En los 90: promisorio debut que le rehúye a la nostalgia

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Javier Porta Fouz
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18 de julio de 2019  

En los 90 (Mid90s, Estados Unidos/2018) / Dirección y guion: Jonah Hill / Fotografía: Christopher Blauvelt / Edición: Nick Houy / Música: Trent Reznor, Atticus Ross / Elenco: Sunny Suljic, Katherine Waterston, Lucas Hedges, Na-kel Smith, Olan Prenatt, Gio Galicia, Ryder McLaughlin / Distribuidora: Diamond Films / Duración: 85 minutos / Calificación: apta para mayores de 16 años. ,en los 90 / Nuestra opinión: Muy buena

Como tantos otros actores de Hollywood (Clint Eastwood, Kevin Costner, Mel Gibson, Jason Bateman) también Jonah Hill ( Superbad, El lobo de Wall Street, Comando especial) decidió probar con la dirección. Y, como todos los nombrados, lo ha hecho bien, con una película noble y que, en un contexto menos concentrado y aplastado por marcas que se usan y reciclan una y otra vez, debería ser notoria y notable, un debut de esos que señalan el comienzo de una probable gran carrera.

En los 90
En los 90

En los 90 se ubica en la tradición de los relatos autobiográficos acerca de esos momentos de cambios cruciales y vitales (como Los inútiles de Fellini, como Los 400 golpes de Truffaut), esas instancias arremolinadas y conflictivas en las que quedarse quieto debería estar contraindicado. Y entonces Stevie (Sunny Suljic, hecho para el cine), un adolescente de 13 años en 1995 en Los Ángeles, con madre y sin padre, y con un hermano mayor que lo agrede desde el plano inicial -en lo que es probablemente el comienzo cinematográficamente más potente de la temporada- debe ponerse en movimiento a pesar de empezar golpeado e inmovilizado (Hill maneja la simbología del relato con la prestancia y la elegancia del clasicismo). Ponerse en movimiento, y más aún a esa edad, claro, implicará más golpes, más abolladuras, más riesgos, pero para eso están las vidas que el cine quiere hacer suyas.

Así, con voracidad pero sin estridencias, En los 90 será un coming of age para Stevie y también un retrato de época que huirá de la nostalgia y elegirá otros caminos, menos blandos pero notoriamente más emotivos, porque cuando las películas llegan a la emoción por caminos alejados de los simplismos pegan más y mejor: una versión de una de los Pixies, una de Morrissey en un momento inesperado, hip-hop como banda sonora de la vida de los personajes, diálogos acerca de las implicancias del agradecimiento, los amigos en los ojos de la madre.

Hill sabe, además, cómo encuadrar, y no porque ese aspecto de la puesta en escena se resuelva con decisiones simplemente correctas o incorrectas: sabe cómo encuadrar porque exhibe posibilidades, variantes, usos y caminos de la emoción, de las risas, de los dolores, de los triunfos (nunca pequeños, porque esto es cine con aire, con oxígeno), de las caídas y de los logros del skate, de la amistad y de la hermandad. Una película linda, nada menos.

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