
Delicias de una crisis conyugal
"La vida secreta de un dentista" ("The Secret Lives of Dentists", EE.UU./2002, color). Dirección: Alan Rudolph. Con Campbell Scott, Hope Davis, Denis Leary, Robin Tunney, Gianna Beleno, Lydia Jordan, Cassidy Hinkle. Guión: Craig Lucas, basado en "´The Age of Grief", relato de Jane Smiley. Fotografía: Florian Ballhaus. Música: Gary DeMichele. Edición: Andy Keir. Presentada por Alfa Films. Duración: 104 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena
Dana soñaba con un matrimonio que fuera "como el Cinerama, cada vez más ancho"; en cambio, la realidad le deparó lo contrario: todo va volviéndose cada vez más estrecho. Quien la escucha confesar su desilusión es Dave, su marido, y no es ésta la primera señal que recibe, muy a su pesar, de que algo no anda bien entre los dos.
Nadie lo sospecharía si echara sólo una mirada ligera a la imagen dichosa que ofrece esta joven pareja de dentistas profesionalmente exitosos, padres de tres lindas nenas y dueños de una bella casa no muy lejos de Nueva York. Pero Alan Rudolph quiere averiguar qué hay detrás del amable cuadro doméstico, y no encuentra mejor vía que meterse en el cerebro de Dave para descubrir sus inseguridades, sus temores, sus aflicciones y sus enojos ante una realidad que preferiría ignorar. El resultado es una comedia risueña y melancólica que acusa visibles desniveles y no sorprende por su originalidad, pero desliza sutiles observaciones psicológicas acerca de los roles que cada uno asume en la realidad hogareña y proporciona unos cuantos apuntes burlones y certeros sobre las pequeñas delicias y miserias de la vida conyugal.
Desniveles
En principio, el film toma el camino más difícil: busca en los detalles, en las miradas, los silencios y las actitudes de cada uno todo aquello que no se dice en palabras. Se percibe, por ejemplo, que no es tanta la armonía familiar en la conducta de las hijas -la más chiquita reclama al padre permanentemente y rechaza sin disimulos a la madre, frecuente víctima de sus manotazos- y se asiste a la profunda satisfacción de Dana (tanto como se sospecha su íntima frustración) cuando sube al escenario para unirse al coro de "Nabucco" en su modesta compañía de ópera.
Poco antes, Dave la ha sorprendido, sin querer, muy próxima a una figura masculina (quizás el director del elenco) y en situación que no dejaba lugar al equívoco, de modo que casi ni hace falta que ella exprese su desengaño en palabras para que el pobre hombre sienta que se hunde en un tembladeral de dudas y miedos. Todas sus escondidas debilidades salen a relucir ante la posible infidelidad de su mujer y, lo que es peor, ante el riesgo de ser abandonado.
Aquí, en lugar de confiar a la habitual voz en off las secretas cavilaciones del dentista, el film añade otro personaje, una especie de otro yo algo diabólico, que es visible sólo para él y se aparece en cualquier lugar y en cualquier momento para llenarle la cabeza con sugerencias y "consejos" a cual malicioso. Ese otro yo que pone en palabras los sentimientos que el dentista no se atreve a expresar se corporiza en la figura de su paciente más belicoso, un tal Slater, que suele dirigirse a él llamándolo Dr. Mengele. Es el mismo que le ha hecho pasar un papelón en pleno teatro, aunque tal vez ese exabrupto no haya existido sino en la fantasía culposa del atormentado Dave.
El consejero invisible sirve como motor de la acción y puede ser eficaz en función humorística, pero es un recurso que se agota con la reiteración. Así, el film sacrifica en su segunda mitad parte de la sutileza que mostraba en la primera, si bien Rudolph sigue acertando en su retrato burlesco de los pequeños dramas domésticos, por ejemplo durante la tragicómica secuencia que describe los padecimientos de toda la familia cuando es atacada por un extraño virus gripal.
Cierta discordancia perceptible entre Campbell Scott y Hope Davis, dos intérpretes excelentes que saben sacarles el jugo a sus papeles, no se debe tanto a una falta de química entre los actores como al carácter mismo de los personajes, a los que cuesta imaginar como el par de enamorados que dicen haber sido. Denis Leary se muestra tan entremetido y perverso como conviene a ese "asesor" que parece bastante improbable si se tiene en cuenta que no es sino una cara oculta del benévolo protagonista.


