Entusiasmos y decepciones

Sarah Polley y Kim Ki-duk generaron sensaciones bien opuestas
Claudio Minghetti
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19 de septiembre de 2011  

SAN SEBASTIAN.– Cuatro películas desfilaron por la competencia oficial y, como dice el refrán, "hay de todo en la viña del Señor". Caso curioso el de Kim Ki-duk. Hace algunos años fue considerado por buena parte de la crítica más intelectual (hay que reconocerlo, con bastante justicia) como un cineasta muy prometedor y, sin embargo, tras media docena de ofertas más que interesantes, su prestigio se fue devaluando. El autor, entre una docena de obras, entre ella Primavera, verano, otoño, invierno y El arco , recientemente confesó ante su cámara, en el documental autorreferencial Airang, que no estaba conforme con su obra. Bueno, salvo sus habituales detractores, nadie parecía coincidir demasiado con él. Ahora con el cambio de eje, sin embargo, ocurre lo contrario. Amen , la última pieza de su cosecha presentada aquí en la competencia oficial, la primera realizada fuera de su país, parece querer dar marcha atrás con lo hecho y confirmarlo. Esta vez sigue, cámara en mano, el deambular de una joven coreana que llega a París en busca de alguien. Al fracasar en su primer intento, la joven reacciona en medio de la multitud gritando a viva voz un nombre: "¡Kim Jong-soo!", y una vez ocurrido esto, comienza a viajar de aquí para allí en tren, primero hasta Venecia, y luego a Lyon y Avignon, para terminar donde empezó. En todo este periplo, sin diálogos, la chica será perseguida por un extraño enmascarado que le roba (y después le devuelve) todas sus pertenencias, incluso su calzado. Hay un par de ejes que el artista subraya: la mirada atenta de la joven a lo religioso (a lo católico) y a la idea de redención de algo de esos dos personajes que no aparece del todo claro en el relato. La apuesta –que el director confiesa le costó lo que media docena de boletos de tren– resulta poco genuina por la desprolijidad en los movimientos de cámara, en los encuadres y, en especial, en el sonido (por momentos, incómodo). Y la repetición del esquema inicial tres, cuatro y cinco veces sólo logra cansar.

Otras dos películas en la competencia fueron Take This Waltz , de la también actriz canadiense Sarah Polley, que pone delante de la cámara una historia que tiene que ver con la toma de decisiones de una mujer frente a dos diferentes tipos de amor. Una mirada sensible a personajes con los que es fácil encontrar empatía, un punto de partida original que deviene saludable a pesar de su ritmo por momentos algo lento, interpretado con seguridad por Michelle Williams, Seth Rogen y Aaron Abrams.

Por su parte, el cine español arremetió con No habrá paz para los malvados , un policial del bilbaíno Enrique Urbizu, que promete estremecimiento, pero rápidamente entra en un esquema más o menos convencional. La historia tiene como protagonista a un policía desmadrado y alcohólico (algo así como un Torrente serio y dark ) encarnado por José Coronado. El hombre se presenta liquidando, sin más, a tres colombianos en un bar de mala muerte y tras el hecho sale a la caza del único testigo, que manejaba las cámaras de seguridad del lugar. El relato, que recrea una extensa investigación con un par de puntas y bastantes lugares comunes, desemboca en un final que, si bien recupera el rigor de la presentación, no convence.

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