Descenso al infierno íntimo de un hombre

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4 de diciembre de 2003  

"Marc, la sucia rata" (Argentina/1998-2003). Dirección: Leonardo Calderón. Con Diego Mackenzie, Daniel Ritto, Divina Gloria, Geniol, Alejandro Musso, Oscar Canto, Juan Carlos Casas y María Maratea. Guión: Leonardo Calderón, basado en la novela homónima de José Sbarra. Fotografía: José María Gómez. Edición: Marino Morduchowitz. Dirección de Arte: Gabriela Chistik. Sonido: Mauricio Mancovsky. Producción de La Fin del Mundo presentada en los cines Gaumont y Cosmos. Duración: 104 minutos.

Nuestra opinión: mala

Basada en la novela homónima del fallecido José Sbarra (que en su primera edición se conoció como "Los pro y los contra de hacer dedo"), "Marc, la sucia rata" es un descenso a los infiernos íntimos de un hombre que opta de manera consciente por una existencia marginal, desafiando cualquier tipo de orden establecido, de autoridad y de reglas sociales.

Autodefinido como anarquista (aunque intelectualmente el protagonista está muy lejos de la solidez de las teorías libertarias), Marc (trabajo póstumo de Diego Mackenzie) pasa buena parte de los 104 minutos que dura esta opera prima de Leonardo Calderón consumiendo todo tipo de drogas, filmando con su cámara de video, enfrentándose con un improbable policía (Daniel Ritto), compartiendo situaciones y recuerdos absurdos con un taxista (el mítico artista under conocido como Geniol) o recitando frases extraídas de la poética de Sbarra.

"Hacer una película perfecta, matar un policía, morir de sobredosis" es el slogan con que este patético antihéroe intenta resumir ante la cámara sus extremas intenciones, pero este escritor suicida -por lo menos en su versión cinematográfica- no alcanza en ningún momento a generar en el espectador algún tipo de respuesta emotiva (léase empatía, pena u odio). La sordidez del submundo en el que Marc se mueve está constantemente subrayada (muchas veces más en palabras que con recursos visuales) y su relación de amor-odio, ese obstinado e implacable juego de gato y ratón que establece con él un policía que parece no tener otro objetivo en la vida que perseguirlo día y noche resulta muy poco convincente.

Entre situaciones banales y diálogos intrascendentes (que contrastan con los artificiosos monólogos pletóricos de lirismo y máximas existenciales que Marc enuncia de vez en cuando) se va desbarrancando con el correr del tiempo una apologética película que podría haber sido un interesante intento por recuperar el desparpajo y la irreverencia del under porteño de los años 80 (aquí aparecen desde el apuntado Geniol hasta Divina Gloria, pasando por Juan Carlos Casas y María Maratea), que, con el centro Parakultural como epicentro, encontró en Luca Prodan y Sumo, en las Gambas al Ajillo, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese a exponentes insoslayables.

La información de prensa que acompaña el film habla de conceptos tales como "utopía" o "desobediencia civil" a la hora de definir la odisea del protagonista por conseguir la "libertad individual", pero "Marc, la sucia rata" no resiste el menor análisis en cuanto a ensayo sociológico ni mucho menos como un pretendido legado generacional: en este sentido, queda claro que aquella movida del Parakultural merecía (y se sigue mereciendo) otra película.

Calderón apela a un obvio entramado entre imágenes en blanco y negro (la película que filma Marc) y el color (las vivencias del protagonista) y, entre los escasos aciertos formales, debe destacarse una buena posproducción de sonido, aunque a veces los diálogos que se escuchan no coinciden con lo que los actores están diciendo a cámara.

Mackenzie, aquel recordado actor de "76 89 03" y "El hijo de la novia" que murió en 2001, con apenas 37 años, prestó toda su expresividad para un personaje doblegado por los avatares de una existencia ruinosa y, también, por frases y situaciones forzadas que ningún intérprete, por más talentoso que sea, está en condiciones de resistir y sobrellevar.

El resto del elenco -con las excepciones de Ritto y Geniol- queda reducido a breves apariciones sin el más mínimo sustento ni justificación en términos dramáticos para una película que intenta, de manera fallida, conmover con situaciones gráficas y extremas, pero que termina generando la más absoluta indiferencia.

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