El amor según Eric Rohmer
El miércoles se estrenará en la Argentina "Tres romances en París", un film que el gran director francés rodó en 1995
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Que el realizador francés Eric Rohmer, de 82 años, sea junto con el portugués Manoel de Oliveira, de 94, uno de los cineastas contemporáneos de más edad que hoy sigue filmando, aunque admirable, no podría ser el mayor detalle por destacar. En todo caso, lo más llamativo hoy en la vida de este ex crítico y ensayista de la famosa revista Cahiers du Cinéma, cómplice de la nouvelle vague y creador de una cuarentena de estupendas películas desde los años cincuenta, es la mirada joven que anima sus películas.
Unos pocos films de Rohmer se han estrenado en la Argentina y otros han podido verse sólo en ciclos de cine o en video, entre ellos, "La coleccionista" y "Mi noche con Maud" (que integran los seis "Cuentos morales"); "La mujer del aviador", "La rodilla de Clara" y "El rayo verde" y "Cuentos de verano" (de los "Cuentos de las cuatro estaciones"). Aun así, Rohmer tiene en nuestro país (y en el mundo) un público estable que sigue atento cada una de sus variaciones sobre su piedra filosofal: un conversado juego de relaciones humanas.
Pero si algún desprevenido entrara en una sala de cine, el próximo miércoles, para el estreno de "Tres romances en París" (cuyo título original es "Le rendez-vous de Paris") es muy probable que esta película de 1995, estructurada en tres historias de encuentros, desencuentros y flirteos amorosos a lo largo de un paseo bien parisiense, parezca la obra de un talentoso y prometedor joven director francés. Y a decir verdad, si es un tal Rohmer quien prometió en su juventud, está visto que cumplió.
Desde su oficina de producción Les Films du Losange, ubicada en Champs Elysées, Eric Rohmer dialogó por teléfono con LA NACION con tono seguro y vivaz. La lejanía que impone una comunicación telefónica y la distancia son elementos que, en realidad, parecen acercar a este realizador tan reservado, que apenas si asiste a algún encuentro internacional, como la última edición del Festival de Venecia, donde recibió un León de Oro a su trayectoria. Es un hombre al que no le gusta que se publiquen fotos de él porque considera que "la obra es más importante que la persona". Su vida personal ha conseguido mantenerla tan a resguardo de la prensa (incluso de sus colegas de cine) que ya se han fabulado mil y una historias. Una vez, él mismo consideró que esa "contrapublicidad que puedo darles a mis películas es la mejor publicidad, aunque no es por eso que reacciono así, pero el hecho es éste". Siempre se duda de su verdadera fecha de nacimiento, de si sus padres lo llamaron Jean-Marie Maurice Schérer y si alguien más compone hoy su familia.
Entre la obra y la vida
Enseguida se descubre que su voz no es tan amorosa como sus películas, de las que el espectador sale como en estado flotante y con una expresión de felicidad en el rostro. Aunque en sus historias simples (que parecen banales y otras intelectuales por su impronta literaria y sus devaneos sobre la filosofía o el arte), un drama sutil haya rondado las dificultades del amor, los celos, el engaño, las trampas y las tácticas. El no hace hablar a las imágenes, sino que escribe las historias que filma.
Pero el hombre reservado que asegura por teléfono vivir "aislado del mundo" porque "no es necesario vivir aventuras enriquecedoras para poder contar buenas historias", se entrega a la conversación. Y ahora es él quien habla extensamente. Pero sabe rescatar a tiempo sus palabras si nota que podrían pisar terreno pantanoso, que para él está representado en esa delgada línea entre la obra y la vida del autor. "¿Si soy un espión de la vida de los otros? No, en absoluto. Mis personajes son inventados. Yo observo, sin ser alguien que toma notas y esas cosas. Pero observar no sería lo más importante porque todo el mundo es capaz de hacerlo, ni tampoco es suficiente. Lo importante es la invención, lo que se crea a partir de la observación", dice sentencioso.
El mismo que en un homenaje a François Truffaut escribió que no recordaba con nostalgia su juventud porque, como sus colegas de la nouvelle vague, se la pasaban viendo cine, haciendo películas y no viviendo, dice que no le gusta mirar hacia el pasado.
"Tengo un temperamento optimista y miro hacia el futuro. Y ya tengo ganas de volver a filmar. No paro nunca. Filmé con bastante regularidad en los años 80 y desaceleré un poco en los 90, pero está bien. Mis películas no exigen demasiado trabajo, ni siquiera la última" ("La dama y el duque", que se estrenará el mes próximo en la Argentina) "mi tercera película de época que, como tuvo más personajes y técnicos, me exigió más esfuerzo. Yo la paso muy bien. Para mí hacer una película es más un recreo que un trabajo."
