La historia de Pink Flamingos: cómo se hace "terrorismo cinematogáfico" con 12 mil dólares

Una escena de la irreproducible fiesta de cumpleaños de Babs Johnson.
Una escena de la irreproducible fiesta de cumpleaños de Babs Johnson.
Martín Fernández Cruz
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23 de abril de 2018  • 20:42

"Para entender el mal gusto, hay que tener muy buen gusto", John Waters.

El paso por el país de John Waters a la Argentina -vino para el Bafici-, resultó inspirador para revisar la filmografía del director nacido en Baltimore. Freaks de todo tipo, una devoción por el mal gusto y el foco puesto en la versión kitsch del sueño americano, son algunos rasgos del considerado Papa del trash (como lo bautizara alguna vez William Burroughs). Pero de toda su obra, de sus comienzos en el cine punk hasta el coqueteo con el mainstream, indudablemente su título más personal es Pink Flamingos. Lanzada en 1972, esta película, para bien o para mal, puso a Waters en el mapa y al día de hoy aún es el testamento más fascinante que brindó su director. Pink Flamingos es un film de barricada, una declaración de principios y hoy, a 46 años de su estreno, el público todavía parece desbordarse a la hora de enfrentarse a John Waters y a la gran Divine.

Infancia de Waters, sus primeros films

Divine y su hijo disfrutan de un paseo - Fuente: YouTube

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Como muchos jóvenes de los cincuenta y sesenta, Waters se refugiaba en el cine. Pero lejos de encandilarse con el cine clásico más tradicional, al futuro cineasta lo cautivaban los directores que entendían la experiencia cinematográfica como un shock que saltaba de la pantalla para agarrar de la garganta a los espectadores. Waters sentía indiferencia por las obras prestigiosas y por los autores de renombre. De adulto, llegaría a decir que "el peor film de Herschell Gordon Lewis o Russ Meyer era infinitamente más interesantes que El ciudadano" (Gordon Lewis es el padre del cine gore, y Russ Meyer era el Eisenstein de las nudies). Por otra parte, a Waters le interesaba el lado B del sueño americano, las personas que simbolizaban lo que el sistema pretendía ocultar, la mugre que el modelo de familia nuclear pretendía barrer debajo de la alfombra (el clan Manson, por ejemplo), y sentía que ahí era donde había un derrotero de sagas por contar.

A los 16 años, John recibió un regalo que lo cambió todo: una cámara 8 mílimetros. A los 18 y luego de mucho trabajo, estrenó su primer título: Hag in a Black Leather Jacket. Ese experimento fílmico hecho por puro placer, es el primero de una lista que continúa con Roman Candles y Eat Your Makeup. Eran pequeños films en los que él ejercitaba su músculo trash, su fascinación por los freaks y el sincero amor que sentía por los personajes contraculturales. En ese recorrido, también comenzaba a pulir su firma autoral mientras presentaba pequeñas obras que respiraban la furia fílmica de sus ídolos underground: Kenneth Anger, Jack Smith y los hermanos Kuchar. A finales de los sesenta, Waters se había convertido en el epicentro de un verdadero grupo de marginales, que ni siquiera tenían el snobismo de reconocerse a sí mismos como artistas, sino que satelitaban alrededor del director y él, como un observador privilegiado, se nutría de un mundo alternativo que poco tenía que ver con la inocencia del verano del amor. Con el tiempo de anima al largometraje y lanza Mondo Trasho, en 1969, y Multiple Maniacs, en 1971. Ambas películas son desprolijas, pero resultan muy claras para entender cuál era la visión del mundo que tenía el director. Ese mismo año, también comienza a gestar una de sus obras más tempranas pero también más definitorias: Pink Flamingos.

La idea de Pink Flamingos

La troupe completa de Pink Flamingos.
La troupe completa de Pink Flamingos.

Indudablemente este largometraje es un muestrario perfecto del Waters más rebelde y contestatario, y por ese motivo es que su creación tiene que ver con las muchas obsesiones que el director tenía en su cabeza. El germen nació cuando en uno de sus muchos viajes por California, Waters iba en el auto junto a su amigo David Lochary y ambos descubren esos típicos campos de trailers caravanas en los que vivían miles de familias norteamericanas. En ese momento, el realizador comenzó a plantearse cómo sería la vida en una de esas casas surrealistas.

