
Marion Cotillard, camaleónica
Aunque ninguno de sus films anteriores fueron precisamente éxitos en nuestro medio, alguien pudo haber reparado en el encanto de la bella francesa que hacía tambalear las certezas de Russell Crowe en Un buen año (Ridley Scott) o en la gracia con que exponía su insatisfacción amorosa la novia del héroe de Taxi , la serie cómico-policial que produjo Luc Besson y cuyas tres entregas batieron récords en Francia. Pero lo cierto es que el nombre de Marion Cotillard sólo se hizo famoso cuando concretó el prodigio de transformarse en Edith Piaf para revivir las penas y las glorias del inolvidable Gorrión de París en La vida en rosa (Olivier Dahan, 2007) y, en especial, cuando esa descollante creación la convirtió en la segunda actriz francesa (48 años después de Simone Signoret) en obtener el Oscar de Hollywood.
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Semejante identificación con un personaje puede resultar peligrosa para la carrera de un actor. No para Marion, que -quizá porque, hija de artistas, conoció casi desde la cuna el arte de transformarse en otras; quizá porque la consagración internacional le llegó cuando ya sabía evitar las trampas del encasillamiento-, mudó inmediatamente el rumbo y aceptó cambiar de idioma, de época y de género para ingresar en el mundo del hampa norteamericano de los años 30 y meterse en la piel del gran amor de Dillinger. Lo que consiguió no es sólo otro triunfo, sino una nueva transfiguración. Tanto que los mejores momentos de Enemigos públicos son, precisamente, aquellos en que ella está en pantalla.
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