Hijos nuestros muestra al hincha de fútbol bajo una nueva luz

Alejandro Lingenti
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12 de mayo de 2016  

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Hijos nuestros (Argentina, 2016) / Dirección: Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez / Guión: Nicolás Suárez / Elenco: Ana Katz, Carlos Portaluppi, Daniel Hendler, Valentín Greco y Germán De Silva / Fotografía: Pablo Parra / Montaje: Alejandro Carrillo Penovi / Dirección de arte: Ignacio Luppi / Diseño de sonido : Gaspar Scheuer / Música: Fernando Martino &Matías Schiselman y Emiliano Benjamin / Producción ejecutiva: Georgina Baisch / Producción: Georgina Baisch, Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez / Duración: 87 minutos / Calificación : SAM 13 años.

Nuestra opinión: Muy buena

Hasta la aparición de Silvia (Ana Katz), la vida de Hugo (Carlos Portaluppi) parece no tener rumbo. Trabaja a destajo en un taxi, come a las apuradas con un grupo de colegas en algún rato libre, piropea a una desconocida sin demasiada elegancia, visita a una madre con la que tiene una relación fría. Es un hombre agotado, solitario y agobiado por la rutina que encuentra una vía de escape en el fútbol. Una especie de versión porteña de Travis -el desquiciado protagonista de Taxi Driver interpretado por Robert De Niro-, presa de alucinaciones y al borde de la crisis y el estallido. La mentada "pasión" de Hugo por San Lorenzo tiene más de un componente irracional: vive pendiente de los resultados de su equipo, sigue fielmente los programas partidarios y hasta cancela una cita porque se superpone con un partido de la Copa Libertadores. El pequeño detalle es que esa cita es justamente con la mujer que entra en juego de manera imprevista en su monótona agenda y parece, al menos en principio, destinada a provocar el golpe de timón que lo podría alejar de esa abulia cotidiana.

Hijos nuestros trabaja con materiales de alto riesgo: el fanatismo futbolero, la dinámica barrial, la historia de amor entre dos personajes que buscan una segunda oportunidad. Son tópicos recorridos por lo general con pocas sutilezas, casi condenados al lugar común. Lo excepcional de la película es precisamente la habilidad de los directores para esquivar esos peligros: Hijos nuestros goza de una gran eficacia narrativa, está bien filmada y cuenta con actuaciones notables, empezando por Portaluppi, brillante, y Katz, siempre solvente, pero también con secundarios muy ajustados. Tiene sensibilidad, corazón y un mordaz sentido del humor que explota en la sensacional escena de la iglesia -con Daniel Hendler como sacerdote-, un arrebato psicodélico insospechado, desopilante e incluso emotivo. Dice mucho más de los absurdos del hincha que cien discursos vacíos, falsos y moralizantes del periodismo deportivo, pero también sabe capturar lo mejor del mundo del fútbol en cada detalle (la secuencia del partido de prueba para ingresar a las inferiores de San Lorenzo del hijo del personaje de Katz -muy buen trabajo del chico Valentín Greco- es un ejemplo formidable).

Se nota con claridad que los directores no tocan de oído. No hace falta ser hincha del Ciclón para disfrutar esta película. Su imaginación, su generosidad y su espíritu ecuménico exceden por completo el apego a los colores.

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