
Antes de empezar, el Festival de Venecia ya se expone al fuego cruzado de la política
La agenda geopolítica imponiéndose al cine empieza a hacerse tendencia en las grandes muestras de cine, esta vez con el conflicto de Gaza y la cuestión rusa como ejes
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Fuera de los debates parlamentarios, las deliberaciones en el seno de algún relevante organismo internacional, los encuentros organizados por las más importantes entidades no gubernamentales o las cumbres regionales de las que participan presidentes o altísimos funcionarios, el debate sobre la agenda geopolítica del momento parece haber encontrado un nuevo espacio con visibilidad global: los festivales de cine.
Venecia surge en estos días como la nueva etapa de un recorrido que ya lleva más de un año de continuidad. El movimiento que sostiene esta larga campaña está liderado por un grupo de actores y directores convencidos de que tienen la autoridad y hasta el deber de decir algunas cosas sobre el estado del mundo, aunque eso signifique silenciar otro tipo de opiniones o hasta transformarse en algún caso extremo en cómplice involuntario del terrorismo.
Algunos de ellos se convirtieron desde hace un buen tiempo en líderes, referentes o acompañantes famosos de grupos y activistas que respaldan ciertas causas relacionadas con temas políticos irresueltos. El más notorio y ruidoso es el conflicto que perdura en Medio Oriente sobre la situación de Gaza y las tensiones con Israel sobre la cuestión palestina. También ocupa los primeros planos la cuestión rusa.
El Festival de Venecia todavía no empezó (la ceremonia inaugural está prevista para la noche del miércoles 2 de septiembre) y sus autoridades acaban de adoptar una decisión fuera de lo común: este año no se hará la tradicional conferencia de prensa del jurado oficial. Así lo anticiparon en la tarde del sábado conocidos medios de Hollywood como Variety, que citó “problemas de agenda” como justificación presentada por las autoridades de la muestra. “En su lugar –agregaron- habrá un cocktail de bienvenida para los medios internacionales”.
Ese argumento se debilita frente al verdadero (y no reconocido) motivo de la cancelación. El decano de los grandes festivales de cine del mundo quiere evitar lo que pasó hace exactamente un año cuando en ese mismo encuentro inaugural con la prensa el director estadounidense Alexander Payne, presidente del jurado oficial, se excusó de opinar sobre el problema de Gaza. “Francamente me siento un poco desprevenido por esta pregunta. Estoy aquí para hablar de cine y juzgar películas”, fue su respuesta.
A Payne no le quedó más remedio que decir algo sobre el tema en la jornada final, cuando el jurado no le otorgó el León de Oro (como reclamaron varios medios y activistas) a la película tunecina La voz de Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania (disponible en Netflix), que relata en tiempo real el caso del asesinato de una niña de seis años residente en Gaza durante un ataque de las fuerzas israelíes. La película había recibido tras su primera proyección 22 minutos ininterrumpidos de aplausos, la más larga de toda la extensa historia del festival y obtuvo el Gran Premio del Jurado, segundo en importancia.

“Como jurado valoramos ambas películas por igual, cada una por sus propias razones”, dijo Payne al justificar la elección de Padre, madre, hermano, hermana, de Jim Jarmusch, como ganadora. Algunos medios italianos hablaron en ese momento de la “falta de valentía” del jurado al no premiar al film tunecino. Ben Hania se sumó este año al jurado oficial que preside la actriz estadounidense Maggie Gyllenhaal.
En el ánimo de las autoridades del festival y de la Bienal de Venecia debe haber pesado con fuerza el antecedente de lo ocurrido este año en Berlín, otro de los grandes festivales del calendario cinematográfico anual. Allí, las tensiones políticas (con la cuestión de Gaza en el centro) estuvieron a punto de costarle el puesto a su directora, Tricia Tuttle.
Uno de los momentos más incómodos de toda la muestra se produjo durante la primera aparición del jurado oficial y más precisamente, a partir de una intervención de su presidente, el director alemán Wim Wenders, que tomó la palabra cuando un periodista le preguntó a una integrante de ese jurado por qué no tomaba una posición pública frente a lo que pasaba en Gaza.