La historia de Pink Flamingos hace foco en Babs Johnson (Divine) y su familia. Ella es reconocida por ser la persona más asquerosa del mundo, y junto a su hijo Crackers (Danny Mills), su madre Edie (Edith Massey) y Cotton (Mary Vivian Pearce), disfrutan de la apacible vida dentro de un trailer. En los ratos libres, Babs se dedica a todo tipo de atentados contra las llamadas buenas costumbres: canibalismo, homicidio, hurto, incesto o exhibicionismo, cualquier acto de ese tenor forma parte de su cotidianeidad. Pero la aparición del matrimonio Marble, una pareja que se dedica a vender bebés a parejas de lesbianas, pondrá en jaque a Babs como la persona más asquerosa del mundo. Y de esa forma, ambas familias entrarán en guerra por quedarse con ese título, y no dudarán en utilizar las herramientas más desagradables para derrotar a su rival en una contienda casi surrealista.

En una entrevista brindada al Baltimore Sun en 1973, Waters reconoció que en gran medida, los guiones "eran solo excusas para hacer escenas enloquecidas". Y basta ver Pink Flamingos para entender que el director pensaba situaciones que luego intentaba acomodar a la historia que estaba planteando. Gracias a la absurda historia de Pink Flamingos, John se dio el gusto de construir una fascinante galería de criaturas atípicas, desde una mujer encerrada en un corralito y obsesionada con comer huevos, hasta parejas con podofilia, hombres que mantienen relaciones sexuales con gallinas como testigos, e inclusive un cumpleaños en el cual lo más light que sucede, es ver cómo el grupo de invitados descuartiza y devora a unos policías que pretendían arrestarlos Y eso sin mencionar la mítica escena final.

La voz de una generación cinéfila (y terrorista)

Divine junto a Edie, obsesionada con los huevos - Fuente: YouTube

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Waters comprendía que para llevar adelante Pink Flamingos debía contar con un capital más suculento del que había tenido en el pasado. De ese modo, y como le sucede a muchos jóvenes que emprenden su primera aventura profesional, el realizador recurrió a quienes suelen ser los mecenas más fieles: mamá y papá (quienes por advertencia de su hijo, jamás verían la película). Ellos le dieron a John doce mil dólares para su aventura artística, y teniendo en cuenta que muchos de los actores y actrices trabajaban por diversión y amor al oficio, Waters debió estirar ese presupuesto a como diera lugar (en el comentario del DVD editado en 1997 por New Line Cinema, John se ríe al decir que, teniendo en cuenta que su obra previa había sido filmada con monedas, tener de golpe doce mil dólares en el bolsillo era como gozar de un presupuesto digno de Hollywood).

La decisión más inmediata que tomó el director fue que Pink Flamingos tenía que ser su primer largometraje en color. Con ese objetivo, se rodeó de un equipo profesional y alquiló a un camarógrafo que trabajaba con su propia cámara. Claro que debido a la torpeza del hombre, que se veía sobrepasado por el tenor de la historia que estaba filmando, Waters rápidamente lo despidió y él mismo se encargó de ser el cámara de su película. También gastó 100 dólares en un viejo trailer que se convirtió en la casa de los protagonistas, y en donde transcurren casi todos los excesos que muestra el film. Otros 100 dólares serían para Vincent Peranio, el encargado de arte, quien reconoció en una entrevista que una vez que el dinero se terminó, simplemente se dedicó a "robar de distintos locales todo lo que aún hacía falta".

Es lógico que Waters hable de este film como un acto de terrorismo cinematográfico, como una forma de atacar al establishment de esa (y esta) época, de propinar imágenes shockeantes para sacudir el adormilado status quo del cine mainstream. Para el director, lo importante era mantener una actitud de "vamos a hacer una película", y si bien él intentaba lograr cierto profesionalismo, la falta de recursos dejaba en evidencia el carácter underground del proyecto. Para empezar, Waters era prácticamente el único que trabajaba de manera exclusiva para el largometraje, mientras que el resto del equipo técnico y los actores y actrices, de lunes a viernes debían atender sus trabajos normales. Por ese motivo, Pink Flamingos se realizó a lo largo de seis meses entre 1971 y 1972, solo filmando durante los fines de semana. Esto le supuso un problema muy particular a Mink Stole, que debido al pelo rojo furioso de su personaje, durante la semana debía utilizar pelucas y sombreros para su empleo regular. Por cierto, la casa de los Marble, era en realidad la propia casa que Waters compartía en ese momento con Stole, una de sus actrices fetiche.

Por otra parte, el director tenía una lucha encarnada con los intérpretes del film, casi todos adictos a cualquier clase de narcótico conocido, para mantenerlos concentrados durante las jornadas de filmación. Y si bien en líneas generales dicha regla se cumplió, eso no impidió que Divine y un extra inhalaran Popper en la famosa secuencia del cumpleaños, en un breve fragmento que formó parte del montaje final de la película.

Carisma trash, la gran Divine

Glenn Milstead, bajo la piel de Divine, ingresó en la historia del cine gracias a su trabajo junto a Waters.
Glenn Milstead, bajo la piel de Divine, ingresó en la historia del cine gracias a su trabajo junto a Waters.

