Jueves a las 23
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Desperate housewives
Desde el más irrestricto sentido común, la sexóloga boricua instruye sobre orgasmos a las amas de casa.
En Historia de la sexualidad, el filósofo francés Michel Foucault propuso una hipótesis polémica: que en Occidente no hubo represión de la sexualidad, sino que, desde el siglo XVIII, existe una proliferación de discursos que pretenden develar algún tipo de verdad acerca del sexo. En Occidente el sexo sería, predominantemente, un discurso, una ciencia, mientras que, en otras culturas, es una práctica, un arte erótico.
La proliferación de consultorios sexológicos en revistas femeninas, radio o programas de TV parecen darle la razón a esta vieja hipótesis. Invariablemente, en ellos el tratamiento del sexo aparece “dignificado” por la vía de un lenguaje científico, al tiempo que, en vez de ocuparse del placer de los “pacientes”, los sexólogos mediáticos pretenden llevarles la tranquilidad de que son “normales”. El discurso sobre el sexo perdona, tranquiliza, libera pero rara vez contribuye a desatar el placer. ¿Hay algo menos erótico que una imagen mental de Alessandra Rampolla explicando la ubicación del clítoris en su vagina-almohadón (se trata de un peluche pedagógico al que llaman “bamba”)?
Aunque se pueden pensar algunas refutaciones a las hipótesis de Foucault, es innegable que explicar una relación sexual como si fuera el proceso de la digestión no contribuye al erotismo de los cuerpos. Como todo sexólogo mediático, Alessandra tiene una sola respuesta para cualquier interrogante: todo lo que hagan dos adultos por su propia voluntad está bien. Sin embargo, las prácticas reales de quienes más ejercen la sexualidad, los adolescentes, quedan fuera de esta moral para amas de casa. ¿Qué le diría Alessandra a una chica de 15 que se enamoró de una compañera de colegio?, ¿o a una de 16 que se pasa horas online hablando de sexo con desconocidos? Es probable que, en casos como ésos, su discurso “liberador” encuentre rápidamente un límite.
La puertorriqueña (según su website, graduada en “sexología” en una universidad de San Francisco) da consejos desde el sentido común más irrestricto y el optimismo más injustificado: ante la consulta de una mujer cuyo marido prefiere masturbarse a tener relaciones sexuales con ella, Alessandra recomendó “saltarle encima”. Es cierto que la franqueza de los tópicos (“¿cómo se puede mejorar el gusto del semen?”) sorprenderá a más de una esposa y madre. Ellas son el target específico de este programa donde encontrarán el placebo de una sexualidad que ya no practican: a falta de sexo, por lo menos escuchan hablar de él.
Alessandra tiene una naturalidad y una simpatía contagiosas que explican su ascenso mediático. Con su carisma como plataforma, se expandió lo que no es más que un consultorio sexológico a un inflamado show televisivo: hay una tribuna que aplaude compulsivamente, una notera, “secciones” del tipo “la pregunta de la tribuna”, “la pregunta telefónica” y un reportaje al inevitable famoso que confiesa sus secretos sexuales. Así el programa termina de cerrar el círculo y une la charla de sexo con su rubro gemelo, el que más interesa a las amas de casa: la chismografía.
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