Estrenos de cine: Adiós a la memoria va del relato íntimo a la pintura social
La tercera película de Nicolás Prividera es un film-ensayo que recurre a la historia familiar para reflexionar sobre el derrotero de la política argentina a partir del cimbronazo provocado por la última dictadura militar
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Adiós a la memoria (Argentina/2020). Dirección y guion: Nicolás Prividera. Fotografía: Héctor Prividera, Nicolás Prividera. Edición y diseño de sonido: Hernán Rosselli. Duración: 95 minutos. Estreno en: el Malba, Figueroa Alcorta 3415, y sala Lugones del Teatro San Martín, Corrientes 1530. Nuestra opinión: muy buena.
En clara sintonía con el resto de su obra –M (2007) y Tierra de los padres (2011)– Nicolás Prividera vuelve sobre el asunto de la memoria, que funciona como eje del que ya luce como un programa ideológico y estético llevado adelante con las herramientas del cine.
En este caso, el realizador arma un complejo y riguroso film-ensayo perfilando su propio discurso a partir de una mirada ajena, la de su padre, plasmada en una serie de películas familiares que recupera para saldar las cuentas de una relación obturada en el pasado y reflexionar con agudeza sobre la memoria personal, histórica, social y política de la Argentina.
Adiós a la memoria no cuenta la historia de un enfrentamiento, sino, como detalla la voz en off del propio director, la de un “distanciamiento gradual y silencioso” que dejó una huella en él. Ese reencuentro con el relato familiar se produce cuando una enfermedad neurodegenerativa empieza a corroer la memoria del padre y plantea una pregunta, la de una memoria futura, aquella que él mismo autor dejará para la posteridad.
Prividera se embarca en ese proceso arduo con plena conciencia de que la memoria se conjuga siempre en presente, algo que determina su modalidad: la selección de sucesos cuyo recuerdo es preciso conservar, su interpretación, sus “lecciones”. Tal como comentó Walter Benjamin sobre la obra de Proust: “no se describe una vida tal y como fue, sino cómo la rememora quien la ha vivido”. Y Prividera vivió años cerca de su padre (a pesar de la distancia simbólica determinada por la actitud prescindente del adulto) como para ser testigo privilegiado de una deriva marcada para siempre por el cimbronazo del golpe militar de 1976, que produjo el drama del secuestro y la desaparición de su madre, Marta Sierra.
Se sabe que al configurarse a partir de la experiencia vivida, la memoria es eminentemente subjetiva y que por eso jamás está fijada: es una obra abierta, en transformación permanente. Sea individual o colectiva, es una visión del pasado siempre matizada por el presente. La memoria también “establece” los hechos, por eso el porvenir está en buena medida construido por el presente y la historia, como también señaló Benjamin, “no es solo una ciencia porque es al mismo tiempo una forma de rememoración”.
En ese sentido, una operación consciente de Prividera amplía los horizontes de la película para correrla del alegato puramente familiar y situarla en el contexto político y cultural de un país: las vicisitudes personales funcionan como plataforma de un discurso que viaja al pasado pero llega hasta un presente marcado por la norma neoliberal, nacida -afirma el director- en aquel momento bisagra -la aparición brutal de la última dictadura- que inició “un proceso de disciplinamiento de la parte rebelde e insumisa de la sociedad argentina”.
Si como se dice mucho hoy, lo personal es político, Adiós a la memoria es una prueba posible, más profunda y comprometida que algunos ademanes superficiales también en boga, de ese debatido axioma contemporáneo.
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