El film, uno de los seguros candidatos al Oscar 2026, acompaña pero nunca reverencia a su protagonista, al que revela con acierto en sus miserias y redenciones
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Marty Supremo (Marty Supreme, Estados Unidos/2025). Dirección: Josh Safdie. Guion: Josh Safdie, Ronald Bronstein. Fotografía: Darius Khondji. Edición: Josh Safdie, Ronald Bronstein. Elenco: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’zion, Fran Drescher, Géza Röhrig, Kevin O’Leary, Abel Ferrara. Calificación: Apta para mayores de 13 años con reservas. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 149 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Ya desde la tercera película dirigida en conjunto -la perturbadora Heaven Knows What (2014), sobre el ambiente junkie en Nueva York-, pero luego con creces en las exitosas Good Time (2017) y Diamantes en bruto (2019), los hermanos Josh y Benny Safdie habían demostrado que sus voces eran inusuales en la periferia de Hollywood, en ese amplio corredor que a menudo se bautiza como “cine independiente”. La ya veterana Kelly Reichardt -quien recientemente deslumbró con Mente maestra-, el premiado Sean Baker, y quizás la más intermitente Debra Granik conforman -junto con algún que otro regazado del mumblecore como los hermanos Duplass- un retrato más interesante del cine de Estados Unidos que el adocenado mainstream que fluye desde los residuales “grandes estudios”. Y los Safdie han tenido, además, sus propias bifurcaciones y complementariedades: Benny ha combinado sus incursiones actorales con una ópera prima en soledad como La máquina: The Smashine Machine (2025), con ‘The Rock’ convertido en un peleador de la MMA; y el primogénito Josh ha conseguido, luego de varios cortometrajes y algunas incursiones en producción, la preparación de una película excepcional como Marty Supremo.
Pese a que pueden trazarse líneas de encuentro con el cine de los años 70 -sobre todo con el primer Scorsese, con algunos momentos de Tarde de perros de Sidney Lumet, con el cine de directores más periféricos como Jerry Schatzberg o Abel Ferrara, este último con un papel en la ficción-, la película asoma como una bocanada original e impredecible en el panorama cada vez más homogéneo del cine contemporáneo, combinando la radiografía imperecedera del pasado con el termómetro del presente, síntoma menos atribuible a una premonición que a una continuidad de aquellos cimientos. Primero, Marty Mauser, el protagonista, está interpretado por Timothée Chalamet y vagamente inspirado en Marty Reisman, un campeón de tenis de mesa de aquellos años; segundo, la historia ofrece una exploración de su personalidad antes que un arco tradicional de ascenso y caída, y al mismo tiempo remite a ese sueño de triunfo que alimentó la salida de la guerra junto a los mandatos de supervivencia y los anhelos de heroísmo de la “paz” venidera.

Pero Marty no es un héroe querible; su combustible es el ego desmedido y la bravuconería, y su único objetivo es ser campeón de ping-pong. Para ello está dispuesto a todo: a mentir, robar, humillar y engañar a quien se ponga en su camino y sea útil para su triunfo. Lo “justifica” su profética convicción de grandeza y el mantra de la época que asegura que el mundo está allí para ser conquistado por los más aptos.
Lo que hace Chalamet es descomunal para dotar a su personaje de carisma e ignominia en un constante y precario equilibrio, haciendo que sus engaños -a su amiga de infancia, casada con otro, pero embarazada de él; a la ex estrella en el ocaso que interpreta Gwyneth Paltrow; y a los amigos que confían y sacrifican dinero y dignidad por él- conformen esa personal odisea hacia la cima. De la Nueva York rústica y prometedora de los 50 -que se viste de acordes anacrónicos como los de Peter Gabriel y Tears for Fears- hasta las luces de un Japón resucitado luego de la derrota y las bombas atómicas, Marty está dispuesto a conquistarlo todo, a pisotearlo todo, a demandar su propia corona en un mundo en subasta.

Josh Safdie entiende que la mejor virtud de su película está en la distancia justa que separa su mirada de la de su personaje, al que acompaña pero nunca reverencia, al que revela en sus miserias y redenciones, al que ofrece tan único y distintivo como emergente de una época de astucias y mezquindades -como deja en claro el capitalista Rockwell y su ambiciosa colonización global con productos de librería- donde los cimientos del futuro ya están presentes. En el vértigo de la corrida de Marty está la dolorosa conciencia de esa gloria vacía.
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