Wenders explicó que los artistas no deberían ocuparse de temas políticos sino de aquello que no tiene interés para los políticos profesionales. “El arte es lo contrario de la política”, explicó en ese momento.
Aunque falta todavía la confirmación oficial ya es un hecho la anulación del habitual encuentro entre la prensa y el jurado oficial en la apertura de Venecia, queda más que claro que allí nadie quiere que se repita lo ocurrido en Berlín.
Sobre todo desde que se conoció el último viernes el texto de una carta abierta de Venice4Palestine, una agrupación cuyas acciones tuvieron mucha repercusión en el festival de hace un año cuando reclamó directamente un acto de censura contra los actores Gerard Butler y Gal Gadot, cuyo apoyo a Israel en el conflicto es conocido desde hace tiempo, al exigir que se les retiraran las invitaciones para participar de la muestra.
Ahora, en la víspera del comienzo de la edición 2026 del festival, Venice4Palestine reapareció para reclamar de las autoridades “medidas concretas en favor de Palestina”, entre ellos la suspensión de “todos los acuerdos con entidades e instituciones vinculadas al gobierno israelí” y un “boicot cultural general” contra ese país.
También pide que la bandera palestina se exhiba durante todo el festival en lugares bien visibles para acompañar la presencia de dos películas de ese origen: Citizen Osama, de Ahmed Hassouna, y Conversation with the Sea, de Muayad Alayan. Las autoridades del festival y de la Bienal no se pronunciaron hasta el momento sobre el tema.
Entre los 200 firmantes de la petición de Venice4Palestine aparecen los directores Isabel Coixet, Céline Sciamma y Matteo Garrone, el guionista Paul Laverty y los actores Guy Pearce, Jasmine Trinca, Fabrizio Gifuni y Luigi Lo Cascio, además del exintegrante de Pink Floyd Roger Waters y la escritora francesa Anne Ernaux, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2022.
Con todos estos antecedentes se espera que a partir de este miércoles la edición número 83 del Festival de Venecia tenga una elevada temperatura. A la cuestión de Gaza (que también será el eje de un panel, “Gaza sigue ardiendo, ¿De qué sirve si no actuamos?”, promovido por Venecia4Palestine para el 8 de septiembre con el auspicio de la sección paralela Giornate degli Autori) se suma un debate adicional sobre Rusia.
En abril pasado se abrió una controversia entre la Bienal de Venecia y la Comisión Europea. La entidad cultural italiana había autorizado una exposición oficial rusa y el organismo político europeo respondió frenando el envío de dos millones y medio de dólares que la Bienal iba a usar para financiarse. “El dinero de los contribuyentes europeos debería salvaguardar los valores democráticos que no se respetan en la Rusia actual”, argumentó la Comisión Europea.

“La Bienal es un espacio de convivencia cultural libre de censura para todo el mundo”, contraatacó Pierangelo Buttafuoco, presidente de la entidad, que criticó a la Comisión Europea por aplicar un criterio contradictorio para las sanciones contra Rusia. “Retiran dos millones y medio de dólares de la financiación de la Bienal y al mismo tiempo le otorgan a Putin 5900 millones de dólares en seis meses”, refiriéndose a la reciente firma de los contratos para asegurar la provisión en Europa de gas licuado ruso.
En las últimas horas, el director artístico del Festival de Venecia, Alberto Barbera, se sumó a toda la polémica, al describir a la programación de este año como “la más política de los últimos tiempos”. Dijo que las películas seleccionadas “reflejan importantes problemáticas contemporáneas, desde Palestina hasta la inmigración, pasando por el cambio climático, y hablan de la limitación de los espacios de libertad entre los opositores a distintos regímenes”.

La muestra se abrirá el próximo martes con el estreno mundial de Ink, de Danny Boyle (Trainspotting), un relato sobre el ascenso del magnate de los medios Rupert Murdoch y su impulso en favor de la prensa sensacionalista en el Reino Unido. También se exhibirá por primera vez un extenso documental de cuatro horas sobre Elon Musk, cuyo distribuidor internacional definió como “explosivo”.
La expectativa es tan alta por las características de la programación y la presencia de varias estrellas (entre ellas George Clooney, que recibirá el premio a la trayectoria, Robert Pattinson, Javier Bardem y muchos otros) que la demanda de alojamiento está al borde del colapso.
Buena parte de la oferta de hospedaje para este año resulta inalcanzable para la mayoría de los visitantes. El Corriere della Sera informó en las últimas horas que en Airbnb se ofrece en alquiler una residencia de lujo por 14.550 euros entre el 1° y el 12 de septiembre.
Del otro lado aparece disponible para todo el festival, por 334 euros, una especie de tráiler sobre ruedas (con dos literas y baño portátil) que utilizan habitualmente quienes trabajan en el campo. Y hasta el caso, citado por el Corriere, de una publicista a la que le pidieron 50 euros por noche para dormir en un sillón reclinable de los que se usan en los geriátricos.
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