
"Me queda la palabra", alegato contra la violencia
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"Si abrí mis labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra", decía el poeta vasco Blas de Otero. El remate del verso es usado por el psicoanalista y documentalista Bernardo Kononovich como llave para contar una historia que tiene que ver con el Holocausto, durante la Segunda Guerra Mundial, pero también con lo ocurrido en la Argentina, a partir del golpe militar de 1976 hasta la vuelta de la democracia, en 1983.
"Me queda la palabra", el documental de una hora de duración que se conocerá hoy, a las 19.30, con entrada libre y gratuita, en la sala A-B del Centro Cultural General San Martín (Sarmiento 1530), con presentación de los escritores Osvaldo Bayer y Manuela Fingueret, es la suma de cinco entrevistas que intentan reflejar el dolor de quienes vivieron en carne propia tiempos signados por el terror y la muerte. A partir de las experiencias de Leonie Gabriel, Judith Rieger y Ella Bernath, tres sobrevivientes de los campos de concentración y exterminio nazis, Mario Villani, un físico desaparecido durante la ultima dictadura, que fue prisionero en cinco centros de detención clandestinos por un período de casi cuatro años, y el análisis del historiador Abraham Huberman, Kononovich documenta la necesidad de transmitir a las nuevas generaciones lo que ellos vivieron, para que estos crímenes aberrantes no se repitan. En sus relatos también explican cómo cada uno recreó su vida cotidiana y su manera de interpretar y hasta aceptar por qué hay quienes todavía se resisten a escucharlos. Con el registro de sus palabras, silencios, miradas, lágrimas y gestos, Kononovich abre las puertas a la reflexión acerca de dos momentos de la historia vinculados por la intolerancia y la barbarie.
El documental, realizado con el apoyo de ORT Argentina, cuenta con el auspicio de diversas organizaciones de derechos humanos, entre ellas la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos en la Argentina, Memoria Activa, la Fundación Memoria del Holocausto, el Museo de la Shoá y Generaciones de la Shoá en la Argentina.
"No era llanto, era un grito", dice una de las entrevistadas, al recordar el momento en que, una vez terminada la guerra y liberada de su cautiverio, comenzó a reconstruir la memoria con lo sufrido o arrancado y perdido para siempre. La mirada de Kononovich se detiene una y otra vez en esas metáforas del dolor, como la de otra de las sobrevivientes cuando reconoce haber guardado parte de su memoria "...en un placard con muchos cajones, que siempre es doloroso volver a abrir". Algo parecido le ocurre a Villani, en el momento en que describe cómo fue privado de su identidad, cuando lo obligaron -a los golpes- a llamarse simplemente X 96, y les permitieron a él y a sus compañeros de cautiverio ver los partidos del seleccionado local, durante el Mundial de fútbol del 78, una pantalla que funcionó como frontera entre su mundo y ese otro de tribunas repletas y jugadores a los que -dice- parecía que poco y nada importaba su "inexistencia".
La narración de Kononovich en off completa el cuadro y cierra la elipsis que une un hecho con el otro: "Todos aquellos que han sido forzados a ser habitantes del infierno, llámese Auschwitz, Treblinka, el Club Atlético o El Olimpo, necesitan la presencia de los otros, la escucha, la mirada o el contacto de los otros para poder construir un relato que rescate lo vivido de la dimensión del horror, que lo historice, que le otorgue un sentido a su sufrimiento y a su supervivencia, y que aun cuando su contenido sea abominable, encuentre palabras en la lengua de los hombres para ser narrados".




