
La nueva princesita oscura de la chanson
La cantante francesa, que le hizo sombra a Carla Bruni con sus canciones de amor, toca hoy en Buenos Aires
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Coralie Clement está con la mirada perdida y melancólica, sentada en un sofá. Suena un tango: dos parejas de japoneses, aprenden a bailar. El escritor Edgardo Cozarinsky y el músico Pablo Mainetti están en una mesa tomando café, rodeados por una arquitectura impersonal. A unos metros hay un set de filmación. La escena es extraña y parece montada por Jean Luc Godard. En ese contexto, Coralie podría ser la protagonista de una historia de amor fou y sus canciones la perfecta banda de sonido para ese hipotético rodaje.
"Mis canciones hablan de historias de amor que terminan mal, porque para las personas esas historias son más interesantes", dice con aire despreocupado esta cantautora, que hizo de ese costado oscuro y melancólico una marca de su obra, a partir de 2001, cuando con Salle des pas perdus (Sala de los pasos perdidos) se transformó en la nueva revelación de la chanson francesa, capaz de hacerle sombra a la mismísima Carla Bruni.
Hace cuatro horas que pisó Buenos Aires, como excusa para presentar dentro del Bafici su nuevo disco Toystore , esta noche en el Teatro 25 de Mayo (Triunvirato 4444), con un trío de guitarras, piano y máquinas. Ella se avalanza con gracia sobre un cortado y unas masitas de chocolate que despiertan sus endorfinas. Alegre, cuenta su historia con la voz susurrante de las clásicas cantantes francesas: "Hacía música de muy chica. A los tres años empecé a estudiar en el conservatorio hasta los 16. En un momento dije basta y me dediqué al cine, pero creo que volví a la música porque está en mis genes".
Su padre tocaba el clarinete, la madre era una seguidora incondicional de Aznavour y la música flamenca; su hermana mayor tocaba la flauta traversa y su hermano, el conocido Benjamin Biolay, (ex esposo de Chiara Mastroianni), es uno de los cerebros musicales de la renovación pop parisina. Ella era una francesita burguesa que estudiaba historia en la universidad, pero en semejante ambiente artístico la chica parecía tener el destino escrito. "Llegué a la música profesional de casualidad. Mi hermano me pidió que hiciera unos demos para una artista desconocida que quería producir. Después me dijo que se trataba de Jane Birkin. Cuando le mostró los demos al director de su compañía, le dijo: " Las canciones están okey pero quiero que las grabe esta chica". Mi hermano primero se rehusó (risas), pero lo convencieron. Así grabé mi primer disco".
Benjamín no sólo es su hermano mayor y su principal influencia, sino el productor y compositor desde su debut discográfico hasta su último trabajo Toystore , donde armaron un set de instrumentos de juguetes, xilofones y pequeños acordeones, para darle un original sonido al disco. "Es difícil hablar de él, pero creo que es uno de los mejores compositores de la canción francesa. Tiene un don raro, y es que sabe componer para el que está trabajando. Con él nos entendemos muy bien con la música, por eso me gusta trabajar juntos, aunque también nos peleamos, como todos los hermanos", confiesa.
La banda de sonido de Coralie durante su juventud fue la música clásica. "Todo cambió cuando conocí a los Beatles. Después comencé a escuchar mucha música francesa, Aznavour, Jane Birkin, Serge Gainsbourg, Vanessa Paradise, Henri Salvador, mucho pop inglés y americano. También escuché bossa nova por mi amigo Ettiene Daho que trabajó con Astrud Gilberto. De todo eso fue saliendo mi música. Escucho cosas donde la música y el texto son muy importantes".
-¿De qué hablan tus canciones?
-El amor está presente en todos mis temas pero son historias que terminan mal.
¿Por qué?
-Porque son más interesantes y esa melancolía permite ir al fondo de las cosas. Es un lugar introspectivo que me gusta explorar. Me gusta meterme en la piel del personaje de mis historias, como hacía cuando trabajaba en cine. Entonces busco en mi interior para llegar con esa emoción introspectiva a la gente. La esencia de la canción es que la gente reflexione, aunque muchos lo pasen por alto.
Se busca
Castro (Argentina/2009), de Alejo Moguillansky- Competencia Argentina. Se verá nuevamente hoy, a las 15, en el Hoyts Abasto 1, y mañana, a las 19.30, en el Hoyts Abasto 7.
Castro es un hombre con ideas muy sui generis a propósito de la vida. Un día se fuga de su barrio con rumbo a la ciudad, acompañado por una mujer que no es su esposa. De golpe "todos buscan a Castro", no importa el porqué. Su esposa, un villano cuasi mafioso, y sus dos torpes secuaces, uno con muletas.
Castro busca trabajo, y mientras lo encuentra se la rebusca con trampitas. Consigue uno, de llevar y traer no se sabe qué. En todo este recorrido por Constitución, Parque Patricios y Once, hay diálogos filosos actuados al filo, gente que hace señas con paraguas y persecuciones, la mejor escena: casi un partido de rugby sobre asfalto y con cajitas misteriosas en lugar de ovalada. En todo caso uno de los muchos ingeniosos dislates filmados y montados por Alejo Moguillansky con una precisión que sorprende. Una muy buena propuesta.
Tarde de pesca
Hooked (Rumania/2008), de Adrian Sitaru. Competencia Internacional. Se repetirá hoy, a las 17.30, en el Hoyts Abasto 10 y mañana, a las 15.30, en el Atlas Santa Fe 1.
Desde el principio del film se percibe que el picnic que preparan una mujer (casada) y su amante no será tan plácido como imaginan. La tensión nacida de la frustración de él y las indecisiones de ella alcanza niveles explosivos cuando un accidente trastorna los planes y en especial cuando la víctima del caso, una joven y misteriosa prostituta, empieza a hurgar en la consistencia de sus sentimientos y a ponerlos en cuestión. La nerviosa (y acosadora) cámara en mano de Adrian Sitaru, que cambia continuamente el punto de vista para profundizar en los titubeos y flaquezas de la relación y desnudar su vulnerabilidad hace de la tarde de pesca deportiva un incisivo e interesantísimo juego dramático apuntalado por el trabajo de tres actores formidables. Otra muestra de la fuerza creativa y la originalidad del actual cine rumano.
Docudrama
El viaje de Avelino (Argentina/2009), de Francis Estrada. Se verá nuevamente hoy, a las 15.45, en el Hoyts Abasto 6, y mañana, a ñas 18.30, en el Hoyts Abasto 7.
Lo que se ve en este docudrama ocurrió, con los mismos habitantes que la interpretan ahora (de la pequeña y pobre Río Grande, en la Puna), hace cuatro años. El puestero Avelino Vega vive en una casa de piedra y adobe con techo de paja. Una mañana, su hijita se despierta con un fuerte dolor de vientre. Pasan los días y el dolor crece. Finalmente, Avelino decide llevarla a lomo de burro hasta el hospital de Fiambalá donde puedan darle auxilio. Tiene suerte.
El director no parece conocer la historia del cine etnográfico-testimonial, desde los tiempos de Prelorán. En este caso la fuerza del hecho real se diluye. En los tiempos que corren no es suficiente estirar el registro de una pobreza muy vista por TV, si lo que en verdad se quiere decir es que "donde haya un argentino es necesario que exista un lugar donde pueda curarse". Una pena.
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