John Wayne: la leyenda perdura
Representó los valores norteamericanos más tradicionales
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Alto, fuerte, de estampa varonil y pocas palabras, Marion Michael Morrison se construyó a sí mismo hasta encarnar, como John Wayne, los valores norteamericanos más tradicionales. Con esa imagen indisolublemente asociada al legendario Oeste (aunque a lo largo de su extensa carrera también transitó por otros géneros), conquistó la adoración del público hasta llegar a ser la figura más popular durante más de cuarenta años; la más popular y también la más polarizadora, porque si en la pantalla Wayne encarnaba el espíritu norteamericano, en la vida real representaba al patriotismo en su versión más ultraconservadora, lo que hace que hasta hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento en Winterset, Iowa, esas visiones contrapuestas sigan vivas: muchos homenajes dedicados a honrar su memoria, se descuenta, generarán la contrapartida de la protesta o el rechazo. Muy en consonancia con Wayne, un hombre que -como escribió Jim Olson, uno de sus biógrafos- detestaba la ambigüedad y vivía en un mundo de absolutos, un mundo en que sólo había lo blanco y lo negro.
Poco afectó ese fundamentalismo al héroe de la pantalla: de 1949 a 1974, Wayne figuró entre los artistas más vendedores, muchas veces a la cabeza, aun cuando ya había pasado los 60 y la mayoría de sus pares estaban retirados, relegados a papeles de reparto o refugiados en la TV. Y más: una encuesta de 1995, más de una década después de su muerte (en 1979, por cáncer), lo ubicó en el número uno, por encima de Clint Eastwood, Mel Gibson o Tom Hanks.
Lo más asombroso es que tamaña representatividad fue resultado de una operación deliberada. Consciente de que no le sobraba pasta de actor, decidió construir el personaje Wayne: "Sabía que necesitaría algún truco, así que inventé el hablar lento y pausado, la mirada de soslayo y un modo de moverme que significara que no buscaba meterme en líos, pero que era capaz de partirle a cualquiera una botella en la cabeza. Todo lo ensayé frente al espejo". Método curioso para una profesión que atiende especialmente a la versatilidad. Wayne carecía de ella, pero la popularidad que obtuvo con ese papel representado tantas veces hizo que alguien recomendara a estudiantes de teatro: "Si quieren ser actores, estudien a Brando; si lo que quieren es ser estrellas de cine, sigan a Wayne". Criado en California, durante unas vacaciones en la adolescencia, entró como peón en la Fox, donde trabó amistad con John Ford. Con él y otros directores hizo sus primeras apariciones y más tarde, algunas veces como Duke Morrison (pues detestaba su nombre) en innumerables y olvidadas películas de bajo presupuesto. Tuvo su primer protagónico en The Big Trail (1930), un western de Raoul Walsh, pero fue el amigo Ford quien le dio en 1939 el papel que lo haría famoso: el de La diligencia .
La verdad del personaje de Wayne venía de su modo de andar, de montar a caballo, de enfrentar los peligros con ruda y viril serenidad. La diligencia lo hizo una estrella, pero sólo una más entre varias. El paso al frente vino al final de la década del 40 con un puñado de clásicos: Río Rojo (Howard Hawks), donde según algunos consolidó la buscada imagen; la trilogía de John Ford sobre la caballería: Fuerte Apache , La legión invencible y Río Grande , y con un film bélico muy popular, Arenas de Iwo Jima (Allan Dwan), que le dio la primera candidatura al Oscar (la segunda fue en 1969, cuando lo ganó con Temple de acero ).
Wayne llevó su personaje a otros escenarios lejos del West, incluso a la guerra, aunque irónicamente él, de quien el general MacArthur decía que "representa al militar norteamericano mejor que los propios militares", nunca combatió. Hay quien dice que buscó compensar esa culpa convirtiéndose en símbolo de los ideales norteamericanos y fervoroso anticomunista. Pero aun en el ánimo de muchos de los que repudiaron sus ideas, la leyenda sobrevive.
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