El joven Frankenstein: Mel Brooks, Gene Wilder y el rodaje más difícil y divertido de los 70
La idea de llevar a la pantalla una parodia no parecía una apuesta sencilla, pero la enorme química que se generó en el set echó por tierra los malos presagios para ver nacer a una verdadera obra maestra
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Acaba de cumplir 100 años una de las personas que mayor felicidad le ha causado al público del siglo XX, el señor Mel Brooks. Por cierto, esta nota tiene como fin ayudar a que siga causando felicidad en el siglo XXI, aunque nos consta que sus obras lo hacen. De su vida y de su carrera ha dado perfecta cuenta el colega Marcelo Stiletano en este medio. Y no serán estas líneas contradictorias de aquella, sino dar cuenta de la que consideramos la más importante, graciosa y, sobre todo, feliz, de sus películas. La que es, además, aquella que abrió el camino para un tipo de films que Hollywood no se atrevía a hacer: la parodia evidente con referencia a la vista. Es decir, El joven Frankenstein, que de hecho es la más perfecta de las comedias de su clase. El film no está en estos momentos disponible en plataformas pero hay tres que suelen tenerla -rotativamente- en su acervo: Disney+, Netflix y Mubi.
Y aquí hay que hacer una aclaración. Por lo general, cuando contamos sobre un rodaje clásico, suele ser de alguna película conflictiva, difícil; o un gran éxito o un gran fracaso (no se admiten términos medios) que tienen un detrás de escena tenso, dramático, peligroso. Sin embargo, el rodaje de El joven Frankenstein no tiene nada similar y eso lo vuelve excepcional, justamente. Es una película rodada en tal estado de gracia y diversión (aunque no faltaron chispas entre las dos mentes que la crearon) que el clima se trasladó directamente a la pantalla y, de allí, a las butacas. De hecho, una de las características de lo que, en papel, iba a ser una mezcla de comicidad y terror es que lo segundo finalmente fue suplantado por una amabilidad difícil de encontrar en una obra de arte. Y ya que estamos, quizás esa amabilidad sea la característica más saliente del estilo de Mel Brooks: quiere a todos sus personajes igual que a sus actores y a sus espectadores.

El film es en realidad una idea de Gene Wilder. Después del monumental éxito de Con un fracaso... millonarios en 1968, se había convertido en un actor recurrente para Hollywood, pero en general sus roles eran de tipo excéntrico o histérico. Lo primero tiene como gran ejemplo ser el primer Willy Wonka de la pantalla en Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate. Pero Wilder era además escritor y un comediante que quería explorar un estilo más sosegado, más amable.
El mito dice que, en un rodaje, anotó una premisa en un anotador: qué tal si el descendiente de Victor Von Frankenstein no quisiera tener nada que ver con el legado de su familia. Es probable que Wilder desarrollara esta idea y, de hecho, luego lo hizo efectivamente con Brooks, pero la historia proviene de Son of Frankenstein, una película de terror de la Universal realizada en 1939. Es la misma historia con Boris Karloff por tercera vez como la Criatura, Basil Rathbone como Wolf Frankenstein, el hijo nada pródigo, y la incorporación de Bela Lugosi como Igor, personaje que alcanzaría la gloria máxima en la parodia de Brooks. También nace aquí el comisario Klemp, hecho “en serio” por Lionel Attwill (un especialista en villanos sibilinos en aquel Hollywood). Sin dudas Wilder fue el promotor de la idea, pero el modelo ya existía.
Brooks llega interesado en la idea de quien, entonces, iba a protagonizar el tercer largo del director, Locura en el Oeste, en el que también trabajó Wilder. Pero nadie quería financiar El joven Frankenstein por varias razones. La principal: en aquellos primeros años 70, ya el cine en colores era el estándar, así que el estudio Fox no quería correr riesgos con una película en blanco y negro. Pero el estreno de Locura... en febrero de 1974 y el enorme éxito que trajo consigo hizo que Brooks pudiera pedir cualquier cosa. Y en efecto, la producción de El joven... comenzó en ese mismo mes gracias al éxito del western paródico. Se estrenó, de hecho, el 15 de diciembre de ese mismo año.