Resulta imposible disociar la importancia de Pink Flamingos con Divine, la musa definitiva de Waters, el intérprete que contaba con una presencia lo suficientemente magnética como para contener el desfile de excesos que presentaba la película. Divine, o Glenn Milstead, pertenecía a un género que era el que más apasionaba a Waters, el de las zonas grises, el de no ser ni una cosa ni la otra, sino todo al mismo tiempo. En una nota con Washington Post, Waters opinó: "Divine no era una drag queen sino un actor interpretativo. En mi guión, Divine no se revela como un hombre en el final, Divine simplemente actuaba como una mujer, o como un hombre".

Basta solo una escena de Pink Flamingos para comprender la enormidad de Divine. En un momento, ella camina despreocupada por la calle cosechando una legión de miradas asombradas, mientras Waters filma la secuencia desde su auto, captando la reacción genuina de extras involuntarios que formaron parte de la película. Ese momento, que el propio Waters reconoció que tomó prestado del film Fuego, representa el espíritu punk del largometraje, y esa lógica de filmar a como dé lugar, preocupándose menos por la prolijidad y más por el impacto del resultado final.

Hace pocos días y durante su visita a Argentina, Waters conoció a Isabel Sarli, una de sus divas favoritas.
Hace pocos días y durante su visita a Argentina, Waters conoció a Isabel Sarli, una de sus divas favoritas.

Divine se tomaba en serio su trabajo, y si bien el propio Waters confesó en una entrevista que Glenn jamás pensó que la película tendría algún tipo de fama, lo cierto es que dejaba la vida en esa filmación. En uno de los tantos robos que el equipo cometió durante la realización de Pink Flamingos, él fue atrapado por la policía y en su defensa dijo que todo era un ejercicio para entrar en personaje. Glenn también aceptó utilizar look propuesto por Van Smith, el hoy característico peinado que parte desde la mitad del cráneo, con un maquillaje furioso que resalta la zona de las cejas.

Probablemente la muestra más absoluta del compromiso que Divine tenía con el proyecto, sea la escena final, esa absoluta oda al considerado mal gusto con el que Waters cierra su obra maestra. Hay que ver Pink Flamingos para dimensionar ese cierre, y para entender la necesidad visceral de Waters por hacer cine de barricada.

Los moralistas censuras, mientras Waters crece

La heroína y una declaración de principios - Fuente: YouTube

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Pink Flamingos se estrenó en 1972 en un festival de cine de Baltimore, pero explotó al año siguiente cuando llegó al circuito de las Midnight Movies, un pequeño mundo en el que determinados cines se encargaban de proyectar films inclasificables, apuntados a un público minoritario sediento de obras de culto. Luego del éxito de El topo, de Alejandro Jodorowski, Pink Flamingos se convirtió en el segundo gran suceso de las Midnight Movies ( Cabeza borradora, ópera prima de David Lynch, sería otro éxito en ese ámbito). El catálogo de aberraciones que presentaba el film, como era de esperar, escandalizó a un sector de la sociedad norteamericana. En ese sentido, una secretaria del Consejo del Estado de Maryland llamada Mary Avara, no cesó en su lucha por censurar la película en todos los aspectos posibles. En una entrevista de la época, Avara sentenció: "la gente va los largometrajes de John Waters y aprende a hacer esas cosas, se les ocurren todas esas ideas de cometer violaciones y robos". Un periodista del New York Magazine, por su parte, dijo que el film "iba más allá de la pornografía", pero el más inaudito de los escenarios que vivió el film, fue en un juicio ocurrido en Phoenix contra la pornografía. Uno de los abogados que defendía esa industria centró su estrategia alrededor de Pink Flamingos, asegurando que una película de esa naturaleza era mucho más dañina que cualquier film triple X. Frente a ese argumento, el juez no tuvo más remedio que darle la razón al abogado.

Para Waters, esas situaciones eran la mejor de las publicidades. El había inventado el terrorismo cinematográfico, y la película coleccionaba censuras y prohibiciones de todo tipo mientras que el mito a su alrededor crecía a paso acelerado. Gracias a Flamingos y a su obra posterior, en la que a pesar de trabajar con nombres reconocidos jamás traicionó su espíritu punk, Waters le ganó al mainstream y se convirtió en un autor emblema del mal gusto. A pesar de las décadas de distancia con respecto a su estreno, y en una entrevista con Vanity Fair, el director opinó sobre las vigencia de Pink Flamingos: "Aún funciona. No se convirtió en algo más amable, sino que hasta puede que resulte más desagradable. Incluso la gente que cree haberlo visto todo se sigue impactando. Puede que la odien, pero no pueden no hablar de ella. Y ese era el objetivo. Era un acto terrorista contra la tiranía del buen gusto".

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