
El Lula que resurgió en la segunda vuelta es también un candidato que se vio obligado a actualizarse rápidamente. Tras años de resistencia a las redes sociales, empezó a grabar videos diarios en formato selfie y vertical. Incluso abandonó el sombrero que acostumbraba utilizar, inclusive en entrevistas de estudio. Temas alejados de las preocupaciones inmediatas de la población, como la soberanía nacional o el control de la explotación de tierras raras, fueron reemplazados por asuntos más urgentes, como la reducción de la jornada laboral y la renegociación de deudas. Por primera vez en cuatro años, Lula reconoció que su gobierno cometió errores y que existen motivos para el descontento ciudadano.

El último baile
Después de dejar la presidencia en 2010 con un 87% de aprobación, el líder del PT atravesó una serie de episodios que marcaron su trayectoria: vio cómo su sucesora, Dilma Rousseff, era sometida a un proceso de destitución en 2016; pasó 580 días preso por cargos de corrupción pasiva y lavado de dinero entre 2018 y 2019; y posteriormente obtuvo la anulación de sus condenas por decisión del Supremo Tribunal Federal (STF).
En 2022, 1087 días después de abandonar la cárcel de la Policía Federal en Curitiba, se convirtió en el primer brasileño elegido tres veces para la presidencia. Ahora amplía ese récord con una nueva reelección.
Con este triunfo, Lula acumula más victorias que derrotas electorales. En 1989, en los primeros comicios presidenciales directos tras la redemocratización, perdió frente a Fernando Collor en segunda vuelta por poco más de cuatro millones de votos (53% contra 47%).
En las dos elecciones siguientes, acompañado primero por Aloizio Mercadante y luego por Leonel Brizola como candidato a vicepresidente, fue derrotado por Fernando Henrique Cardoso en primera vuelta.
Su primera victoria llegó en 2002 frente a José Serra, seguida por una reelección contra Geraldo Alckmin, entonces miembro del PSDB y hoy su vicepresidente por el PSB. Desde el 1 de enero de 2027, Lula iniciará su cuarto mandato, probablemente el último, ya que tendría 84 años al finalizar el próximo período presidencial.

Entre los principales desafíos que enfrentará figuran el aumento de la violencia, una crisis en el Poder Judicial, especialmente en torno a integrantes del STF, y las restricciones presupuestarias, con los gastos obligatorios presionando cada vez más sobre los recursos discrecionales.
Problemas de popularidad
Pese a su victoria, el tercer mandato de Lula estuvo marcado por dificultades en materia de popularidad. Dirigentes del PT consideran que parte de los problemas expuestos durante la campaña son consecuencia de errores cometidos desde el inicio de la gestión.
Según esta lectura, Lula no incorporó plenamente al denominado “frente amplio” que lo acompañó en la disputa contra Jair Bolsonaro en 2022. Una parte de sus aliados consideró esta decisión como una postura “arrogante”, especialmente porque la victoria de aquel año fue ajustada.
La exsenadora Simone Tebet, tercera en las elecciones de 2022, quedó al frente del Ministerio de Planificación, una cartera eclipsada por el Ministerio de Hacienda. Al mismo tiempo, Geraldo Alckmin recibió tareas relevantes, pero nunca ocupó un lugar central en la toma de decisiones ni integró el círculo más cercano al presidente. Históricas banderas defendidas por el exgobernador paulista, como el control estricto del gasto público, tampoco se reflejaron plenamente en la orientación económica del gobierno.
El ejemplo más claro de la limitada amplitud política de la administración se observó en la conformación del núcleo ministerial. Aunque Lula distribuyó cargos entre partidos del llamado centrão, como el PP y União Brasil, reservó para el PT los ministerios con despacho en el Palacio del Planalto.

Para escoger a sus principales colaboradores, combinó criterios de nostalgia y lealtad. En el primer grupo se ubicaron Alexandre Padilha, encargado inicialmente de la articulación política, cargo que ya había desempeñado entre 2009 y 2010, y Rui Costa, designado jefe de la Casa Civil con la misión de replicar el papel que tuvo Dilma Rousseff. La apuesta buscaba reproducir el modelo organizativo de su segundo mandato, durante el cual alcanzó un 83% de aprobación.
Entre los beneficiados por la lógica de la gratitud estuvieron figuras que acompañaron a Lula durante los 580 días que permaneció encarcelado, como Paulo Pimenta, al frente de la Secretaría de Comunicación (Secom), y Márcio Macedo, nombrado para la Secretaría General de la Presidencia. Ambos abandonaron sus cargos durante el gobierno. En el caso de Pimenta, su salida se produjo tras un prolongado desgaste, en medio de críticas públicas del propio Lula a la estrategia de comunicación oficial.
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