Superado el primer escollo -quién pagaba-, habría varios más. Hay uno particular: que la condición sine qua non de Wilder para permitirle a Brooks dirigir era que no apareciera en la película de ninguna manera. Wilder creía que eso iba a romper la ilusión de estar viendo un film de los años 30 y es más que probable que tuviera razón. Por cierto, Brooks hizo caso y no hay fotogramas que lo incluyan, aunque no pasa lo mismo con la banda de sonido.

El elenco es un seleccionado: en primer lugar, Madeline Kahn, que venía de ser la vampiresa del Oeste que imitaba a Marlene Dietrich en Locura... Luego, una casi debutante Teri Garr como Inga; Marty Feldman, que venía de brillar como comediante durante años en la televisión británica; Kenneth Mars -también colaborador habitual de Brooks: es el autor nazi de Primavera para Hitler en Con un fracaso...-, y dos elecciones que parecen extrañas. Una es Peter Boyle como la Criatura, un actor dedicado al drama y entonces con pocos antecedentes en la comedia. Y la otra, la de una de las más grandes actrices de los últimos mil años, Cloris Leachman. Leachman era una eximia comediante, con timing y posibilidades infinitas. El lector puede recordarla en series de varias décadas: El show de Mary Tyler Moore; la breve Phyllis, que protagonizó; Malcolm in the Middle, o la genial Raising Hope. Pero venía entonces de ganar un Oscar a la Mejor actriz de reparto por un rol dramático: la mujer frustrada que tiene un romance con un adolescente en La última película, obra maestra de Peter Bogdanovich (y curioso: también en blanco y negro). Pero Brooks sabía perfectamente que era una genia de lo cómico. Frau Blucher es, quizás, su máxima creación para el cine.

Ahora bien: Gene Wilder recuerda que la escritura del guion no fue precisamente un lecho de rosas. Se suponía que él proveía el tono, las referencias y la estructura de la historia, y Brooks, los gags, especialmente los más veloces y subidos de tono. Pero discutieron a los gritos todos y cada uno de los chistes por teléfono (uno estaba en Nueva York, el otro en Milwaukee, separados por casi 1500 kilómetros). Sobre todo, una secuencia que Mel Brooks no quería rodar por ningún motivo: la de la presentación de la Criatura en un musical al ritmo de “Puttin’ on the Ritz” de Cole Porter. Brooks fue casi absolutamente intransigente: sólo cedió cuando Wilder -esto es literal y corroborado en varias publicaciones por casi todo el elenco- lloró a los gritos pidiendo la secuencia. Tras el estreno, Brooks dijo que era lo mejor de la película. Todo mérito de Wilder, y cabe recordar que Brooks siempre incluye una secuencia musical en sus films. Sus razones para no querer en este caso era que cambiaba mucho el tono de terror que se desvía a la comicidad. Aquí tenemos la prueba de que, finalmente, nada salió realmente como se pensó, sino muchísimo mejor.
Cuando mencionamos el elenco, dejamos afuera a un actor que pidió (y casi rogó) estar en esta película aunque nadie -ni Wilder, ni Brooks- había pensado en él. Gene Wilder solía jugar al tenis los sábados, y se cruzaba con Gene Hackman. En uno de estos encuentros, Hackman le preguntó a Wilder en qué andaba, Wilder contó lo de la parodia de Frankenstein y Hackman, que acababa de convertirse en uno de los grandes actores dramáticos del Nuevo Hollywood con su Oscar por Contacto en Francia suplicó hacer algo en la película porque estaba harto de que lo encasillaran en roles serios. Así nace la secuencia del ermitaño ciego, por la que Hackman cobró el mínimo sindical y no aparece en los créditos por propia decisión. La frase final -“¡No te vayas... iba a prepararte un espresso!”- fue improvisación de Hackman, generó carcajadas en el rodaje y quedó sin segunda toma.
