En Backrooms, el terror adquiere la asfixiante forma de un laberinto sin salida
Kane Parsons lleva al cine el exitoso experimento que hizo en YouTube a partir del mismo concepto: el miedo de quedar atrapado en un espacio cerrado y opresivo que se reproduce hasta el infinito
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Backrooms, sin salida (Backrooms, Estados Unidos/2026). Dirección: Kane Parsons. Guión: Will Soodik. Fotografía: Jeremy Cox. Música: Kane Parsons y Edo Van Breemen. Edición: Greg Ng. Elenco: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell. Duración: 110 minutos. Distribuidora: Imagem Films. Calificación: solo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.
Backrooms, estrenada con los cines de nuestro país con un redundante e innecesario agregado (“Sin salida”) al título original, llega precedida por una formidable serie de acciones de marketing y una expectativa que viene en aumento. Desde hace por lo menos tres años se viene hablando con ese título del trabajo de Kane Parsons, un inquieto creador visual que inventó con apenas 17 años todo el andamiaje conceptual y narrativo de Backrooms a través de 25 breves episodios seguidos y comentados con extraordinaria repercusión a partir de su llegada a YouTube en 2022.
Ahora, en 110 minutos y también con la firma de Parsons, esta película confirma y sistematiza al mismo tiempo todo el sentido original de la serie, que desde su aparición funcionó como puerta de entrada a un mundo claustrofóbico, pesadillesco y laberíntico. Ese camino nos lleva al encuentro con algunos de nuestros miedos ancestrales, sobre todo el que aparece cuando experimentamos la sensación asfixiante de no encontrar una puerta para escapar de un escenario de angustiante encierro, propio de los peores sueños.
La película reproduce el diseño básico de la serie y su punto de partida: una variante del found footage y su característico marco de imágenes recuperadas de algún viejo registro en video de situaciones anómalas, cruentas o directamente paranormales. Lo que vemos aquí tiene todas las características de las grabaciones de las cámaras de video usadas a fines de la década del 80 y comienzos de los 90 y lo que capturan se repite una y otra vez: recintos vacíos (o apenas ocupados por materiales aleatorios) de paredes, techos y baldosas en tono amarillento que se asemejan a las oficinas de alguna organización burocrática, iluminadas por tubos fluorescentes de eterno parpadeo y unidos por pasillos interminables de variado espesor.

Los guiños y zumbidos de las lámparas y la estrechez de los espacios generan un efecto de ahogo, opresión y falta de aire cada vez más fuerte. Allí (y no en los clásicos efectos de puertas que se cierran de golpe o siluetas terroríficas surgidas de la oscuridad) descansa el miedo más puro e inquietante que a través de la experiencia de los personajes no tarda en llegar al espectador, ansioso por encontrar una salida que nunca aparece.
Con la indudable ayuda de gente muy experimentada como James Wan y Osgood Perkins (dos de los muchos productores de la película), Parsons construye un andamiaje narrativo en el que todo ese cuadro adquiere una nueva configuración. Quienes lo padecen son Clark (Chiwetel Ejiofor), propietario de una languideciente mueblería, instalada en el oscuro rincón de un decadente mall, y su terapeuta Mary (Renate Reinsve), que le sugiere temerarios juegos de rol para mitigar sus penas. Cuando empiezan a abrirse para ellos en el sótano de la mueblería las infinitas muestras de una dimensión paralela (generadas a partir de un virtuoso software llamado Blender) el miedo se activa desde todos los ángulos posibles. El miedo adquiere contornos más precisos, sin necesidad de recurrir a sobresaltos efectistas, cuando quedamos a merced de lo inexplicable.

Sobrevuelan en medio de esta inquietante atmósfera preguntas inquietantes sobre la lógica del consumo, la alienación urbana y el papel que ocupan ciertas disciplinas científicas en una realidad que, sin darnos cuenta, deja de tener sentido en términos de libre albedrío. El original dispositivo de la serie se adapta aquí a la dinámica del largometraje con seguridad y confianza en sus propias y espeluznantes fuerzas. Pero a primera vista no quedaría mucho más para decir si el éxito que todos pronostican llegara a cumplirse y aparece la tentación de una o más futuras secuelas.
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