Age y Scarpelli: el espejo de la sátira
"De sus experiencias en la revista Marc´Aurelio, trajeron la capacidad de pasar de la comicidad más simple al film de valor artístico: la comedia a la italiana, con su ligereza y su profundidad, se debe a ellos."
Quizá pueda parecer algo excesiva la generosidad de Dino Risi al adjudicarles a Age y Scarpelli la paternidad del género que hizo poderosa a la industria cinematográfica peninsular, pero ni al realizador de "Il sorpasso" ni a los otros representantes de la vieja guardia que fueron el viernes a darle su último adiós a Agenore Incrocci -Mario Monicelli, Ettore Scola, Florestano Vancini, Francesco Rosi, Carlo Lizzani, Luigi Magni- se les escapa que el famoso binomio autoral estuvo entre los principales artífices de aquel prolongado período de éxitos.
* * *
En Marc´Aurelio, una de las expresiones periodísticas descollantes dentro de la predominante monotonía fascista (que también fue decisiva en la carrera de Fellini como caricaturista y escritor), cultivaron Age y Fulvio Scarpelli la mirada satírica sobre la realidad, el humor irreverente y cáustico.
Nacidos ambos en 1919, uno en Brescia, el otro en Roma, traían, por cierto, experiencias bien disímiles. Scarpelli, hijo del director de un periódico, tuvo oportunidad de desarrollar aun antes de la Segunda Guerra Mundial sus dotes para el dibujo y la sátira en diversas publicaciones. Age, en cambio, tuvo una vida más agitada. Perteneciente a una familia de actores, anduvo con ellos desde la infancia errando por todos los rincones de Italia. Como actor, claro, haría su debut profesional, y con muy poco éxito: un doblaje para el primer film de Mario Monicelli. De ahí pasó a la radio y empezó a escribir para el varieté, al mismo tiempo que ingresaba en la universidad para estudiar abogacía, carrera que abandonó casi al borde de la graduación.
Su foja de servicios como soldado, ya iniciada la guerra, es increíblemente enmarañada: pasó cuatro años en Francia, primero en el ejército francés; después, como prisionero de los alemanes. Cuando pudo fugarse, se sumó por un año a las filas norteamericanas. Quizá de la memoria de aquellos días extrajo muchas de las situaciones, alternativamente cómicas o dramáticas, que aparecerían en los futuros libretos que firmó, a partir de 1947 ("I due orfanelli", Monicelli), con su amigo inseparable. Como, por ejemplo, el de "La gran guerra" (Monicelli, 1959), donde por primera vez un tema casi tabú del cine italiano -la inútil masacre de la Primera Guerra Mundial- es recreado con humor sarcástico, contaminando la tragedia histórica con los patrones ya impuestos de la commedia all´italiana.
* * *
Monicelli es un nombre que se repite en la trayectoria del inoxidable tándem creativo (la pieza fundamental del género, "Los desconocidos de siempre", de 1958, también les pertenece), pero en la extensa nómina de un centenar de films de Age y Scarpelli figuran otros nombres importantes.
De Totò, con quien comenzaron y para quien escribieron alrededor de veinte guiones, a Ettore Scola ("Celos, estilo italiano", 1970; "Nos habíamos amado tanto", 1974; "La terraza", 1980), y de Pietro Germi ("Seducida y abandonada", 1964; "Señoras y señores", 1965) a Dino Risi ("La marcha sobre Roma", 1962; "Los monstruos", 1963).
Nadie que haya visto cine italiano de la segunda mitad del siglo pasado habrá dejado de reír con las ocurrencias de este par de ingenios ni habrá olvidado algunos de sus grandes personajes, protagónicos o secundarios.
Lo habrán hecho con Totò y sus inverosímiles aventuras, con el inefable Brancaleone, con el grupo de boqueteros amateurs que intentan dar el gran golpe y terminan compartiendo un guiso, con el mattatore de Gassman, el bígamo de Mastroianni, el comisario de Sordi, el hechicero de Vittorio De Sica o con cada uno de los "monstruos" que daban cuenta, en tono de ácida mordacidad, de vicios y virtudes de los italianos en la época del boom económico.
* * *
El gag, la ocurrencia insólita y los hallazgos idiomáticos (piénsese sólo en la variedad de italianos que se hablan y escuchan en "Los desconocidos de siempre" o en el idioma macarrónico de los cruzados de Brancaleone) eran especialidades de Age y Scarpelli, pero también la visión de la Italia de hoy y del pasado inspiró sus creaciones. ¿Dos muestras? Las incipientes luchas sindicales a fines del siglo XIX en "Los compañeros" (Monicelli, 1963); el desconcierto político de los 80 en el ya citado "La terraza".
"Suele olvidarse que la parodia puede ser una gran forma de arte -decía Age-: que puede derivar en sarcasmo, en sátira social y política." Eso propusieron él y Scarpelli muchas veces: una especie de cine-espejo de la realidad sociocultural de Italia. Casi siempre, con la risa como arma.