Porque he aquí que mucho de lo que ven en la pantalla proviene de improvisaciones y creaciones instantáneas de este grupo de actores. Lo que generaba un problema mayúsculo. Wilder se tentaba fácilmente, y el resto del equipo también. El propio Brooks tenía ataques de risa demasiado ruidosos, al punto de ser él mismo expulsado del set en más de una ocasión para poder terminar el rodaje de tal o cual toma. Algunas desafiaron los nervios del elenco a niveles poco vistos antes. Los dos mayores proveedores de carcajadas eran Leachman y Feldman. La primera, como el ama de llaves Frau Blucher, solía incomodar a Wilder con su tono de voz. Wilder no podía no reírse cada vez que ella fingía un tono alemán con un candelabro en la mano. Era instantáneo y obligaba a repetir varias tomas una cantidad absurda de veces. El otro problema lo generaba Feldman, que improvisaba de una manera sutil sobre las líneas escritas y siempre con acierto. Así que la primera toma sorprendía a los actores y, luego, la ocurrencia de Feldman terminaba en la película. El momento en el que muerde una estola de zorro que Madeline Kahn lleva en el cuello requirió cerca de 20 tomas. En cada una, Feldman terminaba con un pedazo de tela en la boca y tentaba a Wilder y Garr al punto de que no podían seguir sin reírse. No así a la durísima Kahn, que llenó la película de ocurrencias tan salvajes como esa. Feldman también hizo de un olvido un gag: un día se colocó inadvertidamente la joroba falsa que llevaba en la espalda del lado equivocado. Nadie se dio cuenta, así que empezó a cambiarla de lado y, cuando resultó evidente, Brooks lo incorporó como broma.
La risa constante en el set permitía encontrar gags y momentos únicos, pero generaba al mismo tiempo un problema: tiempo es dinero y el dinero es lo que el estudio mira cuando se está rodando una película. El problema no era sólo volver a filmar un plano: implicaba también cuestiones técnicas como la constante filtración de las risas de detrás de cámara. El problema fue abordado directamente por el muy minucioso director de fotografía, Gerald Hirtschfeld, que habló muy seriamente con Brooks. La solución: todo el equipo usaba pañuelos de seda dentro de la boca para que las risas no salieran. Por suerte no hubo ahogados.
Todo ese desenfreno es el que creó una gran cantidad de los aciertos de la película que, por esa misma alegría, fue de los rodajes más difíciles realizados en aquellos años. Era una fiesta casi constante. Es irónico pensar, además, que mientras que Wilder y Brooks quitaron muchas imágenes potenciales (había un desnudo frontal de Frau Blucher que no llegó a filmarse, por ejemplo) para que todo el mundo pudiese verla (el famoso PG13 estadounidense), hoy sería inviable uno de sus mejores momentos: el encuentro entre la Criatura y Elizabeth que culmina con, bueno, seis o siete rapiditos. O el final, para seguir en la misma vena, con perdón del término.

Cuando se la vuelve a ver, se descubre que era cierto aquello que dijo Martin Scorsese respecto de Mel Brooks en el homenaje que le hizo al director el American Film Institute: “Mel tiene un espíritu anárquico pero un corazón amoroso. Sus películas provienen de un profundo afecto por el cine clásico y de un entendimiento total de él”. Y es cierto: lo que diferencia El joven Frankenstein de la miríada de Scary Movie(s) es que hay una tradición comentada y usada, parodiada y a partir de la cual se hace algo nuevo y coherente. ¿La secuencia musical con el fuego y el susto del monstruo? Proviene de King Kong. ¿La parafernalia del laboratorio? Es la original del primer Frankenstein de James Whale. ¿Los planos? Cuidadosamente reproducidos de los films de la Universal. Hay un rigor muy grande en la puesta en escena de la película, de tal modo que rompe esa exigencia de las parodias (conocer el original del que nos reímos) para vivir por sí misma. Y al mismo tiempo, se ríe de sí misma y le pide al espectador que sea feliz como sus personajes. Por último, y como broma adicional, Brooks no le hizo caso a Wilder: el aullido de los lobos y el maullido de un gato son la voz de don Mel, que no se iba a quedar afuera de la fiesta.
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