
Falleció Sidney Lumet
Serpico, Tarde de perros y Network figuran entre sus éxitos
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Cada vez que lo calificaba, casi al borde del clisé, como "el maestro de las películas de juicios", Hollywood no hacía más que mezquinar los méritos de su obra. Llegó a reconocerlo con cinco nominaciones al Oscar -cuatro como realizador, la restante como guionista- pero ese galardón le llegó muy tardíamente (en 2005) y con los culposos perfiles de una estatuilla honoraria.
Sidney Lumet falleció ayer por la mañana a los 86 años en su casa de Manhattan, víctima de un linfoma, sin dejar como legado ni el más mínimo reproche hacia una industria que, al fin y al cabo, siempre lo consideró como una figura prestigiosa y, sobre todo, confiable. Alguien que siempre cumplía al pie de la letra con los presupuestos y los plazos de sus películas.
Eso sí, a cambio entregaba en cada uno de sus films retazos de una vigorosa personalidad y un poderoso espíritu independiente, reflejado ante todo en la voluntad de dejar al desnudo sus intensas preocupaciones sociales y las debilidades de algunas instituciones clave para enfrentarlos y solucionarlos. "Si la policía y los tribunales no funcionan de un modo honesto, la democracia se desvanece", dijo en 1997, en una charla telefónica con La Nacion, al momento del estreno local de El lado oscuro de la justicia , un de los tantos ejemplos de una vasta y comprometida atención hacia las situaciones planteadas en esos ambientes.
De ellos surgieron sus mejores obras: Doce hombres en pugna (que llegó al cine desde la TV, primer destino profesional de fuste para Lumet), Serpico , Tarde de perros , El veredicto , Preguntas sin respuestas . A excepción de la segunda, las restantes consagraron al director con sendas candidaturas al Oscar. A esa selecta nómina hay que agregar Network, poder que mata , que en 1976 se anticipó con profética lucidez y contundencia a los excesos que muestra hoy la TV.
Nueva York y el teatro
Seguramente por haber crecido en Nueva York (aunque nació en Filadelfia el 25 de junio de 1924) como hijo de una pareja de actores del teatro idish, Lumet también prestó mucha atención en su filmografía a las adaptaciones teatrales: Viaje de un largo día hacia la noche (Eugene O'Neill), El hombre en la piel de víbora (Tennessee Williams), Panorama desde el puente (Arthur Miller), La gaviota (Anton Chejov). Allí desplegaba un estilo "hecho de primeros planos, clima claustrofóbico, intensa concentración dramática y especial atención a los diálogos", según observó desde estas páginas Fernando López.
No faltaron altibajos en la carrera de Lumet: junto a los títulos más aplaudidos hubo varios intentos fallidos (como El mago, adaptación con actores negros de El mago de Oz ) y más de una franca decepción, en especial cuando su afán denunciador caía en frases y situaciones hechas, sin espesor dramático.
Pero en todas ellas siempre se destacó el extraordinario talento del director para atrapar como ninguno la densidad física y humana de Nueva York y, sobre todo, para extraer siempre lo mejor de sus actores. Nada extraño en un artista que se desinteresaba por completo en los efectos especiales y, por el contrario, elegía concentrarse en el elemento humano.
Seguramente por eso, aquel 27 de febrero de 2005 debe haber sido una de las noches más emocionantes de su vida. De manos de Al Pacino (a quien ayudó a consolidar su carrera con Serpico y Tarde de perros ) recibió el Oscar honorario y, lo más importante, la ovación de un auditorio en el que estaban muchos de los actores que sumaron con sus películas casi medio centenar de nominaciones al premio mayor de Hollywood. Dos años después, con su última gran obra ( Antes que el diablo sepa que estás muerto , de 2007) pareció agradecer ese multitudinario tributo a través de un magistral relato de tragedia familiar con vigor narrativo, profundas observaciones sociales y un brillante elenco. Fue una despedida con mayúsculas.
Todos los dardos puestos contra la televisión
La televisión tuvo mucho que ver con la formación de Sidney Lumet como director, en los años 50. Y también con gran parte de sus desvelos y preocupaciones. Network, poder que mata, tal vez su obra de mayor repercusión en los círculos cinematográficos, resultó ante todo una despiadada (y profética) mirada sobre los excesos de la pantalla chica. Con el tiempo mantuvo sus críticas. "La TV es uno de los grandes problemas por resolver -dijo a La Nacion, en 1997-. Actualmente, tiene una influencia corruptora en todas nuestras vidas. Y no veo ninguna esperanza de cambio. Soy pesimista respecto del futuro de la televisión."
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