
Para Lula, Dilma y el PT empieza otra batalla sin éxito garantizado

No habrá transición ni traspaso de mando. No habrá despedida ni elogios para el legado. El partido político brasileño más poderoso de este siglo, el presidente más popular en la historia del país y la primera mandataria de Brasil pasarán a ser, de un día para el otro, oposición y minoría, en el instante en el que la jefa de Estado sea apartada de su cargo.
Si la historia fuese una foto, la imagen sería de final para el Partido de los Trabajadores (PT), para Luiz Lula da Silva, para Dilma Rousseff. Pero ni la historia es un cuadro estático ni ninguno de ellos está dispuesto a permitir que lo sea. En los próximos meses, los tres buscarán lo mismo, a veces juntos, a veces separados: sobrevivir, reconstruirse y, eventualmente, volver al poder. El éxito no está garantizado para ninguno y, en caso de llegar, no será el mismo para todos.
Por lo pronto, el PT apunta a dos objetivos. El primero, como Lula y Dilma, es regresar al Palacio del Planalto en 180 días. El segundo, si no lo logra y sus dirigentes históricos quedan en el camino, es ganar terreno en las municipales de octubre.
Para alcanzar la primera meta, el ex oficialismo intentará mostrarse más unido de lo que estuvo en los últimos años de presidencia de Dilma, cuando algunos sectores cuestionaban sus políticas económicas. En los próximos meses defenderá -como nunca- a Dilma en las calles y en el Senado, donde se hará el juicio político. Estará secundado por las organizaciones sociales, que también criticaron a la mandataria por haberse movido a la derecha.
Ahora, con el gobierno de Michel Temer como enemigo común, todos se alinearán detrás del argumento del "golpe político". Cuando estalló la crisis política, hace casi tres años, tanto Dilma como Lula y parte del PT tomaron prestada una estrategia de defensa de otros oficialismos de la región, desde el kirchnerismo hasta el chavismo. Es aquella de dividir con un eslogan: "ellos" (el poder de los medios y las corporaciones) y "nosotros" (el poder del pueblo). Ese mensaje mucho no le sirvió al PT ni a Dilma. En los últimos años, la pobreza y la desigualdad aumentaron y la corrupción se disparó. Millones de brasileños -incluso los que votaban al oficialismo- prefirieron creer que la caída de Dilma fue provocada por su propia ineficiencia o por la falta de transparencia del PT más que por un combate lanzado por poderes ocultos.
En una batalla entre la política y la economía, el argumento del golpe puede recorrer el mismo camino del fracaso durante el juicio político si un eventual gobierno de Temer logra algunas buenas noticias económicas en los próximos seis meses. Perdida la lucha por el impeachment, el PT dejaría entonces de lado a Dilma y se enfocaría en los comicios municipales. En ellos, apuntaría a mantener un cierto caudal electoral y a comenzar una reinvención que deberá incluir nuevos dirigentes y un nuevo mensaje político, social y económico.
Curiosamente parte de esa renovación quiere ser el líder histórico y fundador del partido, Lula, convencido de que, aun en el caso de que su sucesora política sea destituida o de que la justicia lo siga cercando por el escándalo de corrupción, él todavía tendrá posibilidades de volver al poder.
Algo de apoyo tiene para eso. En la última encuesta de Datafolha, de abril, Lula encabezaba las intenciones de voto para unas elecciones presidenciales, con poco más del 20%. El interrogante será si en un ballottage podrá derrotar a la cada vez más popular Marina Silva, una de los pocos políticos brasileños que no están salpicados por el escándalo de corrupción.
Aunque por momentos cansado del carácter hosco de su sucesora, Lula también se unirá a la defensa pública de Dilma mientras dure el juicio. Ya hizo lo mismo antes de la votaciones por el impeachment en Diputados, en abril, y en el Senado.
Si para la batalla que comienza ahora Lula tiene el mismo éxito entre los legisladores que para la que acaba de terminar -o sea, ninguno-, entonces Dilma ya no volverá a ser presidenta. Sólo dos jefes de Estado se enfrentaron a la amenaza de impeachment. Uno, Getulio Vargas, sobrevivió al pedido de proceso, en 1954, pero no a la crisis política y se suicidó dos meses después.
El otro, Fernando Collor de Mello, no resistió al juicio, en 1992, y dejó de ser presidente. Pero sí tuvo una segunda vida política. Hoy es un senador acosado por el escándalo de corrupción y la irrelevancia.
Probablemente Dilma no siga el destino de Getulio, aunque sí el de Collor de Mello.
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