Cuento de hadas musical
Vitus (Idem, Suiza/2006, color; hablada en suizo-alemán e inglés). Dirección: Fredi M. Murer. Con Bruno Ganz, Fabrizio Borsani, Teo Gheorghiu, Julika Jenkins, Urs Jucker, Kristina Lykowa, Tamara Scarpellini, Eleni Haupt. Guión: Peter Luisa y Fredi M. Murer. Fotografía: Pio Corradi. Música: Mario Beretta. Edición: Myriam Flury. Presentada por CDI Films. 120 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
Que Vitus no es un chico como cualquier otro se sabe apenas comienza la película, cuando él todavía es un crío y ya demuestra sus inusuales dotes para el teclado. También se sabe bien temprano que el film está más cerca de la fantasía de un cuento de hadas que del examen realista sobre los ventajas y las dificultades de ser un niño prodigio. Y conviene tenerlo en cuenta para aceptar la ficción como verdad, para adherir a los términos en los que está planteada y no caer en el error de considerar si lo que se ve en pantalla es verificable en la realidad. Como se diría en literatura: lo que importa es que el verosímil funcione.
Haber adoptado ese registro habla del ingenio y la astucia del realizador suizo Fredi M. Murer. Por un lado le permite extender el rango de la genialidad de su muchachito (incluso hasta convertirlo en un mago de las finanzas) sin sacrificar su espíritu ni su frescura infantil, es decir, sin convertirlo en uno de esos adultos en miniatura a los que el cine y la televisión recurren con frecuencia. Por otro, le da vía libre para conducir su fábula sin atenerse a los rigores del realismo, de manera que lo que se cuenta resulte siempre gratificante para los ojos y sobre todo para el corazón del espectador. Así, hasta puede controlar la dosis de azúcar y evitar los excesos de sentimentalismo. Aquí la emoción no se estimula a golpes de efecto rigurosamente calculados: es una cuestión de tono.
Un genio rebelde
"¿Qué es una paradoja?", pregunta Vitus cuando oye la palabra. Lo saben bien sus padres, que lo aman de verdad pero sienten la obligación de encaminarlo para que no malgaste sus excepcionales dotes para el piano. El chico resiste: expresa su rebelión en rabietas, sobre todo cuando empiezan a sofocarlo con obligaciones y alejarlo de los otros chicos y de la baby sitter, que sí lo comprende y hasta le propone "encerrarse en el cuarto hasta ser adultos". Vitus se niega a ser un trofeo familiar; cuando crezca, dice, quiere ser "más normal" y a las enseñanzas de una maestra célebre a la que quieren confiarlo prefiere la compañía del abuelo, que vive persiguiendo sus sueños y lo trata como un chico y un confidente. Ya encontrará el modo para escapar de la jaula de su genialidad hasta que pueda asumir su condición y aprenda a disfrutar de ella.
En el cuento de hadas de Murer no hay brujas ni lobos feroces: al fin, todos obran aquí con las mejores intenciones, incluidos los padres, observados con la mirada tierna y solidaria de alguien que comprende el dilema en que se encuentran. Tampoco, felizmente, abundan las frases sentenciosas ni los intentos de moraleja. Tal vez pudo esperarse que el realizador explorara un poco más en profundidad el problema del chico que no por poseer cualidades que lo destacan aun entre los adultos deja de tener necesidades y deseos infantiles. Y quizá que moderara su voluntad de redondear la historia haciendo que cada detalle viniera con ecos del tema central (los vuelos, para liberarse o para volver, el trabajo manual de los hombres de la familia, etc.).
Pero a su favor hay que decir que el film conserva su tono y su encanto, que tiene excelentes actuaciones (en especial de Bruno Ganz y de los dos chicos que encarnan a Vitus, el simpático Fabrizio Borsani y Teo Gheorghiu, prodigio él mismo en la vida real) y, por supuesto, mucha y muy buena música.
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