Retratos de infancia en el cine, cuanto más maduros mejor

Con Verano 1993, la directora Carla Simón aborda temas duros con una sensibilidad que hace recordar las grandes joyas que marcaron a varias generaciones; el desafío de los "niños actores"
"Quería explorar el tema de los niños frente a la muerte", dice Simón
"Quería explorar el tema de los niños frente a la muerte", dice Simón Crédito: José Atmá
Con Verano 1993, la directora Carla Simón aborda temas duros con una sensibilidad que hace recordar las grandes joyas que marcaron a varias generaciones; el desafío de los "niños actores"
Alejandro Lingenti
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27 de abril de 2018  

Es la mirada del niño la que suele articular un buen relato de iniciación y aprendizaje. La de Frida, la atribulada y entrañable protagonista de Verano 1993, la ópera prima de la catalana Carla Simón que acaba de estrenarse en la Argentina, debe filtrar trabajosamente el monumental cambio que produjo en su corta vida (apenas 6 años) la muerte de su papá y su mamá, víctimas del virus del VIH. Sensible, certera e inteligente, la película la acompaña en ese difícil trance, revela sus incertidumbres e inquietudes, refleja su fragilidad y sus deseos precozmente postergados, pero también su energía vital y la solidaria lucidez de su familia más cercana: tíos y abuelos que están a la altura de las circunstancias y colaboran para que ese duelo sea lo menos traumático posible.

La notable solidez que Carla Simón exhibió en su debut como directora fue ampliamente reconocida: estrenada en el Festival de Berlín, la película se llevó dos premios importantes (Mejor Ópera Prima y Gran Premio del Jurado Internacional en la Sección Generation Kplus, destinada al público juvenil); también obtuvo tres distinciones en la edición del Bafici de 2017 (Mejor Dirección, Premio del Público y Premio Signis); y otros tres en los Goya españoles de este año (Mejor actor de reparto para David Verdaguer, Mejor actriz revelación para Bruna Cusi, Mejor dirección novel para Carla Simón). Su primer largo se inscribe en una larga tradición cinematográfica: la de las historias infantiles, resultado inevitable de proyecciones adultas. Pero ni siquiera los directores más estrictos han podido evitar que la frescura y la imprevisibilidad de los niños reluzcan en la pantalla. Las mejores películas sobre la infancia, asegura el crítico británico Mark Cousins, director del muy buen documental A Story of Children and Film (2013), son de doble autoría: les pertenecen al realizador, pero también a los niños que actuaron en ellas. "No importa si hablamos de Steven Spielberg, Francois Truffaut, Luis Buñuel o Jafar Panahi. El director termina por seguir el ritmo caprichoso del pequeño histrión. Los niños pasan de una emoción a otra con intensidad y rapidez, sin necesidad de disfrazar su vulnerabilidad. Eso es maravilloso. Solo el cine puede capturar a plenitud esa ingobernabilidad", sostiene Cousins, que en su propia película reúne imágenes de Cero en conducta (Jean Vigo), Los olvidados (Luis Buñuel), Los 400 golpes (Francois Truffaut), Kes (Ken Loach) y E.T. El Extraterrestre (Steven Spielberg), entre muchas otras.

Para Cousins, un buen film sobre la niñez debe reflejar timidez, belicosidad, aventura, soledad, ensoñación y pérdida. "Sobre todo pérdida", remarca el crítico. Y ese es justamente el punto de partida de Verano 1993: una pérdida irremediable cuyo efecto apenas se puede morigerar, pero no eliminar por completo. Una de las mayores virtudes de la película de Carla Simón es que no pretende esquivar ese asunto, sino más bien exhibirlo con frontalidad, crudeza y también ternura. Gracias a ese noble programa de trabajo logró cautivar al público español: el film, una producción modesta, recaudó mas de un millón de euros con los 160 mil espectadores que convocó desde su estreno, un pequeño milagro para una película chica y hablada en catalán.

El recuerdo de E.T., un film memorable
El recuerdo de E.T., un film memorable Fuente: Archivo

"No necesitaba hacer esta película para curarme de algo... Tengo 31 años y la muerte de mis padres es algo que ya tengo superdigerido -aclara Carla Simón muy pronto-. Pero sí me ayudo a entender mejor por qué me comportaba como me comportaba cuando era niña. Y entendí mucho mejor cómo se sentía la gente que me rodeaba: mis nuevos padres, mi nueva hermana, mis abuelos... Me hizo crecer en ese sentido, me reconecté con esa historia que, por haberla narrado tantas veces en mi vida, se ha convertido en una especie de leyenda, o un cuento que le pasó a otra persona".

