
Dos personajes y un extraño encuentro
Patrice Leconte vuelve a la pantalla con el film Mi mejor amigo, protagonizado por Daniel Auteuil y Dany Boon
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A Patrice Leconte, el realizador de La maté porque era mía , Juegos peligrosos y S.O.S. Llegaron mis amigos , la clave se la dio un estudiante que preparaba un trabajo sobre su filmografía. "Hay un rasgo común en la mayoría de sus films -le dijo-; en los comienzos suele haber dos personajes que se cruzan por primera vez y todo lo que sigue no es sino lo que resulta de ese encuentro." La observación lo dejó pensando al cineasta parisiense que acaba de cumplir 60 años. "No lo había percibido -dice-, pero es cierto. Me gusta examinar cómo se desarrollan las relaciones humanas desde el comienzo: por qué se producen los encuentros, cómo las cosas se van encadenando para que entre dos desconocidos vaya desarrollándose un lenguaje común, un sentimiento recíproco, una complicidad. No importa que se trate de una amistad o de un amor, y a veces ni siquiera hace falta que el nexo sea tan definido ni tan definible."
El mentado estudiante no había visto, claro, Mi mejor amigo , el film que Leconte rodó en 2006 y cuyo estreno anuncia Alfa Films para mañana, pero sí se había detenido a examinar algunas de sus obras más conocidas, desde La noche es mi enemiga ( Monsieur Hire , 1989), el policial basado en Georges Simenon que le dio notoriedad internacional, hasta la muy recordada El marido de la peluquera (1990), dos de los títulos en los que el cineasta partía del encuentro de un hombre y una mujer para examinar las formas de la pasión. En esta última realización, en cambio, el encuentro es entre dos hombres de muy diversa condición sociocultural y la mirada está puesta en el tema de la amistad, a partir de la historia de un anticuario culto y refinado al que una circunstancia inesperada pone de frente a su indigencia afectiva, resultado de un ilimitado egocentrismo: está rodeado de gente y de objetos suntuosos, pero carece de amigos.
Leconte suele entusiasmarse con los puntos de partida y el que le ofrecía esta historia de Olivier Dazat era estimulante: en una escena entre colegas, el protagonista comenta extrañado que ha asistido a un funeral donde sólo había cinco a o seis personas aparte de la viuda del difunto, y recibe como respuesta un cuestionamiento alarmante: "¿Y cuántos más crees que habrá en tu propio funeral?" Un vistazo a su alrededor lo tranquiliza poco -su relación con los presentes es apenas comercial- y menos el desafío que tras la perturbadora pregunta le lanza su socia: en diez días deberá presentarle a su mejor amigo, si es que lo tiene.
Asunto difícil de resolver: de nada vale recurrir a la libreta de direcciones si jamás se ha mostrado algún interés en los demás. El anticuario vive cómodo en su jaula de oro, pero tan solo que hasta su propia hija le es extraña. Y el único que parece dispuesto a prestarle alguna atención es un taxista buenazo, simplote y charlatán al que conoce por azar y cuyo único objetivo en la vida es aplicar sus conocimientos de cultura general para competir en un concurso de preguntas y respuestas de la televisión.
Encuentros
"Me encanta juntar dos personajes que no tienen nada en común y ver qué sucede con ellos", dice Leconte, que se puso a la tarea de adaptar aquella historia en colaboración con Jerôme Tonnerre, que ya había trabajado con él en Confidencias muy íntimas y es autor de guiones tan admirables como el de Un corazón en invierno (Claude Sautet, 1992). El realizador eligió el tono ligero de la comedia para tratar un tema que juzga nada ligero: "Preguntarse si uno tiene amigos, o un mejor amigo, es una cuestión que nos concierne a todos. Y lo que me parecía más provocativo en este caso es que el protagonista (quizá como muchos de nosotros) no se ha planteado nunca la cuestión, cree vivir rodeado de amistades y de repente se topa con su íntima soledad, frágil como un chico de siete años en un escuela desconocida, pero con la desventaja de que a su edad no es tan fácil hacerse de amigos como en la infancia".
A Leconte no sólo le gusta experimentar con los encuentros entre personajes de ficción y seguir su rumbo; también, vincular intérpretes que no han trabajado juntos. Era el caso de Daniel Auteuil y Dany Boon, que si bien integraron el reparto de Mi otro yo (Francis Veber, 2006), no habían compartido allí ninguna escena. El primero fue su elección inmediata para encarnar a François: "Tenía que ser necesariamente un tipo con reputación de simpático para evitar que el personaje, egoísta y bastante mezquino, se convirtiera en alguien desagradable; además, ya habíamos trabajado juntos (en La chica del puente y Pasión de amor ) y Daniel es de esos actores que dicen más con una mirada y una sonrisa que con mil palabras. Cuando un guión está bien escrito, los actores deben entrar en él naturalmente. Lo que para mí, que no soy un director de los que llevan a los actores de la mano para explicarles de dónde vienen y adónde van sus personajes, es ideal". Y como ejemplo del entendimiento que tiene con Auteuil cuenta que durante la preproducción solamente se vieron en una prueba de vestuario y no intercambiaron más de dos o tres llamadas telefónicas antes del primer día de rodaje. Al actor no le hizo falta más para comprender que no tenía que salvar a François sino exponerlo en su egocentrismo y su desconcierto de tal modo que el espectador pudiera reírse al verlo recibir del taxista las "lecciones de simpatía" con las que pretende aprender a ganar amigos.
Dany Boon, el expansivo Bruno, es un actor cómico que ha tenido grandes éxitos con sus unipersonales y aquí pone en juego su carisma y su variedad expresiva. "Es luminoso -lo define Leconte-; necesitaba de su simplicidad, de su visión maravillada y simple pero no ingenua del mundo para asegurar el juego dramático con el personaje de Auteuil." Dicen que aquí, donde la comedia de humor cede paso a lo sentimental, es toda una revelación.



