El amor al borde del abismo
"Contra la pared" ("Gegen die Wand", Alemania/2003, color; hablada en alemán e inglés). Dirección: Fatih Akin. Con Birol Ünel, Sibel Kekilli, Catrin Striebeck, Güven Kýraç, Meltem Cumbul, Stefan Gebelhoff, Demir Gökgöl, Cem Akin. Guión: Fatih Akin. Fotografía: Rainer Klausmann. Asesoría musical: Klaus Maeck. Edición: Andrew Bird. Presentada por Alfa Films. Duración: 117 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años, con reservas.
Un matrimonio por conveniencia puede no ser la tabla de salvación para los dos desesperados protagonistas de "Contra la pared", pero les abre un paso hacia la fuga: de sí mismos, de sus historias, de su ahogo, su prisión o su desesperanza. Quizá también los conduzca, por vía de un amor no deseado, obsesivo y febril, a una transformación dolorosa y necesaria. Quizás, al cabo de tanto exceso, tanta pasión y tanto dolor, perciban que en la tempestuosa huida han ido descubriendo un sentido para sus vidas antes vacías. Esta tormentosa y singular historia de un amor que crece en el borde del abismo ocupa el centro de este film de extrema emotividad que colmó de premios internacionales al alemán de origen turco Fatih Akin. Pero bajo la tragedia pasional, o entreverada en ella, en sus gestos extremos, su energía feroz y sus imágenes de estremecedora crudeza están las manifestaciones visibles de un conflicto cultural, o quizá de una incipiente nueva cultura nacida de la mezcla y la confrontación entre la tradición alemana y la que los inmigrantes turcos han llevado consigo.
Cahit y Sibel se encuentran en la clínica de Hamburgo a la que han ido a parar tras sendos intentos de suicidio. Ella, que ha vuelto a tajearse las muñecas asfixiada por los mandatos de la familia y la tradición (hasta lleva las marcas de la intolerancia grabadas en la cara), sólo busca el modo de liberarse de ese yugo y poder entregarse al goce hedonista de la vida; él, hundido en el desánimo tras la pérdida de su mujer, ya es casi un despojo; la rabia oscura que lo hace hostil y agresivo con los demás se le ha vuelto en contra: alcohol y droga son fases del proceso de autodestrucción que ha querido acelerar lanzándose en su auto contra un muro.
Ambos son de origen turco y están en medio de dos culturas, o peor: vienen de una, sobreviven en otra y no se sienten parte de ninguna de las dos. Para ella, un pacto matrimonial (sin compromiso sentimental o sexual) significa la liberación, y por eso se lo propone con insistencia al desconocido que cumple con el requisito indispensable para asegurar la aprobación familiar: la sangre turca. Para él, que reniega de su origen pero acepta tras alguna reticencia, supone una mínima alteración de la rutina en su vida sin rumbo ni esperanza.
Formalizada la boda, sólo compartirán vivienda, alguna diversión, alguna copa, alguna dosis de droga. Lo demás (cuando la convivencia los lleva al umbral del sexo, Sibel se niega: no quiere convertirse en esposa de verdad) será como lo habían planeado, confían. Ella vivirá en libertad sus aventuras de una noche; él repetirá fogosas prácticas sadomasoquistas con su amiga de costumbre, en una atmósfera que va haciéndose cada vez más intensa y exaltada y que fatalmente terminará en celos, golpes, sangre, muerte y obligada separación. Ninguno de los dos ha buscado el amor, pero el amor se manifiesta: obsesivo, loco, desbocado, pero también imposible.
Akin traduce con lenguaje vigoroso e intensidad emocional la fiebre que se adueña de estos dos seres torturados. Tiene apoyo decisivo en dos actores excepcionales, ni bellos ni glamorosos, pero de una expresividad y una sinceridad que golpean hondo: la debutante Sibel Kekilli, cuyos antecedentes como actriz porno avivaron alguna polémica en Alemania, y el formidable Birol Ünel, en cuyo rostro parecen concentrarse todas las marcas de la ira y del dolor.
El film está estructurado en capítulos que se abren y cierran con la imagen de una suerte de escenario en el Bósforo, con el perfil de Estambul como fondo, donde una orquesta y su cantante interpretan aires tradicionales turcos. El sereno dejo melancólico de esos intermedios impone un necesario paréntesis a la intensidad de la historia y al mismo tiempo parece invitar a un súbito distanciamiento brechtiano. La banda sonora, con mucho y muy buen rock incluido, es otro gran acierto del film.






