
Posdata para Belle de jour
Los personajes de un clásico de Buñuel, reunidos por Manoel de Oliveira
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Los sueños -y las pesadillas, claro-, alimentaron buena parte de la creación de Luis Buñuel. Con ellos -y con las líneas borrosas o invisibles que los ligan a la realidad- trazó la obra que lo convirtió en uno de los grandes de la historia del cine, y probablemente, en el más personal. Pero a diferencia de otros directores que han hecho tantos esfuerzos para contarnos sus sueños, Buñuel los filmaba sin diferenciarlos. En Belle de jour , por ejemplo, nunca sabemos dónde comenzó la ensoñación, y acaso el film entero no es sino la perversa fantasía de una mujer deprimida y culposa.
Sólo un espíritu tan osado como el de Manoel de Oliveira podía ser capaz de atreverse a recuperar cuarenta años después a dos personajes de ese clásico de 1967, y prolongar su historia, o más bien su enigma. Al fin, entre el portugués que acaba de cumplir 100 años y el genio aragonés, hay, aparte de la admiración que uno (el menor) profesa por el otro, varios rasgos en común, más allá de la visión religiosa de uno y el ateísmo militante del otro. Comparten el interés por los amores frustrados y los misterios nunca desentrañados, la indagación en las zonas más ocultas del ser humano y en los secretos de los cuerpos. Claro que en Belle toujours , que Impacto Cine y 791 estrenarán mañana, Oliveira no propone una secuela ni mucho menos una respuesta para el ambiguo final de Belle de jour , sino una suerte de posdata, un comentario.
Y encuentra la forma para que su film pueda ser comprendido aun por quienes no han visto el de Buñuel: el personaje de Michel Piccoli le cuenta a un barman el extraño caso de la mujer de la alta burguesía que, por amor al marido, vivía una doble vida, pues cedía a sus fantasías masoquistas por las tardes en una elegante casa de citas. El hombre, que fue en realidad el mejor amigo del engañado, el único que supo de la doble vida de la muchacha (Catherine Deneuve) y el único que ella rechazó una y otra vez, ha estado ahora siguiéndole los pasos, desde que la avistó, de lejos, en un concierto dedicado a Dvorak. ¿Para qué? Allí reside buena parte del interés central de este post scriptum concebido como homenaje a Buñuel (y al guionista Jean-Claude Carrière, que fue quien adaptó la novela de Joseph Kessel en la que estaba basado el film original). Conviene saber que el hombre guarda un secreto que ella (Bulle Ogier, en lugar de Deneuve, que no quiso volver al personaje) estará ansiosa por descubrir. Es esa -ha dicho Oliveira- la "excusa para explorar los recuerdos, las fantasías y frustraciones de los dos personajes. Y en general, del ser humano que, como animal, se deja llevar por los instintos".
El portugués dice haber reflexionado mucho sobre Buñuel. "El mostró la condición humana en todas sus caras, de la forma más elegante, sutil e irónica que se pueda concebir. Afirmaba que no creía en Dios porque sentía horror ante la crueldad humana. No entendía que un buen dios pudiera permitirla, pero aunque se declaraba ateo, sí que creía en el misterio de la vida, en el misterio del ser humano? quizás en el misterio de Dios."
Oliveira niega algún vínculo con el surrealismo. Se autodefine como un racionalista intuitivo. Pero piensa que en cierto modo Buñuel busca en el surrealismo, es decir en los instintos, una vía para criticar la realidad de la vida social actual. Eso, dice, lo volvía provocador, a veces agresivo y siempre irónico.
Otros rasgos que lo acercan a Oliveira, para quien "el cine es sólo un vehículo para humanizar a los hombres, para recordarles su condición".
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