
Gauchos al estilo western
Pablo Cedrón habla de su trabajo en el último film de Fernando Spiner
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Aballay, el hombre sin miedo , la película de Fernando Spiner que pasado mañana estrenará Energía Entusiasta, es la versión hecha cine de un cuento de Antonio Di Benedetto. La historia tiene como eje a un bandolero impiadoso que busca redimirse y al que la mitología popular ha convertido en una especie de santo. El hecho es que al mismo tiempo el hijo ya adulto de una de sus víctimas, que sólo recuerda su mirada cruel y el crimen que cometió, busca venganza y no se detendrá hasta encontrarlo. El gaucho sanguinario que un día dejó las tropelías para montar un caballo y no bajarse jamás lo espera.
Spiner, recordado en TV por Poliladron y Bajamar , y en cine por La sonámbula y Adiós querida luna , asumió la responsabilidad de dar forma a este western criollo y, para hacerlo, aceptó otros desafíos. El más importante fue el casting. Al mismo tiempo que el resto de los actores (encarnados por Nazareno Casero, Moro Anghileri, Claudio Rissi, Luis Ziembrowsky, Lautaro Delgado, Horacio Fontova y Gabriel Goity), tuvo que dar con el que pudiera encarnar al personaje de marras. Y así encontró a Pablo Cedrón.
Conocido por la comedia, con la que hace dos décadas logró fama en la pantalla chica (en Cha cha cha , por ejemplo), o por personajes duros, como el que le tocó en El aura , o el que ahora compone -nuevamente en TV- en Un año para recordar , Cedrón tenía a su favor ser desde siempre "hombre de a caballo", algo que en la película es fundamental. "Cuando acá haces comedia, creen que vos sos el personaje, te encasillan. Igualmente, me gustaría seguir haciendo los dos géneros", asegura, en diálogo con La Nacion.
-¿Y cómo es Aballay?
-Según las circunstancias podría ser hasta un personaje histórico, un caudillo. En nuestra historia, deben de haber existido unos cuantos ejemplos de personajes así. Aunque en la película no lo parezcan, son trabajadores rurales a los que la vida los ha puesto en un lugar donde la violencia es cotidiana y no hay demasiado tiempo para los juicios morales. Como decía Borges, «Dios les queda lejos». Aballay se convierte en una especie de santo popular, alguien a quien su naturaleza lo fue llevando a tener que tomar una decisión en busca de redención. Le veo algo parecido a lo que le pasa a la sociedad actual, en un momento en el que debemos tomar una decisión trascendente, la de si queremos cambiar lo que está mal. No podemos echarle la culpa a nadie: somos nosotros.
-El hombre y el caballo...
-Sí, hay una simbiosis, pero no es el centauro. Cuando llevás años andando a caballo, te puedo asegurar que el caballo te transmite quién es, y vos algo también debés transmitirle. Sabés si es espontáneo para la rienda, si es nervioso, o tus movimientos tienen que ser más sutiles o más exagerados.
-¿Conocías el relato?
-Conocía a Di Benedetto por haber leído Zama , pero no esta historia. Fernando buscaba a un actor que fuera buen jinete, y yo ando a caballo desde muy chico. Viví en el campo. Mis abuelos tenían una hostería en las afueras de Chapadmalal donde había un haras. He conocido bien a esos paisanos, gente que en la década del 60 tenía el sello cultural de un siglo atrás. Siempre me gustó lo gauchesco y, cuando era adolescente, leí todo lo habido sobre ese tema. Además, cuando no tenía trabajo como actor, era guía turístico en paseos de a caballo en el Parque Nacional Los Glaciares.
-¿Leíste primero el guión?
-Sí. Me gustó por su intensidad, pero me pareció raro. Pensaba que por lo metafísico daba más para una película de samuráis. No es una historia gauchesca común; sin embargo, pensé que podía ser Aballay y que hasta podía aportarle algo. Siempre quise hacer un personaje gauchesco, inocente como un animal, culpable por matar y por vivir matando, como una víctima de sus propias circunstancias.
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