El recorrido espiritual de Julia Roberts

"Nunca trabajé tanto como en esta película, pero valió la pena", dice la actriz con la sonrisa más famosa de Hollywood sobre este film que se estrenará el próximo jueves
Natalia Trzenko
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12 de septiembre de 2010  

CANCUN.- Dicen que conocerla es quererla y a ella hasta los elefantes la conocen. "Soy bastante famosa, sabés", dice Julia Roberts y se ríe cuando cuenta la anécdota del elefante que la "reconoció" durante la filmación de Comer, rezar, amar, la película que Sony Pictures presenta esta semana en la Argentina.

" Había estado en la India seis meses antes del rodaje acompañando a mi marido, que estaba trabajando ahí, y fuimos de visita a un lugar hermoso donde vivían dos elefantes que pudimos montar. Imaginate mi sorpresa cuando apareció uno de esos mismos elefantes para hacer la escena conmigo. Y yo lo reconocí por las fotos. En realidad él a mí no me reconoció", explica la actriz y apenas puede contener la carcajada que contagia al pequeño grupo de periodistas de todo el mundo, entre los que se encuentra LA NACION, reunidos para verla y escucharla. Y hay que decirlo: si en la pantalla es difícil resistirse a esa risa fuerte que compromete toda su cara, desde la frente hasta el mentón, en vivo y en directo, es imposible. Combinada con un inusual grado de modestia y una aparentemente ilimitada capacidad de reírse de sí misma, la ecuación dé como resultado a la estrella femenina más estable en el universo Hollywood.

Esa fascinación que ejerce Roberts sobre su audiencia es similar al fervor que despertó el libro, del mismo título, en el que está basada la película. Con más de seis millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, el personal relato de la periodista norteamericana Elizabeth Gilbert sobre el año que pasó entre Roma, Bombay y Bali, resultó un éxito editorial inédito. Y nada demuestra tanto la popularidad de una historia como que Julia Roberts decida interpretarla para el cine.

"Leí el libro mucho antes de que existiera un guión. Es una historia tan fuerte que me hizo dudar mucho antes de decidir hacer la película. Y no se trataba del contenido sino del compromiso que este material pedía de mí, de la logística, del tiempo que le tenía que dedicar. No se trata de ir manejando al estudio en las afueras de Los Angeles. Esto era mucho más grande", recuerda la actriz que en cuatro meses repitió el periplo de Gilbert, interpretándola. Y aunque las edades de escritora y actriz no coinciden -la autora tenía 32 años cuando escribió estas memorias y la actriz está a punto de cumplir 43-, es difícil imaginar una intérprete más adecuada para mostrar los altos y los bajos de aquel viaje.

"Nunca trabajé tanto como en esta película. Pero valió la pena. La filmamos de manera cronológica y para mí esa fue una decisión importantísima. Era necesario hacerlo así porque yo no tengo la habilidad suficiente para mostrar todos esos cambios en el personaje sin la continuidad del relato. Seguimos cada línea de la historia tal como fue escrita", dice Roberts con modestia. Ella, que es una de las pocas actrices que la industria del cine reconoce capaz de sostener una película en taquilla con su sola presencia suele restarle importancia a su estrellato. Famosa y solicitada por los medios desde hace dos décadas, desde que fue la mujer bonita, Roberts, como el personaje que interpreta en la película, estuvo en crisis y sobrevivió mucho más sabia y feliz para contarlo.

"En un momento de mi carrera, cuando tenía veintipico de años, estaba perdida, no me gustaba ninguno de los guiones que leía y decidí esperar hasta que llegaran proyectos que valieran la pena. Me tomé dos años, no trabajé, viajé mucho y sencillamente me dediqué a vivir. Creo que todos pasamos por algo así alguna vez en la vida. Claro que mi personaje sufre una crisis existencial mucho más fuerte de lo usual, pero todos sufrimos una variación o una versión de algo así. Definitivamente puedo sentir empatía y compasión por esta persona que estaba sufriendo y por la manera en que decidió resolver su angustia", cuenta la actriz poniéndose un poco seria para hablar de Gilbert y de la película que adaptó y dirigió Ryan Murphy, el creador de Glee (ver aparte).

Tanto el libro como la película relatan experiencias difíciles como un conflictivo divorcio y una complicada ruptura sentimental con un costado de humor y una capacidad de reírse de sí mismo que se convierte en hedonista búsqueda del placer y en profunda búsqueda de la paz interior, una vez que el personaje decide emprender vuelo hacia Roma con destino final en la felicidad.

