Netflix reconstruye la historia oculta del impulsor de la nueva comedia americana
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Un gesto fútil y estúpido: La historia de Doug Kenney (A Futile and Stupid Gesture, Estados Unidos/2018). Dirección: David Wain. Elenco: Will Forte, Domhnall Gleason, Emmy Rossum, Martin Mull, Matt Walsh, Thomas Lennon, Natasha Lyonne, Seth Green, Joel McHale, Matt Lucas y Brian Huskey. Película original de Netflix, disponible desde hoy. Nuestra opinión: Buena
En principio, el nombre de Douglas Kenney no dice demasiado. Si se hace una búsqueda rápida en Google aparecerá que murió en 1980, con apenas 33 años. Sin embargo, sin sus creaciones y proyectos varios de los múltiples artistas que él lanzó no hubiesen tenido el reconocimiento que luego lograron.
Dos días después de su presentación en el Festival de Sundance, Netflix lanzó esta película de David Wain (Wet Hot American Summer, Mal ejemplo, Locura en el paraíso) que reconstruye la corta, intensa y fascinante historia de Kenney, de la exitosa corporación que comenzó a construir y de la época (los desenfrenados años 70 con tanto sexo, drogas y rocanrol) en la que vivió.
Si bien la historia de National Lampoon es bastante más conocida (al respecto existe además un muy buen documental como Drunk Stoned Brilliant Dead: The Story of the National Lampoon, de Douglas Tirola), la de Doug Kenney quedó sepultada –con cierto halo mítico, es cierto– entre las ruinas de aquel imperio.
En la ficción, que tiene unas cuantas licencias respecto de los hechos reales, vemos a Kenney (interpretado por Will Forte) y su compinche Henry Beard (Domhnall Gleeson) convertidos en celebridades durante su paso por la universidad de Harvard gracias a la revista satírica The Harvard Lampoon, que fue el germen para National Lampoon, una publicación que se editó entre 1970 y 1998.
Pero National Lampoon fue mucho más que una revista políticamente incorrecta (impensable hoy) que intentaba competir con la poderosa Mad. Su campo de acción se extendió luego a los libros, los discos, los shows en vivo, la televisión, la radio y las películas, con clásicos como Colegio de animales (1978), de John Landis; Caddyshack (1980), de Harold Ramis; y la saga de Vacaciones.
No solo las carreras de Landis, Ramis, Ivan Reitman, Anne Beatts, Tony Hendra y John Hughes le deben mucho a Kenney, sino también las de Chevy Chase –que fue su compañero de aventuras y excesos–, Bill Murray , Kevin Bacon, Christopher Guest, Dan Aykroyd y otros que también murieron demasiado jóvenes como Gilda Radner y John Belushi.
La película está construida como un falso documental narrado en la actualidad desde el punto de vista del propio Kenney. Como desafiando su muerte, el Kenney septuagenario interpretado por Martin Mull “convive” con los personajes en aquellos caóticos, desorbitados y geniales tiempos en los que para estos eternos adolescentes parecía no existir (auto)censura, límite alguno para la creatividad por más absurda, ridícula o provocadora que fuese la idea en cuestión.
El film está concebido como una sucesión de sketches delirantes por momentos y desgarradores en otros, ya que Kenney fue consumiendo cada vez más y peores drogas (de la marihuana al LSD y la cocaína) y disociándose del mundo real, potenciando así sus rasgos megalómanos, paranoicos y finalmente depresivos. En este sentido, Un gesto fútil y estúpido de Wain remite por momentos a El mundo de Andy, aquella película de Milos Forman en la que Jim Carrey encarnó a Andy Kaufman.
Un gesto fútil y estúpido es un mirada actual a una época mítica e irrepetible, pero también un ensayo desencantado sobre las miserias del negocio editorial, televisivo (el ciclo Saturday Night Live le robó buena parte de los guionistas a National Lampoon) y cinematográfico (los estudios despreciaron la iracundia de estos rebeldes, pero terminaron usufructuando al máximo sus proyectos) y una merecida reivindicación al genio creativo de un hombre que –desde un escritorio y con su máquina de escribir– fue el gran titiritero, la pieza clave, el genio oculto detrás de la irrupción de una generación de artistas que revolucionó el humor en los Estados Unidos y, por qué no, en el resto del mundo.
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