Murió ayer Gregory Peck, actor de raza
Compuso personajes de gran fuerza moral e integridad
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LOS ANGELES (AP).- Gregory Peck, el espigado y apuesto actor de cine que se convirtió con el tiempo en una de las grandes leyendas de Hollywood, murió en esta ciudad durante la noche de ayer, a los 87 años, según informó su vocero, Monroe Friedman.
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La larga vida de Gregory Peck no pudo haber tenido un broche final más digno que haber elevado a la condición de héroe máximo de toda la historia del cine norteamericano al personaje tal vez más rico y complejo de una trayectoria inigualable, todo un modelo de dignidad artística y de ejemplar discreción fuera de los sets.
Cuando hace apenas una semana el American Film Institute colocó más arriba que nadie en su lista de "buenos" a Atticus Finch, el noble y valeroso abogado sureño que defendía a un negro acusado de violación en "Matar a un ruiseñor", no hizo más que reconocer, todavía en vida, su admiración hacia la figura que representó dentro del cine clásico el símbolo de la fuerza moral y la integridad. Así lo siente todo Hollywood, que con esta despedida ensaya a la vez un adiós casi definitivo a esa época dorada en la que a actores como Peck le alcanzaba apenas con una aparición fulgurante para transformarse para siempre en estrellas.
En su caso, ese momento llegó en 1944 con aquel memorable sacerdote de "Las llaves del reino", el primero de una galería de personajes que el público de varias generaciones no puede imaginar ni concebir sin su presencia. Si Peck integra por mérito propio una nómina selecta y privilegiada es porque logró identificarse definitivamente en nuestra memoria de espectadores con papeles tan únicos como su carrera como actor. Desde el rey David y el escritor F. Scott Fitzgerald hasta el capitán Ahab, dispuesto a luchar a muerte contra la ballena blanca Moby Dick; desde héroes como el general MacArthur y el presidente Lincoln hasta el psiquiatra de "Cuéntame tu vida" y ese gringo loco que cabalgaba a México buscando la muerte en la película de Luis Puenzo.
Este hombre alto (un metro noventa de estatura), de rasgos alargados y ojos castaños, cuya sola presencia parecía inspirar la máxima confianza, estaba predestinado a hacer de bueno en el cine. La mayoría de sus grandes personajes respondió a esta condición, engalanada con el Oscar que logró gracias a "Matar a un ruiseñor" (1962), único reconocimiento a su labor entre cinco nominaciones para quien llegó incluso a presidir la Academia de Hollywood. Pero tan enorme fue su versatilidad como intérprete que también será recordado, por ejemplo, como la cara en el cine del terrorífico nazi Josef Mengele ("Los niños del Brasil"), el más famoso de sus villanos, sin olvidar al hijo renegado de "Duelo al sol".
Esto último sólo podía ocurrir en mundos de ficción, porque la vida de Peck fue un modelo de correspondencia entre la noble y generosa actitud de sus personajes más admirados y una vida pública y privada jamás salpicada por escándalo alguno. Presidió la Sociedad Americana de Lucha contra el Cáncer e impulsó iniciativas benéficas hasta que en 1968 recibió un Oscar honorario (el premio Jean Hersholt) por su humanitarismo.
"Es muy embarazoso ser calificado como una persona que hace acciones humanitarias -dijo en esa ocasión-. Simplemente hago aquello en lo que creo." Tal vez aquí se encuentre la explicación del reconocimiento mundial alcanzado por Peck durante su carrera, de más de medio siglo: desde el comienzo fue apreciado por el público como ese hombre común, normalmente vestido de gris, que se dirige a la oficina sin dejar de mirar el reloj.
"Tiene una hombría muy especial, más hecha de fría circunspección que de vigor físico", se dijo de él en los primeros tramos de su carrera, cuando su apostura de galán se destacaba sobre todo a partir de una rica interioridad que sólo podía encontrarse, por entonces, en Gary Cooper.
Talento y rebeldía
Peck había nacido el 5 de enero de 1916 en la localidad californiana de La Jolla, hijo de un farmacéutico descendiente de irlandeses que se divorció de su esposa cuando el futuro astro tenía sólo seis años. Decía que su rebeldía nacía de la mezcla entre el origen étnico y la formación católica que recibió en la infancia.
Al concluir sus estudios viajó a Nueva York, donde trabajó fugazmente como modelo publicitario antes de hacer una prueba en la escuela teatral de Martha Graham. "Me tuvo un rato saltando por allí y no sé si comprobó que tenía buena coordinación, pero me dieron una beca de dos años. Pagaba seis dólares por un cuarto y comía por 20 centavos en las máquinas expendedoras", recordó muchos años después.
Aquel aspirante a actor que trataba de hacerse un lugar (en 1941 se incorporó a una compañía teatral y se casó con su maquilladora) pasó a ser, con los años, un hombre próspero que invertía exitosamente en negocios ganaderos y otras inversiones. Más de una vez pensó en cambiar su trabajo de actor por la política (sobre todo en los años 70, después de encarnar a MacArthur), pero siempre fue más fuerte que esa exposición su tendencia a vivir reservadamente. No faltaba a las fiestas y a los encuentros del ambiente, pero eludía a conciencia el camino de las adulaciones y prefería dedicar mucho tiempo a viajar y a cuidar jardines, hobby que compartía con su gran amigo Henry Fonda.
"Me gusta poder elegir cuándo quiero estar en público, porque no soy de los que adoran ese brillo exterior. Nunca elegí el camino más fácil. Nunca quise ser "comprado" por un estudio, nunca tuve un agente de prensa y filmé películas que me recomendaban no hacer", señalaba en los intensos años 60 por su presencia en el reparto de algún alegato antibélico o pacifista como "La hora final" o "Matar a un ruiseñor". Sobre este último film dijo que a partir de su tema nadie quería filmarla hasta que él decidió integrar el elenco. "Pero el ganador del Oscar ese año debió ser Jack Lemmon, por "Días de vino y rosas"", subrayaba.
La presentación, en el Festival de Cannes de 2000, del documental "Conversaciones con Gregory Peck", de Barbara Kopple, fue la excusa ideal para evocar la inmensa (en todo sentido) filmografía del actor, que hizo allí una de sus últimas apariciones públicas en plenitud. Allí se pasó revista a "Días de gloria", "Cuéntame tu vida", "La luz es para todos", "Almas en la hoguera", "Sólo los valientes", "Las nieves del Kikimanjaro", "Espejismo", "Horizontes de grandeza", "Arabesque", "La sangre llama", "El oro de Mackenna" o "La noche de la emboscada". Allí, junto a su segunda esposa, la periodista ítalo-francesa Veronique Passani, recordó sus buenos tiempos con una sonrisa, señaló que el futuro del cine había que buscarlo no en los grandes estudios sino en la producción independiente y volvió a demostrar por qué le correspondía cabalmente aquella definición que dio de él otro grande del cine.
"Gregory Peck -dijo una vez John Huston, que lo dirigió en "Moby Dick"- es un actor que les gusta a todos: a los norteamericanos, por su aspecto viril; a los ingleses, por su circunspección; a los franceses, por su charme ; a los italianos, por su arte sentimental, y a los suizos, porque siempre sabe qué hora es."