Episodios de película

"Por momentos sentía como que estábamos haciendo cuatro minipelículas. Primero está la de Nueva York con Viola (Davis), Billy (Crudup) y James (Franco) a los que les dije adiós para conocer a estos grandes amigos italianos, y me volví a despedir para quedar atrapada con Richard (Jenkins) en un ashram en la India hasta llegar a Bali, con Javier (Bardem). Fue una experiencia única", dice Julia recordando al seleccionado de actores que la acompañaron en la aventura. Un recorrido por el mundo a bordo de una producción cinematográfica que respetó a rajatabla las escalas del libro. La primera: comer en Roma.

"Dale, digamos que engordé para meterme en el papel, dale, digamos eso", bromea la actriz cuando se acuerda de los cuatro kilos que subió en Italia gracias a la ingesta frente y tras las cámaras de lo mejor de la cocina italiana. Porque, según el director, no hay nada fingido o falso en los platos que Julia disfruta en pantalla. Lo que le ponían enfrente se lo comía de verdad, a diferencia de otros actores que suelen escupir lo que sea a la voz de "corte".

"Ryan Murphy les contará cualquier tipo de historia para hacerme parecer noble. Lo cierto es que las tomas eran tan largas que al final terminaba comiéndome todo. Así, a las 8.45, de la mañana ya había engullido una pizza entera yo sola. En la filmación de la escena del almuerzo con todos mis amigos de Roma hacía mucho calor, estábamos con ropa de otoño sentados afuera y llegué a sentirme agradecida de no estar comiendo tripas bajo un sol de 32 grados. Eso es lo que pasaba en el rodaje. No es que pensé: «Debería aumentar unos kilos para hacer más creíble este viaje», si no que eso es lo que pasa cuando comés kilos de pasta. Inevitablemente los kilos te los quedás vos", dice Julia, que terminado el interludio romano hizo las valijas y se trasladó junto a sus tres hijos- Hazel, Phinnaeus y Henry-, y su marido, el director de fotografía Danny Moder, a la India. Era tiempo de la segunda escala: rezar. Una indicación que la actriz se tomó a pecho. En el tiempo que pasó en aquel país se convirtió al hinduismo.

"Todos me decían «cuando vayas a India los kilos simplemente desaparecerán». No fue así, pero bueno, qué se va a hacer...", explica la actriz que en las afueras de Bombay descubrió las dificultades de trabajar con una fiebre de más de 38 grados. Era el día en que se iba a filmar una escena fundamental para la película y para el personaje de Jenkins, un hombre en busca de la rendención al que el libro y la película llaman por su primer nombre, Richard, y el lugar de donde viene, Texas.

"Esas escenas, las de la India, fueron como un sueño. Eran todas complejas e interesantes y, además, tenía que interpretarlas con Richard Jenkins. En términos de actuación eran las que más esperaba. Fue mágico estar ahí y trabajar con Richard", recuerda Julia, que terminada esa etapa volvió a subirse a un avión para encontrarse con Javier Bardem en Bali. Obviamente había llegado la última parte del recorrido: amar.

"Es cierto que viajar es un lujo en estos tiempos y lo que espero que la gente se lleve de esta película es que no tenés que ir a todos estos lugares para encontrarte a ti misma o para llevar a cabo una búsqueda interna. De hecho, podés quedarte en casa y hacer todo ese trabajo, pero vas a tener que ocuparte de preparar la cena", concluye Julia con una sonrisa, esa que la hizo famosa hace veinte años y que todo el mundo reconoce. Menos aquel elefante, claro.

BUENOS AIRES, PRIMERA FOTO DEL ALBUM

En una de las escenas fundamentales de Comer, rezar, amar, Elizabeth (Roberts) necesita irse de Nueva York, cambiar de aire y por eso recurre a un baúl dónde atesora imágenes de los lugares en el mundo que más desea conocer. La primera foto que aparece en pantalla cuando se abre ese arcón de la fantasía viajera es una de Buenos Aires.

"Fue mi decisión que se viera esa imagen de Buenos Aires primero. No está en el libro. Me encanta la ciudad y fue de lo más extraño, porque cuando tuve que decidir qué es lo primero que ve Elizabeth cuando abre esa caja me vino la idea de Buenos Aires", explica Ryan Murphy, responsable del guión y de la dirección del film.

"Es un lugar tan apasionado, tan bello y exótico para un norteamericano que me imaginé que el personaje podría haberlo visitado en sus viajes para las revistas para las que trabajaba. Y funciona en el contexto de la historia y los cambios que la protagonista quiere hacer porque se trata de una ciudad completamente diferente de su Connecticut natal. Además, también es una especie de guiño para Javier Bardem, que ama esa ciudad"

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