Los 50 de "La princesa que quería vivir"
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ROMA.- No es casual que en esta ciudad haya una invasión de pósters, publicaciones, postales y primorosos almanaques 2003 en los que se rescatan imágenes de un film legendario, "Roman Holiday", en la Argentina conocido como "La princesa que quería vivir", y que en Italia circula con el título original, traducido: "Vacanze a Roma". El revival compromete también al teatro: han comenzado los ensayos de un "musical" con el mismo título del film, sobre música de Cole Porter, que se estrenará en el teatro romano Sistina, protagonizado por Massimo Ghini (el Rossellini de "Celluloide") y Serena Autieri, con régie de Pietro Garinei.
"Roman Holiday" fue uno de los títulos más notables de la gran "comedia americana" de los años 50, pero su realizador, William Wyler, no era un mero hacedor de comedias sino uno de los maestros del cine clásico de su país, autor de obras capitales de varias décadas, tales como "Cumbres borrascosas", "Lo mejor de nuestra vida" y -entre otras- "Ben-Hur". Del estreno de esta película se cumplen 50 años y es natural que la ciudad que le dio un marco tan indispensable como subyugante celebre el aniversario con todo tipo de recordatorios.
La protagonizaron el recientemente desaparecido Gregory Peck y una actriz casi desconocida, Audrey Kathleen Ruston, una muchachita belga de ojos vivaces que se consagró en ese film con el nombre de Audrey Hepburn. Es una fábula romántica en torno de una princesa que, procedente de una exótica monarquía y en gira por el mundo, llega a Roma resguardada por un riguroso séquito. Harta de toda esa parafernalia ceremonial, una noche escapa del palacio donde la han alojado y aterriza en el centro de la ciudad, atestada de turistas que disfrutan del estío romano. Pero le han inyectado un sedante y se duerme sobre una balaustrada, donde la encuentra Joe Bradley, un corresponsal de un diario neoyorquino. El apuesto norteamericano no barrunta ni por las tapas que esa presunta borracha es la mismísima princesa que, al día siguiente, ofrecerá la conferencia de prensa que él debe cubrir. No logra despertarla y, con fastidio, decide albergarla en su habitación de una modesta pensión romana. Al día siguiente, mientras la joven continúa durmiendo, Bradley se reporta a la agencia de su diario, donde, a través de una foto publicada en primera página, descubre la identidad de su insólita huésped clandestina.
En las horas siguientes la saca a dar un paseo en motoneta y para la chica todo será alegría, descubrimiento de los rincones seculares de Roma: a la joven se le revela la plenitud de la vida, la que el protocolo regio le estaba negando, mientras que el galán acabará fascinándose con ella (y enamorándola) y registrando, con la complicidad de un fotógrafo, las vivencias de la princesa, con miras a un artículo por el que exigirá el quíntuple del pago establecido para esas notas.
"Roman Holiday" obtuvo cuantiosas recaudaciones y nueve nominaciones al Oscar de la Academia, incluidas la del director y la de Eddie Albert -el fotógrafo de la ficción- como mejor actor de reparto. Tres de ellas se concretaron en estatuillas, empezando por la que encumbró definitivamente a Audrey Hepburn. El deslumbramiento por una trama envolvente y por sus escenarios de fascinación han relegado a segundo plano las circunstancias históricas y cinematográficas de la gestación de "La princesa que quería vivir", las que, si bien menos románticas, tienen su interés como emergentes de una coyuntura internacional.
El rodaje, íntegramente realizado en Roma, fue producto de un cruce europeo-estadounidense propio de la posguerra: Italia renacía de las ruinas de la guerra. Cinecittˆ, semidestruida y ocupada por tropas nazis en 1943, fue rehabilitada en 1948 por la gestión de un jovencísimo Giulio Andreotti (hoy octogenario y enjuiciado por posibles delitos políticos), por entonces subsecretario del Consejo de Ministros de Italia y luego varias veces premier. Andreotti procuraba reactivar la industria cinematográfica y, además, tentar a los productores de Hollywood, con quienes en tiempos de la Segunda Guerra se había verificado una ruptura: en 1941 Mussolini había asumido una política de protección estatal de la cinematografía, imponiendo el estreno de al menos un film local cada tres extranjeros. La medida, ventajosa para el cine italiano, enfureció a las cuatro majors de Los Angeles (la Fox, la Paramount, la Metro y la W.B.), que se retiraron del mercado.
A fines de los años 40, en el idilio de la posguerra y con la inminencia del Plan Marshall, los grandes sellos de Hollywood se manifestaron dispuestos a coproducir con Italia y -sobre todo- a disfrutar del bajo costo que les reportaba filmar y editar en Cinecittˆ, donde habrían de ahorrar más del sesenta por ciento de lo que les costaba en Hollywood. El primer producto de este acuerdo se concretó en 1949 con el proyecto de la M.G.M. para la monumental "Quo vadis?", de Merwyn Le Roy, que se estrenó en 1952. En su lanzamiento, la publicidad rezaba "Todos los caminos conducen a Roma", y el aserto revelaba una realidad: a las inmediaciones de los estudios romanos llegaban miles de actores, extras, directores, escenógrafos y técnicos que se instalaban en campamentos. Por un consenso espontáneo Cinecittˆ fue consagrada como "La Hollywood sul Tevere", esto es, la meca del cine en las márgenes del Tíber, el río que cruza Roma. A los estudios romanos acudían a filmar (además de los "americanos" Brooks, Mankiewicz, Wise, Vidor, Zinnemann, Hathaway y Curtiz) maestros como René Clair, Julien Duvivier, Pabst, Jean Renoir y muchos otros.
William Wyler instaló sus huestes en los alberghi romanos en el verano de 1952 y durante el rodaje recurrió a Cinecittˆ sólo para algunos interiores: fuentes, monumentos, calles con el fondo de ruinas, bares y los increíbles rincones de la ciudad, así como sus camareros y taxistas, le proporcionaban un marco viviente para una historia hecha de encuentros con la gente, descubrimientos arquitectónicos y momentos mágicos de intimidad.
Volver a ver hoy "La princesa que quería vivir" (circula una discreta edición en video) depara vivencias de una atmósfera encantadora, en blanco y negro, decididamente distinta de las edulcoradas comedias del "sueño americano", en medio de una historia que reconstruye un episodio aventurero atribuido a la princesa Margaret de Inglaterra, pero en la que también subyacen las contradicciones de Hollywood: detrás del guionista Ian McLellan Hunter (que ganó uno de los tres Oscar) se esconde un g host writer : el notable escritor Dalton Trumbo que, prohibido por la censura macartista, durante casi cuarenta años apeló al mismo sosia. No obstante, y más allá de esto, el espectador actual puede revivir en perspectiva temporal el subyugante glamour de la irrepetible pareja Peck-Hepburn. Y además descubrir una Roma que se mantiene intacta en la magnificencia desgastada de sus milenarios empedrados y muros pero que, por otra parte, ha perdido para siempre la inocencia de una época de resurgimiento, en la inminencia del "boom" económico de los sesenta, un tiempo en el que la vida, lejos de intrigas políticas y amenazas de atentados, se insinuaba colmada de promesas, una felicidad soñada que se ha esfumado.
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