Egoyan: de "Ararat" al cine de Trapero

El director pasó por Buenos Aires
Marcelo Stiletano
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30 de mayo de 2003  

En un elegante salón del hotel donde hoy culmina su primero y breve paso por Buenos Aires, Atom Egoyan deja por un momento de ocupar el lugar del entrevistado para preguntarle a LA NACION datos precisos sobre "El Bonaerense", segundo film de Pablo Trapero. "Quisiera saber más de él, porque "Mundo grúa" me ha parecido un film excelente. Para mí es el mejor ejemplo de esa sensación que tengo hoy hacia el cine argentino. Veo que ahora se hacen películas con menos dinero y resultados muy poderosos. Es muy evidente que allí se retrata a personas muy auténticas en escenarios creíbles. Aprecio un nuevo espíritu en vuestro cine y creo que es algo muy valioso", explica uno de los realizadores que tal vez mejor exprese en su cine el espíritu del multiculturalismo.

Egoyan dice que en el ámbito en que desarrolla su tarea el cine argentino siempre fue visto bajo el cristal de un modelo de producción caracterizado por los presupuestos elevados y las figuras reconocidas.

"Ahora, gracias a películas como "Mundo grúa" o "Felicidades", creo que asoma otra ola, que puede aprovechar las nuevas posibilidades tecnológicas para hacer un cine más personal sin necesidad de gastar tanto. Yo lo comparo con el clima: acabo de llegar a Buenos Aires en un día espléndido, en el quesentía una carga de energía y de optimismo, como para hacerme olvidar de los prejuicios que uno trae desde afuera, sobre todo después de haber escuchado tanto acerca de las turbulencias que ustedes han vivido como sociedad. Buenos Aires no deja de asombrarme. Me lo habían dicho, pero no me imaginaba que ésta era una ciudad de carácter tan europeo", describe. El hombre de impecable atuendo y cabello apenas entrecano nació en Egipto, en una familia armenia que emigró a Canadá, donde creció e hizo su carrera como cineasta. Después de recibir premios y elogios por films como "Exotica", "El dulce porvenir" o "El viaje de Felicia", Egoyan está en Buenos Aires -por iniciativa de la embajada de Armenia- para participar del estreno de "Ararat", su último film, en el que pone en juego por primera vez elementos de su herencia cultural y se ocupa, en una ficción que usa la fórmula del cine dentro del cine, del genocidio sufrido en 1915 por el pueblo de sus ancestros a manos de los turcos. "No sé si "Ararat" es mi mejor film, pero es el más importante que hice -explica el director-, sobre todo desde un punto de vista histórico. Porque si "El dulce porvenir" fue un hito para el cine canadiense, que por primera vez tuvo nominaciones al Oscar, "Ararat" es trascendente para el pueblo armenio. Todo nace de una expectativa comunitaria que siento como una enorme responsabilidad. Es el primer film con distribución internacional que habla de aquel genocidio." Egoyan sobrellevó un boicot contra el film por parte de las autoridades turcas: "Mientras los periodistas se mostraron abiertos y dispuestos a discutir, fue sorprendente que el gobierno rechazara algo que ni siquiera había visto. Nadie puede negar que estos hechos terribles existieron, pese a que todavía hay gente que se resiste a aceptarlos".

Egoyan responde a la curiosidad que suscita su nombre: "Mis padres me pusieron Atom porque en Egipto, cuando nací, asomaba el mundo de la energía atómica. Atom también es un nombre armenio".

-Esa fidelidad al origen se transmite en "Ararat", con la presencia de Charles Aznavour.

-Que Aznavour haya trabajado conmigo en este film fue el mayor regalo que pude haber recibido. Su papel de director de cine es como él, la expresión del poder de la creatividad. Es el más grande artista armenio vivo y además de ser un héroe para mi comunidad es un icono para los franceses. Es una figura de alcance mundial, una persona incansable, de excepcional generosidad. Cumplió 79 años y no deja de sorprenderme.

-Aznavour y usted expresan con claridad el trabajo de un artista en un ambiente multicultural.

-Creo que "Ararat" es una película ciento por ciento canadiense. Aznavour integra una generación que lo muestra como hijo de un sobreviviente del genocidio. Creció con aquellas terribles imágenes. Pero no podía representarlo solo, tenía que integrarlo con personas de otras generaciones. Todos ellos se mueven en un entorno en el que todos los días nos preguntamos por qué vivimos juntos, cómo nos relacionamos a partir de historias tan diferentes, cómo toleramos a nuestros semejantes y acordamos con ellos la convivencia diaria, cómo y cuándo contar cada una de nuestras historias. Mientras en Estados Unidos lo primero es la conciencia de sentirse plenamente norteamericano, en Canadá la cosa es más indefinida: hay canadienses de origen armenio, francés, turco, inglés o indio. Y nadie se molesta cuando se sale a buscar la propia raíz. Todo lo contrario. Por eso creo que Canadá es un país milagroso, único, porque no existe sentimiento de superioridad.

-Pero ustedes viven muy cerca de Estados Unidos y están expuestos a esa gran influencia, sobre todo a partir de los grandes estudios de Hollywood.

-Hay algo curioso en eso. Salgo aquí a la calle y veo los carteles de "Matrix: recargado" y en ellos aparecen dos canadienses como protagonistas: Keanu Reeves y Carrie Anne-Moss. Este fin de semana en Estados Unidos el film más taquillero tiene como estrella a otro canadiense: Jim Carrey. Soy consciente de la influencia de la maquinaria de Hollywood sobre nosotros y en Canadá tratamos constantemente de definirnos a nosotros mismos en esa relación. Siendo más joven, tuve la oportunidad de entrar en ese mundo, pero decidí instalarme en Canadá y hacer mis películas independientemente. Sé cuál es mi lugar y no me preocupa demasiado el impacto del cine para masas. Mi imagen se expresa en películas que estimulan muchos pensamientos y las películas más exitosas de Hollywood generalmente no comparten esa idea. Tal vez la falta de estímulos para pensar sea una precondición para hacerlas más accesibles y exitosas.

-Entonces, usted no piensa en filmar en Estados Unidos.

-La cultura de Estados Unidos me tiene intrigado y estoy trabajando para mi próximo film un libro basado en una novela genuinamente norteamericana. Pero prefiero hacer cosas como las que propongo en "Ararat". Me interesa mucho más pensar en la idea de cómo transmitir la historia a nuestros hijos y preguntarnos acerca de cómo esperamos que los demás comprendan cuestiones que a veces se perciben de modo equivocado. En mi caso, la historia no se transmite a través de grandes manifestaciones épicas, sino mediante momentos muy personales protagonizados por individuos de carne y hueso.

-¿Cómo observa este nuevo escenario mundial, que también repercute en el cine y plantea problemas como el riesgo de la reaparición de listas negras?

-Veo con preocupación cómo las cosas se mueven tan rápido que las perdemos de vista, mientras observo que en Estados Unidos algunos medios están controlados por corporaciones que tienen una agenda de trabajo que para mí es por lo menos misteriosa, y que la sociedad norteamericana está dejando de ser como la conocíamos. La amenaza terrorista en el mundo es real y hay que estar preparado para enfrentarla, pero hemos ido a una guerra a partir de un pretexto que jamás fue probado y las medidas extremas que se están aplicando pueden llegar a afectar conceptos básicos de convivencia, incluso el hecho de vivir en democracia.

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