Casi una obsesión
Secreto, pasión, obsesión, venganza, misterio, peligro... Hay palabras que ejercen una seducción irresistible sobre quienes deciden titular las películas. No importa si el original habla del punto sobre la i o de compañeros mortales, o si en un exceso de discreción se ha reducido a un nombre propio. Para corregir tanta insipidez expresiva ahí vienen los tituleros con su vocabulario limitado, pero eficaz. Así, donde decía "Freud" se leyó "Pasiones secretas", en lugar de "Niágara" hubo "Torrentes de pasión" y los compañeros peligrosos se fundieron en una "Obsesión de venganza", sin importar lo que opinaran John Huston, Henry Hathaway o Sam Peckinpah, los autores damnificados del caso. En cuanto al punto sobre la i, la solución fue fácil: "Obsesión" es un comodín que nunca pasa de moda y puede servir para el romance que viven en Londres un brasileño (Gael García Bernal) y una madrileña (Natalia Verbeke).
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Obsesiones hubo y hay muchas en la cartelera local y no siempre por obra de los tituleros, desde la "Sublime" que Douglas Sirk les organizó a Jane Wyman y Rock Hudson hasta la "Prohibida" que complicó al policía Al Pacino y la sospechosa Ellen Barkin, y de la "Magnífica", que Brian de Palma compuso pensando en Hitchcock a la "Mortal", que le sirvió a Clint Eastwood para debutar como director. Por supuesto, está la "Ossessione" a secas, de Visconti, que muchos cinéfilos prefieren nombrar así, en italiano. Y hay ejemplos actuales: ahora mismo se superponen la "Peligrosa" de Echarri-Martínez y la "Misteriosa", que casi vuelve loca a Julianne Moore.
Misterios y peligros, así como secretos y venganzas también tienen su buen rating, lo que ha hecho que las infinitas combinaciones, entre sí o con otros términos infalibles como pasión, armen un descomunal embrollo en la memoria del espectador. Pasión, por ejemplo: siempre hay alguna en circulación, aun sin necesidad de las violencias de Mel Gibson. Desde la de aquella legendaria Madame Dubarry, que Lubitsch confió a Pola Negri, y la de Juana de Arco con la que Dreyer escribió una página importante de la historia del cine. A secas, como la de Bergman (1969) o la de Godard (1982); desnuda como la que María Félix experimentó por aquí en 1953; fatal como la que despertaba Marlene Dietrich en la primera comedia norteamericana de René Clair; sin freno, como la que enredaba a Richard Widmark, Gloria Grahame y Lauren Bacall en un recordado drama de Vincente Minnelli; de amor, como la que Ettore Scola imaginó en torno de una mujer fea; de libertad, de fuego, dominguera, maldita, diabólica; pasión que manda como la que unió a Humphrey Bogart y George Raft. Hubo "Hogueras de pasión" para John Wayne en el mismo Oeste donde John Ford expuso la "Pasión de los fuertes" y no faltaron los "Abismos de pasión" de Buñuel que no eran otros que los de "Cumbres borrascosas". La lista sigue. No hay caso. Quienes titulan tienen verdadera pasión por algunas palabras. Casi una obsesión.