El puntapié inicial de Verano 1993 fue un corto sobre dos niños que encontraban a su abuela muerta que Carla filmó cuando estudiaba cine en Londres. "Al terminarlo, me di cuenta de que quería seguir explorando el tema de los niños frente a la muerte. Entonces escribí el guion de mi corto de graduación tratando de contar la historia que después se transformó en Verano 1993. Lo que tenía para decir evidentemente daba para un largo. Y como en la escuela de cine de Londres insistían mucho con que era importante empezar hablando de lo que uno sabía, decidí hacer mi primera película con esa historia tan personal. Incorporé ficción, porque tampoco me acordaba al detalle de lo que había pasado ese verano, yo era muy pequeñita. Entre lo que me contaron otras personas que estuvieron cerca y una colección de fotos que fue muy inspiradora, tenía material de sobra".

Uno de los desafíos más importantes de la película fue el casting. Encontrar dos niñas de 4 y 6 años que puedan acomodarse a las exigencias de un rodaje profesional no es sencillo. Laia Artigas y Paula Robles, las elegidas, cumplieron con creces esa demanda. Las dos brillan por su espontaneidad y traban una relación de hermosa complicidad. "Tratamos de encontrar dos niñas que se parecieran a los personajes que yo había escrito, era una buena manera de tener una base para que primero pudieran ser ellas mismas y a partir de ahí jugaran a interpretar un personaje. Íbamos de compras con ellas, cocinábamos, jugábamos... Pasar tiempo todos juntos fue importante. Luego, durante dos semanas ensayamos las escenas de la película. No fue simple, la niña de 4 ni siquiera lee. Pero así descubrimos qué cosas funcionaban y cuáles no. Supimos que una le tenía miedo al agua y otra a unos caretudos y gigantes que aparecen en un desfile en un momento de la película. Rodamos solo seis horas al día, y yo las guiaba con mi voz, que estuvo en todas las tomas y fue suprimida en posproducción".

Cuenta conmigo, la amistad ante todo
Cuenta conmigo, la amistad ante todo Fuente: Archivo

Durante un buen tiempo, la directora se ocupó de ver la mayor cantidad de películas sobre la niñez que tuvo a mano. De ese proceso rescata como referencias claves a dos películas de su país -El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, y Cría cuervos, de Carlos Saura-, además de Los 400 golpes, de Truffaut, El pequeño fugitivo, un film independiente norteamericano de los 50 dirigido por Ray Ashley, Morris Engel y Ruth Orkin, La infancia desnuda, de Maurice Pialat, y Ponette, de Jacques Doillon. "Vi un documental sobre cómo se filmó Ponette que también fue muy importante", agrega Simón, quien se declara "fan absoluta" de Lucrecia Martel: "Me interesa muchísimo su forma de narrar, me resulta cautivante. También adoro el cine de Claire Denis y el de John Cassavetes. El cine que me gusta es el que me hace sentir que es un fragmento de la vida".

Ahora Simón prepara su segundo largo, una historia familiar que se desarrolla en Lleida, la zona de Cataluña donde nació su madre, famosa por el cultivo de duraznos y su paisaje cargado de belleza. "Estoy muy feliz de poder dedicarme al cine, pero no soy de esas personas que a los 5 años ya sabían qué querían hacer de adultos -confiesa-. Pensé en el periodismo porque me gusta mucho viajar y recoger las historias que me cuenta la gente. Pero en una clase de mi bachillerato en Cataluña nos proyectaron Código desconocido de Michael Haneke y quedé maravillada. Esa película me reveló que se puede entretener con una historia que también esconde debajo de la superficie un mensaje muy profundo".

Infantiles... pero no tanto

Los 400 golpes (1959, François Truffaut)

Inicio de la fabulosa saga de Antoine Doinel (siempre interpretado por Jean-Pierre Leaud), está basada en los recuerdos de la complicada infancia del director.

Crónica de un niño solo (1965, Leonardo Favio)

Igual que Truffaut, Favio debutaría en el largometraje con un film notable, que refleja con crudeza la hostilidad con la que el mundo castiga a un niño pobre.

El espíritu de la colmena (1973, Víctor Érice)

La complicada posguerra de la década del 4O en España es el marco de esta historia alegórica cuya imaginería infantil es despertada por un clásico del cine, el Frankenstein de James Whale de 1931.

Cuenta conmigo (1986, Rob Reiner)

Basada en la novela The Body, que Stephen King escribió con recuerdos de su propia niñez, es una fantástica historia de aventuras y amistad en la que brilla el inolvidable River Phoenix.

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