
Estrenada hace medio siglo, luego de estar detenido su rodaje y más tarde permanecer en un limbo por la censura, La Patagonia rebelde fue un éxito de taquilla que llevó al exilio a sus protagonistas
Mil novecientos setenta y cuatro fue uno de los años más caóticos del último medio siglo argentino. O bien fue el año fundacional de ese medio siglo. El año de Perón en su último gobierno, el año en que Perón echó a los Montoneros de Plaza de Mayo y dio su último discurso detrás de un vidrio blindado. También, cosa curiosa, fue un annus mirabilis para el cine argentino, que tuvo una serie insólita de éxitos cinematográficos: La tregua, Boquitas pintadas, La Mary, Quebracho y la más complicada de todas, La Patagonia rebelde. Todo realizado en medio de convulsiones notables y del ejercicio impiadoso de la censura cinematográfica por parte de Miguel Paulino Tato. Las cuestiones políticas están imbricadas en el destino de La Patagonia rebelde. Las consecuencias no de la película en sí –un notable western político, si hay que elegirle un género– sino de su realización en una Argentina convulsionada, fueron enormes. Y sí, en gran medida, escandalosas.
