
Los Redgrave, larga e ilustre dinastía actoral
Quienes han ido ramas arriba en el árbol genealógico de los Redgrave aseguran que la primera evidencia de la vinculación de la familia con el teatro no viene, como solía decirse, de Fortunatus Augustine Davis, dramaturgo nacido en 1846, que, en busca de elegancia, cambió Davis por Scudamore y escribió "atroces melodramas victorianos", sino de una joven actriz que sí se apellidaba Scudamore y que buscó el apoyo del autor para ingresar en el teatro. Fue ella, Daisy, quien, al casarse con un oscuro actor llamado Roy Redgrave, dio origen a la dinastía, si bien hay quien incluye agentes teatrales y hasta empleados de boletería entre los antepasados de la admirable Vanessa y de sus hermanos Corin y Lynn, recientemente fallecidos.
Ni Roy, que abandonó a la familia y se fue a Australia, ni Daisy alcanzaron jamás la notoriedad que tendría su hijo Michael, nacido en 1908 y considerado fundador de la estirpe. Alto, apuesto, dueño de una voz sonora y una dicción perfecta, dejó en el cine pruebas claras de la amplitud de su registro expresivo: de La dama desaparece (el film de Hitchcock que lo hizo popular), a Las estrellas miran hacia abajo o La importancia de llamarse Ernesto . La otra figura descollante de la familia es, claro, Vanessa, a quien volveremos a ver pronto junto a Franco Nero (su viejo amor y ahora marido), en Cartas a Julieta , una historia de amor que parece inspirada en la suya propia.
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Como en toda familia, habrá habido distanciamientos periódicos entre los Redgrave (a veces, por la militancia política de Vanessa y Corin, no siempre apoyada por Lynn), pero las envidias y rivalidades no parecen haber existido entre ellos. Son incontables las veces en que compartieron elencos. Dos ejemplos: los tres -más el padre, fallecido en 1985-, actuaron en Oh, qué bella guerra (1969), aquella humorada bélica de Richard Lester, y hubo un año (1966) en que Vanessa ( Morgan, un caso clínico ) y Lynn ( Georgy Girl ) compitieron por el Oscar a la mejor actriz, que finalmente ganó Liz Taylor por ¿Quién le teme a Virginia Woolf?.
Los tres han tenido sus herederos: las hijas de Vanessa, Joely y Natasha Richardson (trágicamente desaparecida en 2009) y Jemma, hija de Corin, en la actuación; el hermano de ésta, Luke, como cameraman, y el hijo de Vanessa y Nero, Carlo, como director y libretista.
Si algo ha habido en común entre los tres hijos de sir Michael es, precisamente, lo que de él aprendieron: la noción del arte escénico como aprendizaje constante que requiere disciplina, estudio y dedicación, y la valentía para afrontar siempre nuevos desafíos; el éxito y la celebridad, si se producen, no deben distraer del objetivo central, decía. Para verificar cuánto supieron ellos ejercitar su ductilidad, ahí están sus films. En especial, los de Lynn, ya que de Vanessa las pruebas sobran: a la actriz fallecida hace ahora un mes, basta verla como la inolvidable Georgina, o en Dioses y monstruos (1998), los dos films que la acercaron al Oscar.
Corin brilló en escena como actor shakespeariano y prestó su depurado oficio a la TV, pero el cine le dio papeles menos relevantes, como el de marido de Andie MacDowell en Cuatro bodas y un funeral o el corrupto policía de En el nombre del padre . Corin fue también autor de un jugoso libro acerca de su padre. Pero nunca habló de dinastía: como marxista convencido y militante, era natural que detestara la palabra.
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