Poesía y vida real en un film turco
"Nubes de mayo" ("Mayis Sikintisi", Turquía/2000, color). Presentada por Primer Plano Film Group. Guión y dirección: Nuri Bilge Ceylan. Con M. Emin Ceylan, Muzaffer Ozdemir, Fatma Ceylan, M. Emin Toprak, Muhammed Zimbao Iu, Sadik Incesu. Fotografía: Nuri Bilge Ceylan. Montaje: Aygan Ergürsel y Nuri Bilge Ceylan. Duración: 125 minutos. Para todo público.
Nuestra opinión: muy buena.
No es azarosa la dedicatoria -"A Anton Chejov"- que Nuri Bilge Ceylan coloca al final de "Nubes de mayo", ni es casual que el nombre de este multipremiado cineasta turco venga generalmente asociado al del iraní Abbas Kiarostami. Hay más de un punto de contacto entre la atmósfera meditativa y lírica del artista ruso y la mirada contemplativa del joven realizador, y muchos de los pequeños misterios que éste busca develar bajo los más minúsculos movimientos cotidianos parecen responder a aquella precisión lacónica con que Chejov percibía el verdadero pulso de la vida bajo la superficie de sus personajes.
En cuanto a Kiarostami, los lazos son bien visibles: desde la mínima anécdota, tomada de la vida misma -las situaciones que enfrenta un joven cineasta cuando regresa a la casa paterna en el interior de Turquía dispuesto a rodar un film con sus padres como actores- hasta la demorada búsqueda que emprende con la cámara de lo que escapa a la mirada acelerada y superficial, esa belleza inefable y significativa que hay a nuestro alrededor y que el precipitado cine de hoy, siempre ávido de acción, ignora.
No es fácil advertirlo desde el principio, cuando sólo asistimos a la callada espera de un joven obrero que ha rendido su examen de ingreso en la Universidad y confía hallar en ella el acceso a Estambul, es decir, el acceso a un mejor trabajo, al bienestar y la verdadera vida. O cuando se describe el reencuentro de Muzaffer, recién venido de la capital, con su familia y su rincón provinciano.
Pero de a poco, a medida que los personajes van develando sus preocupaciones, cada imagen captada por la cámara contemplativa de Ceylan empieza a cargarse de climas, de sentimientos, de significados. El ahora visitante, un ojo urbano que tarda en descubrir la quietud sólo aparente del campo, tiene un sólo objetivo: convencer a sus padres de participar en una próxima filmación que llevará a cabo ahí mismo. El padre, en cambio, sólo tiene ojos para sus árboles, ahora en peligro porque hay una inspección del gobierno que ordenará su tala si él no logra acreditar la legitimidad de su propiedad y hacer valer sus derechos.
Saffet, el que aguardó en vano el visto bueno de la Universidad, sueña con huir de la vida rural y mudarse a Estambul, quizás ayudado por su amigo, que le ha propuesto colaborar con él en la película. Y también tiene su idea fija Alí, el pequeño primo del cineasta: espera ganarse un reloj musical, pero para eso debe cumplir con la misión que le encargó su tía: llevar un huevo en el bolsillo de su delantal escolar durante cuarenta días, sin romperlo. "Ya sé que no lo logrará -oye Muzaffer que le explica su madre-, pero tiene 9 años y es hora de que aprenda a asumir responsabilidades."
De esta sencilla sabiduría, de este registro minucioso de los sueños y las preocupaciones de cada uno -visibles en sus conductas más que puestos en palabras- y de otras verdades que Ceylan capta no mediante la paciente indagación del científico sino con la poderosa intuición del poeta está hecha esta obra admirable.
Impresiones
Ceylan, como Kiarostami, hace cine con los elementos que la vida le proporciona. Este film -ha confesado- fue su manera de reparar el maltrato del que había hecho objeto a sus padres dos años antes, cuando éstos participaron en el rodaje de su opera prima, "Kazaba". De algún modo, muy ligeramente, el film -en el que los padres de Ceylan se representan a sí mismos y el director encuentra su doble en Muzaffer, uno de sus amigos- se tiñe de esa callada gratitud.
Es probable que el lento ritmo impuesto por Ceylan y esa cámara que demora su admirable sensibilidad pictórica ante los paisajes rurales, los rostros, los ambientes y las cosas, impaciente al espectador habituado a las imágenes sobrecargadas de explicaciones y de acción. "Nubes de mayo" pide otra atención, menos precipitada. No cuesta demasiado, de todos modos, entregarse a su cadencia ni percibir que a través de la difusa anécdota se cuelan unas cuantas sensaciones: la del paso del tiempo, la del amor por la naturaleza, la de un mundo campesino que se desdibuja a expensas de una creciente fascinación por la gran ciudad. Sensaciones que aluden a la realidad de Turquía, claro, pero hablan también de un momento del mundo al que no somos demasiado ajenos.
Son impresiones, sentimientos ligeramente matizados de melancolía que se instalan en la memoria del espectador y perduran en su ánimo mucho más allá del final de la proyección. Para quien perciba su belleza, su callado movimiento, su entrañable humanidad, su hálito poético, será un film muy difícil de olvidar.



