
1940-2004 | Por Mario Pergolini
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Odio escuchar flashes de último momento. No sé, será desde aquel telegrama que decía que mi tía había muerto en Brasil. Mi mamá me dijo con lágrimas: Marito, los telegramas nunca dicen cosas buenas. Nadie se apura para contarte cosas buenas. Yo era chico y estaba en cama ese día, no había ido al colegio. Estaba ahí cuando llegó el cartero. Telegrama, gritó, como avisando. Mi mamá lo abrió ya con cara de culo, y casi se cae al suelo por la pésima noticia. Y de ahí me quedó el trauma de las cosas que dicen ultimo momento. O esto esta pasando ahora. Y el peor de todos: interrumpimos la transmision porque bla bla bla.
Pero igual subo el volumen, y escucho con atención. Y en tu radio llega la noticia. Así, de sopetón.
Dijeron que después de una larga enfermedad, y de una mala última semana, habías decidido irte. Así lo dijeron. Y, a partir de ahí, todo cambió. La radio, ni te cuento. ¿Sabés que se portaron muy bien?
En un negocio en que el show siempre debe continuar, Mitre decidió parar y dejar que todos se expresaran. Y la gente se expresó. Lloró, lloró mucho. Gente que no te conoció, así, personalmente, gente que pasaba todas las tardes escuchándote. Y vos sabés lo que pasa cuando una voz se va de la radio. Hay un hueco, algo no cierra, suena raro Es como si te hubieran cambiado el compañero de oficina que estuvo con vos durante años, ¿viste?
Uno se termina acostumbrando a la compañía. Y salieron amigos tuyos. Buenos amigos, gente grossa, respetada. Y los más duros lloraron frente a la gente. Lanata, sin ir más lejos, ¡no sabés cómo lloraba! Y no importaba, porque se sentía muy sincero. Vos los hubieses puteado, seguro, y después hubieses dado un gran discurso y hasta nos hubieras hecho sentir unos soretes por estar riéndonos de un muerto. Todos intentamos comportarnos así, y hablo en plural porque yo también salí al aire con Magdalena e intenté decir que era una mierda que te mueras, que se tenían que morir otros. Eso, otros se tienen que morir. ¿Que es una animalada? Sí, ¿y qué? ¡Basta! ¡Que se mueran otros! Uno a uno. También salió al aire Joaquín Sabina y fue desgarrador escuchar cómo un poeta intentaba buscar palabras certeras para expresar su dolor.
Los oyentes, esos seres que no tienen micrófono porque si lo tuvieran nos quedaríamos sin laburo, también salieron al aire. La mayoría, muy tristes, dijeron cosas increíbles, hasta vos te hubieses emocionado. Y por un rato, casi una noche entera, los medios fueron respetuosos y no hablaron mierda. Sí, eso fue lo que pasó, increíble, ¿no? Nadie dio chismes, ni mala información, y todos, aun los que más bajo suelen caer, sintieron que tenían que ser respetuosos, inclinar la cabeza en señal de respeto. Eso fue más o menos lo que pasó.
Ahora es otro cantar: lo que queda es ausencia. Y es feo y molesto. Pero ya pasará. Lo único real serán las anécdotas que cuentan tus amigos y compañeros de trabajo. La mayoría son graciosas. Hablan de noches y largas cenas, de puteríos y buenos amigos, de conocer las dos caras de una misma sociedad. Parece que te entendías bien con los reyes, pero un poco mejor con los linyeras. Y eso te hizo grande. No te imaginás qué grande.
Voy a extrañar muchas cosas tuyas. Las puteadas acompañadas de un “te lo digo de onda”, tus comentarios en la cancha de Boca, frases como aquella que me dijiste un día: “No digas cosas idiotas, incluso si a los idiotas les gusta”, sólo porque fui a un programa de chismes a aclarar no se qué boludez. Sólo sé que nos produjo dolor que te fueras así, de esta forma. Sé que es la mejor forma, lo sé, pero de ahí a que me guste…
Chau, Castelo. Voy a recordarte en las noches compartidas con Dolina, cuando recién empezaba en Continental y me dejabas atender el teléfono aunque ya tenía mi programa. Me decías que se aprendía de abajo hacia arriba, y tenías razón. Los hombres y mujeres decentes te van a extrañar. Tus amigos intelectuales, músicos, y los otros, también te van a extrañar. Y yo también. Porque te admiré siempre, me gustaba mirarme en tu espejo e imaginarme a mí mismo así, ya un poco más grande que ahora, con el pelo blanco, con inteligencia, con raptos de humor y con bastante malicia.
Todos los que te conocen murieron un poco con vos, al igual que los oyentes que te seguían. Como yo, que aunque no fui un amigo cercano ayer sentí que se me fue un poquito de alma.
Y está bien. Gracias por tanta decencia. Gracias por tanto humor. Serás un ejemplo a seguir, y sabés que no es poco.Fue un gusto conocerte.Y es muy triste saber que ya no estás.




