
Gong Li, la estrella que vino de Oriente
"Hay muchas cosas que pueden comunicarse sin necesidad de usar la palabra. La mirada, el ritmo de la respiración, la postura, las manos; todo el lenguaje corporal: el arte tiene que ver con todo eso." Si lo sabrá Gong Li, que así respondía no hace mucho al periodista interesado en conocer qué desafíos le había planteado a la estrella china su reciente trabajo, en inglés y a las órdenes de Michael Mann, en "Miami Vice", de próximo estreno entre nosotros. La última vez que la vimos, precisamente, ilustró de la manera más contundente ese claro concepto sobre las herramientas expresivas de un actor. Fue en una escena del bellísimo episodio que Wong Kar-wai aportó a "Eros", el desigual experimento compartido con Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh: el sugestivo rostro de Gong Li en el espejo, y en él todo el fastidio, la fatiga, la tristeza y la secreta frustración de la orgullosa cortesana que vislumbra su inminente decadencia y quizá su trágico final.
No es la primera vez que la actriz oriental más famosa en Occidente debe actuar en inglés. Lo hizo ya al lado de Jeremy Irons, en "Chinese Box" (1997), una historia que Wayne Wang ambientó en los días de la restitución de Hong Kong a China, y más recientemente en "Memorias de una geisha" (2005), de Rob Marshall. Y tampoco será la última: "Mientras pueda usar mi propia voz y no deba jugar demasiado con el acento, me será posible trabajar en los Estados Unidos", ha apuntado la estrella, que no tuvo inconvenientes en pedir un instructor de pronunciación para su reciente participación en "Young Hannibal", la nueva historia concebida para extender la leyenda del personaje de "El silencio de los inocentes" y que, según se dijo, estuvo en conversaciones para sumarse a un proyecto de Tim Burton: un film sobre Ripley, el de "Créase o no", al lado de Jim Carrey. Por ahora, ha vuelto a su lengua materna (y a la guía de su descubridor, Zhang Yimou) para rodar "Curse of the Golden Flower".
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De todos modos, el idioma no representa un problema para ella, como ha afirmado Michael Mann: "Lo supe desde que nos encontramos la primera vez. Gong Li, lo he comprobado, puede hacer absolutamente todo lo que quiera. Ella y su orgullosa ética de trabajo han sido una revelación. ¿Qué otra actriz no sólo aprendería una lengua distinta, sino que también estaría dispuesta a ejercitar los músculos de la cara para moverlos de un modo diferente sólo para pronunciar las palabras del modo correcto?". Mann se ha vuelto un fan incondicional de la bella actriz oriental y no lo oculta: "Gong Li es decididamente única".
Algo parecido debe de haber pensado Zhang Yimou cuando la distinguió hace 19 años entre las estudiantes de arte dramático de Pekín. Ella tenía 22 años y esa potente expresividad pintada en un rostro luminoso, armónico y delicado. Yimou le ofreció el personaje principal de "Sorgo rojo" (1987) y en seguida la hizo su mujer y su actriz predilecta. El éxito fue inmediato y la chica pronto olvidó la frustración que cargaba consigo desde que había sido rechazada en una academia de música y había debido abandonar su sueño de ser cantante. La menor de los cinco hijos de un profesor de economía y una maestra, nacida en Shenyang el último día de 1965, no sólo se acostumbró con Yimou a las frecuentes batallas con la censura: también se fue convirtiendo en una actriz notable mientras se imponía como la gran estrella internacional del cine chino y su principal embajadora.
Simple campesina o glamorosa cortesana, siempre impone su presencia en pantalla. En sus films, supo ilustrar el papel reservado a la mujer tanto en la sociedad tradicional china como en la contemporánea: fue la joven obligada a reprimir su deseo y casarse con un viejo en "Sorgo rojo", la esposa maltratada y adúltera de un anciano despótico en el encendido melodrama de "Ju Dou, amor secreto" (1990), la estudiante universitaria entregada a un noble señor feudal en "Esposas y concubinas" (1991), la empecinada luchadora en busca de justicia de "Qiu Ju, una mujer china" (1992), y la sofisticada y altanera amante del jefe mafioso que impera en el music hall de "La reina de Shanghai" (1995).
Aun antes de que concluyera ese año la relación con Zhang, pudo comprobarse que la estatura artística de Gong Li es independiente de la pericia de quien la dirija. Con "Adiós, mi concubina" (1993), sobre las grandezas y miserias de la Opera de Pekín, obtuvo un resonante éxito internacional (el film ganó la Palma de Oro en Cannes) e inició una colaboración con Chen Kaige que se prolongaría después en "Luna seductora" (1996) y "El emperador y el asesino" (1999). Más cercanas son sus colaboraciones con otro gigante del cine oriental: Wong Kar-wai: "2046, los secretos del amor" y "Eros", ambas de 2004.
Ahora ha hecho su ingreso en un blockbuster hollywoodense cuyo original televisivo ella veía a veces (y comprendía poco, según dice, por la distancia que había entonces entre la realidad china y la occidental). Y todo indica que le ha dado otra vez la razón a Chen Kaige: "A Gong Li no le hace falta que la dirijan".
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