Los personajes de Rohmer, eternamente jóvenes, no son extraídos de su pasado cinematográfico, sino que cada uno vive en su propio tiempo. Y Rohmer no se quedó en el 50. "Es posible que mis historias estén inspiradas por mis años de juventud. Pero no me interesa mostrar mi juventud. Entonces mis historias continúan sobre las que hice antes. Como yo tomo mucho tiempo para componerlas (porque las pienso, las escribo y las reescribo), la idea de una historia pudo haberme llegado hace 30 años. Y después se van adaptando poco a poco a la época actual porque la vida cambia, por supuesto, y las conductas no son las mismas que hoy. Por ejemplo, no me gusta hacer películas sobre conflictos de familia porque la familia no tiene ya la misma autoridad que antes. Las situaciones de mis películas se basan en la sociedad que no es más una sociedad. Pero en revancha hay situaciones que son eternas, en particular, como las historias de amor."
A Rohmer se le pierde un "sí" cuando se le pregunta si en su vida de cineasta el tema del amor moderno ha sido una obsesión sobre la cual escribir guiones. "Seguramente", concede. "No puedo hacerlo de otro modo. Pero tampoco tengo el monopolio. Está la comedia, la tragedia y el drama. Si las cosas funcionan bien y existe el amor perfecto entre los amantes, no hay historia. La ley de toda ficción es que haya alguna desgracia."
Sin embargo, así como la mayoría adora ese estado de espíritu que regala Rohmer a la salida del cine, algunos han criticado esa recurrencia a nunca rozar el drama absoluto ni de hacer caer verticalmente en la desdicha a sus personajes. Nunca hay violencia doméstica, aunque sí enojos varios. No hay sexo, pero sí erotismo. No hay drogas. Como mucho, algunos personajes "rohmerianos" podrían ser obsesivo-compulsivos, estar dañados con el virus de la duda, picados por la tentación o angustiados por la soledad. "A mí me encanta mostrar las cosas de la vida corriente, no situaciones extraordinarias. Es mi temperamento. Creo que hay muchas cosas para contar desde lo cotidiano. No estoy obligado a hacer películas sobre crímenes. Ahora pienso en Shakespeare y creo que esas historias pueden tener un tema interesante, pero se puede también escribir historias que terminen bien y en las cuales no pase nada trágico ni tampoco nada absolutamente cómico. Eso me gusta, que mis películas sean comedias medias. Es decir, que estén entre lo grave y lo cómico."
Pensar el presente
Así como Woody Allen fascina con su mirada sobre Nueva York, Eric Rohmer lo hace con París. Desde el centro de la Tour Eiffel hasta las afueras. En "Tres romances en París" los personajes se pasean con la mirada virgen del turista que está poco, pero intensamente en cada lugar. El orgullo parisiense está latente y también confronta con la visión del extranjero, y está el francés que ansía acercarse al centro de París, o la marsellesa que eso le parece poco ambicioso. "Yo amo París y estoy fascinado por esta ciudad como si hubiera nacido allí -dice el nativo de la Lorraine-. En esta película he querido mostrar lugares que no han sido mostrados por los cineastas, ya sea porque están un poco aislados o porque es difícil filmar allí. Pero como yo filmo de una forma casi documental, sin figuración, me ubico con mi pequeña cámara en cualquier lado. De todas formas, esta película gustó más en el exterior que en Francia. Y yo, siendo francés, qué le puedo decir."
Le avergüenza un poco contar que se ve "sólo por casualidad" con los compañeros de Cahiers. "Los estimo, pero cada uno siguió su camino. Tampoco antes nos veíamos mucho. De jóvenes (y yo era el mayor del grupo) sólo nos juntábamos en distintos cafés para esperar a que empezaran las películas. Pero nunca me gustó hablar sobre cine, y menos con cineastas", dice quien escribió un guión que filmó Truffaut y otro de Godard, montó una película de Jacques Rivette y escribió el libro "Hitchcock" junto a Claude Chabrol. Tampoco, cuenta, ya va mucho al cine. "Y por la televisión veo películas viejas. Y las contemporáneas las veo si es necesario. Pero no me pida que hable de mis contemporáneos, porque no me gusta."
Rohmer huye de la nostalgia. Parece que también deseara escaparle a hablar de la muerte, por lo menos en el cine. "Nunca tuve ganas de hablar sobre eso. Y no sé si al escribir sobre la juventud es una forma de huir de la muerte. Soy el cineasta más viejo que sigue filmando, como Manoel de Oliveira, que tiene doce más que yo. Pero lo que cuento son ideas que me vienen espontáneamente. No, no puedo responder esa pregunta. No me vuelco sobre el pasado, aunque no puedo decir que mi vida no haya sido interesante. Pero prefiero pensar en el presente. Siempre."

