
El Torito, del barrio a Nueva York
La vida de un pugilista popular como pocos, inmortalizado en un cuento de Cortázar
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Tan intensa como fugaz, su carrera boxística fue calificada como "la luz de un fósforo", definición impecable del recordado periodista Félix Frascara. Justo Antonio Suárez nació el 9 de enero de 1909, con el hacinamiento como forzada escenografía en un hogar que lo albergaba entre 24 hermanos. Recorrió los mataderos porteños para atrapar algunos pesos y desdeñó la escuela muy pronto, para emprender el sendero abierto por Luis Angel Firpo en los años 20.
Vivir del boxeo no era una utopía, pues sus condiciones quedaron rápidamente a la vista de todos: hizo 48 peleas como amateur y pasó invicto al campo profesional, con los galones que le otorgaron los éxitos en los Sudamericanos del 26 y el 27.
El Parque Romano, en Malabia y Las Heras, fue escenario de su debut como pugilista pago, pero fue la vieja cancha de River Plate -la de Alvear y Tagle- la que arropó el furor por observar a ese peleador implacable que poco a poco se fue convirtiendo en el primer gran ídolo que tuvo este deporte en nuestro país y al que el periodista Carlos Rúa bautizo como El Torito de Mataderos.
Representado por Pepe Lectoure, se hizo fuerte boxeando -y ganando- en River, y allí construyó su opera prima el 27 de marzo de 1930, ante 40.000 espectadores: la conquista del título argentino de los livianos, tras vencer por puntos a Julio Mocoroa, El Bulldog de La Plata, duelo que significó el clásico más antiguo del pugilismo de nuestro país.
Nueva York, corazón del boxeo mundial, se vio seducida por ese remolino con guantes de apenas 21 años. Cotizado en la Gran Manzana (obtuvo cinco éxitos seguidos), Suárez volvió a River y noqueó en tres rounds al chileno Estanislao Loayza frente a los ojos del presidente Félix Uriburu y de los príncipes británicos Eduardo de Windsor y Jorge de Kent.
De regreso a los Estados Unidos, apoyado por los periódicos, que destinaban generosos titulares a su cruzada, Suárez no pudo con el gran Billy Petrolle, el Expreso de Fargo, que lo noqueó en el noveno asalto. Crudezas del boxeo: una victoria lo hubiese catapultado a pelear por el título mundial con Tony Canzonieri.
En cambio, con 22 años, el Torito quedó a la deriva, castigado por constantes fiebres. Ni siquiera el amor de Pilar Bravo, aquella piba de Lanús con la que formalizó, lo sacó del hundimiento. Estaba enfermo. Tuberculosis, se le había diagnosticado. En 1932, rogando que su rincón no arrojara la toalla, perdió el título argentino con Víctor Peralta, en su único combate en el Luna Park.
Había ganado sumas increíbles para un deportista en aquella época, pero el dinero se le fue escurriendo. Intentó un inoportuno regreso al ring en 1935, pero resultó un fiasco: Suárez no podía mantenerse en pie y su rival, Juan Pathenay, se apiadó y evitó tirar golpes, por lo que el combate se suspendió en el décimo round.
Ya no lo acosaban los admiradores. A los 29 años, Suárez estaba solo, con su eterna sonrisa lastimada y una tos que le partía el pecho. Apareció agonizando en la casilla de sereno que ocupaba en el Parque Sarmiento, en Córdoba, el 10 de agosto de 1938. Entonces, ninguna curación tenía la tuberculosis que terminó con su vida. Moribundo, en un vetusto hospital cordobés, lo imaginó Julio Cortázar en el cuento "Torito": "Me quiero olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás y la gozás de nuevo..."

