
Fallida recreación de la década del sesenta
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"Rosas rojas... rojas" (Argentina, 2004). Dirección, fotografía y montaje: Carlos Martínez. Libro y música: Jorge Valcarcel. Con Ulises Dumont, Alicia Zanca, Isaac Haimovici, Mauricio Dayub, Mirna Suárez, Igón Lerchundi, Jorge Ochoa. Escenografía: Florencia Valcarcel. Vestuario: Marianela Gómez. Presentada por Primer Plano Film Group. 83 minutos. Calificación: para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: Mala
Al leer la sinopsis de "Rosa rojas... rojas", cualquiera puede, sin demasiado esfuerzo, imaginar una historia ambientada en el Buenos Aires de fines de los años 60 y principios de los 70, con eje en personajes de ese corto tramo de la calle Corrientes que va de Uruguay a Rodríguez Peña, donde se amontonaban cines como el Lorraine, el Loire, el Losuar, unos pocos bares que convocaban una singular fauna intelectual, amante del séptimo arte principalmente europeo, la literatura y la poesía, y por qué no, los tallarines con pesto y los submarinos, sobre manteles de papel de panadería. Si a eso se les suman los nombres de Jorge Valcarcel, respetado como músico, pero aquí en función de autor del libro original, y a actores como Ulises Dumont, Alicia Zanca, Isaac Haimovici y Mauricio Dayub, por qué no habría de resultar un producto al menos interesante. Pero no.
La historia muestra a varios personajes. Un mozo de bar (el único que atiende todo un bar, delante y detrás del mostrador), enamorado de un horrible par de zapatos bicolores de una vidriera que termina robando y una prostituta, un alma bella sacrificada sólo por el bien de su amada hijita, mientras el padre ronca despreocupado y ella sueña despierta con fundar el primer sindicato para la "profesión más vieja del mundo". Un poeta (disfrazado con gorra y bufanda, como el autor imagina a los poetas de entonces) que repite frases supuestamente metafóricas y un viejo autista que, sentado en la vereda, sopla una flauta dulce para que la gente le deje algunas monedas. Tres amigos que divagan de política o de fútbol y una florista que repite el título de la película con la mano extendida. Un ¿cineasta? que graba con una enorme cámara de video (¿en 1969?) una película a lo Antonioni, con esa florista que lo flechó como protagonista. Aún así, todo podría ser interesante con un mínimo de sentido común, sin embargo la experiencia de ver de principio a fin "Rosas rojas...", no es recomendable para ningún espectador sensible.
Un dislate, un equívoco
El director, el debutante Carlos Martínez, no parece tener demasiada noción de que lo escrito por Valcarcel es un dislate, que la época que intenta reconstruir no fue, ni por casualidad, como la muestra y que sus personajes no tienen ni siquiera ese contradictorio encanto kitsch de las puestas del más humilde teatro vocacional. En verdad, Martínez no parece tener la menor idea de cómo se hace cine seriamente.
El ridículo y el sinsentido no hacen otra cosa que pensar "Rosa rojas..." como un equívoco, que nunca debió haberse filmado así. Hay escenas que no queda más remedio que ver con piedad, reaccionando con risas allí donde se muestra alguno de sus muchos imposibles, como la secuencia de una prostituta que roba un trofeo a un fanfarrón, la del mozo (no obstante la buena voluntad de Dumont) disculpándose al personaje de Zanca tras haberle propuesto con subterfugios un futuro en común y la de la transmisión por TV del acto fundacional de una supuesta agrupación de prostitutas, entre otras. Qué pena por los actores, por el recuerdo que se tiene de Valcarcel, por el buen cine argentino forzado a convivir con estos mamarrachos. Y dos viejas preguntas vuelven a sonar fuerte: ¿por qué se hacen estas películas, por qué se estrenan?
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