
Las trampitas de "El hijo de la novia"
Más allá de su talento como director, Campanella habría cedido a algún exceso de emotividad El nivel de los actores es lo más destacable de esta producción Además de las distinciones obtenidas ayer en Montreal, el film sigue siendo un éxito de público en nuestro país
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Hay un film argentino de Julio Ludueña, "Alianza para el progreso" (1972), prohibido durante años, en el que un personaje advertía acerca de los enmascaramientos que con falsos reemplazos reciclaban procedimientos desacreditados: "Antes, el imperialismo norteamericano llegaba con Frank Sinatra -decía-. Ahora se cuela con las canciones de protesta de Joan Báez". En la recientemente estrenada "El hijo de la novia" el amigo del protagonista lamenta la forzada liquidación de un tradicional restaurante porteño, súbitamente absorbido por capitales italianos. "Prefiero el capitalismo "americano" -sostiene-. De esta manera, en cambio, es como si me hubiera estafado mi abuelo."
Aguda observación que, sin duda, revela una maniobra solapada, una transformación en la sostenida liquidación del patrimonio y la identidad nacional, ahora a merced de un capitalismo globalizado.
Juan José Campanella, el realizador de esta exitosa película, recorre con ojo crítico y agilidad narrativa aspectos de una actualidad compleja y, con un profesionalismo intachable, consuma un producto pensado para una repercusión masiva, capaz de mostrar en los mercados -además- el excepcional nivel de los intérpretes argentinos, acaso la fachada más sólida de esta producción. Pero, más allá de su idoneidad "industrial", ¿no está operando estéticamente con recursos de enmascaramiento que ocultan tendencias sentimentales de un cine nacional superado, aquel de la comedia lacrimosa, el de los golpes bajos?
Seguramente resultará insidioso que, justo cuando la película recorre festivales y conquista el interés de la poderosa Miramax para circular en el exterior, alguien se ponga a hurgar en los mecanismos dudosos de un producto que está fortaleciendo la industria local, pero, bueno, no todo es mercado y "El hijo de la novia", que se perfila como un drama sobre "la realidad", tiene sus trampitas. La más ostensible, desde una perspectiva crítica, reside en proponer un cine con apariencia de calidad y de testimonio de la actualidad con procedimientos que, en un filón central del film, apuntan a la sensiblería más vulnerable del público. Así, un espectador crítico podría afirmar, como los personajes de los films mencionados: antes nos hacían lagrimear con las historias de las películas de Enrique Carreras; hoy nos seducen con los personajes frustrados y psicoanalizados de "El hijo de la novia".
No estaría mal, después de todo, que Campanella intentara establecer un punto intermedio entre lo que apunta al buen cine y lo que le gusta al público masivo: es necesario recuperar espectadores para el cine argentino, y en ese sentido esta película es una clara transacción entre lo que de antemano se sabe que "funcionará" y una fachada impecable con actores y técnicos que se impusieron en un cine de más vuelo. Pero, aun en ese plano, producciones de otrora que obtuvieron tanta repercusión como ésta ("La Patagonia rebelde", "Camila", "La tregua", "De eso no se habla" -que sigue detentando el título de campeona en venta al exterior- o la reciente "La fuga") proceden con materiales más genuinos y, sobre todo, originales.
Si se evocan sucesos del viejo cine comercial como "La sonrisa de mamá" o "La mamá de la novia" salen a la luz algunos resortecitos que mueven a la emoción fácil y que emparientan -en algún punto clave- el impecable film de Campanella con los de Carreras (que, por cierto, antes que impecables eran convencionales) y con el sentimentalismo de Libertad Lamarque y Palito Ortega. El desaparecido y prolífico realizador de "Las locas" llegó a convocar, también, a figuras consagradas del arte popular para avalar artísticamente la impronta fácil de sus propuestas, como en el episodio que dirigió en "La industria del matrimonio" (1965), donde reunió a Tita Merello con Angel Magaña, de un prestigio, entonces, equiparable con el que hoy ostentan dos intérpretes internacionales de primer nivel como Norma Aleandro y Héctor Alterio.
Pero, aun admitiendo la legitimidad de la emoción inmediata como recurso (¿quién no tiene algún familiar en el geriátrico?, ¿quién puede permanecer impávido ante la visión de una prematura decrepitud senil del padre o la madre?), aun así, decimos, Campanella se traiciona a sí mismo al dejarse seducir por una tentación poco recomendable: reducir modelos prestigiosos a fórmulas comercializadas. Es encomiable abrevar en una fuente tan noble como el cine de Ettore Scola (así como Scola lo hizo con De Sica) y testimoniar la crisis de un momento histórico a través del cuadro emotivo de una familia o una pareja, pero no debió apelar sólo a la superficie de algunas propuestas del maestro italiano, como las de "La familia" y "La cena", y -además- subrayar insistentemente las escenas dolorosas con una partitura y una orquestación muy parecidas a las que Armando Trovajoli compuso para esos films peninsulares. Que en el público argentino pegaron mucho, por cierto, porque existe una cultura común.
Con todo, hay una "influencia" -esta vez en el terreno del humor- que molesta aun más. La secuencia del rodaje, donde Rafa y su amigo hacen de extras mientras Alfredo Alcón recita un "Hamlet de café" y Adrián Suar dirige la película, se parece demasiado a una situación similar de "Los enemigos" (1982), un admirable alegato de Eddie Calcagno filmado y estrenado en pleno proceso militar. Allí, Ulises Dumont compone un personaje que trabaja de extra, y ocurre que en una filmación que dirige Sergio Renán (que se interpreta a sí mismo) debe corporizar a un ocasional adversario del protagonista, Pepe Soriano (que también hace de Soriano); un actor y un director famosos y "reales", en un rodaje dentro de la ficción del film, y un extra que con su torpeza le arruina la toma al director y deja mal parado al astro del presunto film. El director debió agradecer con una mención, al menos, esta "cita" de un colega local.
Campanella, en fin, ha demostrado sus virtudes como cineasta, su gusto por la emoción (que siempre hace falta en el cine, pero no con granadas lacrimógenas) y su visión para elegir y conducir a intérpretes cabales. Tiene todo el derecho de disgustarse por esta indiscreción, la de sugerirle que se deje tentar un poco más por soluciones genuinas, sin pensar tanto en el mercado.
Una argentina que arrasa
"El hijo de la novia", la película de Juan José Campanella, sigue primera en el ranking en su tercera semana: este fin de semana fue vista por 117.953 personas, sumando 502.554 espectadores.





