
Acá hay gato encerrado
En San Telmo se ofrecen curiosos objetos de imaginería felina
1 minuto de lectura'
Hoy ningún dueño de un gato guarda luto afeitándose las cejas cuando el felino muere, tampoco se castiga con la pena de muerte a quienes con crueldad sacrifican uno; lamentablemente, colocar gatos de cerámica con miradas profundas no neutraliza la entrada de la pobreza en un hogar. Las antiguas creencias sobre los gatos cayeron en desuso, pero no el fanatismo o el cariño por ellos, que sigue vigente.
Son innumerables las personas que adoptan un gato como mascota, tanto que en los Estados Unidos, por ejemplo, destronó al perro del primer puesto como animal doméstico preferido. Además, en todo el mundo, hay cientos de asociaciones de gatos que organizan competencias nacionales e internacionales donde los criadores tienen la posibilidad de exhibir sus cuidados animales.
Uno de los más importantes criadores argentinos, dedicado a los gatos persas y exóticos, y juez en competencias nacionales de gatos desde hace casi dos décadas, es Alberto Leal. El entusiasmo por los mininos lo llevó a abrir el primer negocio de objetos de arte y antigüedades de América latina dedicado exclusivamente a éstos. Así como el reino de los gatos porteños está en el Jardín Botánico, el reducto de la imaginería gatuna se encuentra en Gatópolis, un pequeño local en el pasaje de La Defensa (Defensa 1179), en una antigua casa chorizo del siglo XIX, a media cuadra de la plaza Dorrego.
Para su puesta en escena, durante cuatro años recorrió anticuarios de ciudades de Europa y América, adonde lo llevaba su ocupación de juez de gatos. Poco a poco formó una colección de objetos de diferentes estilos y épocas.
Curiosidades
Una de las piezas más curiosas es una miniatura tallada de un gato egipcio realizada con barro del Nilo, de 1940. Sin embargo, para Leal la más valiosa es una lámpara de porcelana con la forma de un busto de mujer que abraza a su pequeña mascota, realizada por la Real Fábrica de Nápoles en 1840 aproximadamente.
Llama la atención un par de teteras de porcelana, una irlandesa de 1890 y otra alemana de 1920 que, pese a ser casi del mismo tamaño, son muy distintas, una con abundantes detalles y otra, muy austera.
En un rincón del local, una serie de esculturas de la artista Lidia Maissa parece maullar. Son gatos negros, entre los que se destaca un impresionante abisinio con la cola levantada, de casi un metro de largo y de líneas muy simples.
En Gatópolis
Gatópolis también reúne y convoca a los más exóticos personajes. Leal recuerda que "una vez una catalana se acercó al local con una tarjeta y la recomendación de un sevillano. Era una apasionada por los objetos de arte gatuno, aseguró tener 3000 piezas y vino en busca de más, como un tríptico de la artista argentina Maydé Arigós".
No son pocos los habitués que se manifiestan satisfechos, asegura Leal, y recuerda la visita de "una vecina que no deja de repetir por fin me pude dar el gusto; la última vez dijo que era su cumpleaños y la mamá le regaló dinero y se llevó 200 pesos en objetos de arte, una fanática".
A la hora de decir qué país siente mayor pasión por los gatos, Leal y su colaboradora, María Julia Wagner, responden al unísono "Francia", aunque no se olvidan de nombrar a Holanda. En esa tierra, "no hay casa grande que no tenga 10 o hasta 12 gatos; es que, originalmente, todos los canales de Amsterdam tenían una buena cantidad de roedores, y no había holandés que no adoptara felinos para combatirlos. Por eso, en Holanda existe una asociación de gatos con gran tradición", comenta. "Más allá del gusto por el animal, coleccionar objetos de arte tiene que ver con el gusto por lo estético, por la belleza", sostiene el experimentado criador.




