
Robert Mulligan: una mirada cálida y sensible
Integrante de aquella generación de directores norteamericanos que hicieron su debut en el cine a mediados de los cincuenta, después de haberse fogueado en la televisión, el recientemente fallecido Robert Mulligan no siempre contó -como sus colegas Sidney Lumet, John Frankenheimer, Arthur Penn o Martin Ritt- con el aprecio de la crítica. Le reclamaban la ausencia de un estilo personal, quizá porque sus films no mostraban uniformidad en sus elecciones visuales ni traían la seña particular visible de un autor: podía pasar del blanco y negro levemente pictórico de Matar un ruiseñor (1962) a la imagen granulada de cuño documental en Luz de esperanza ( Up the Down Staircase , 1967), y de los delicados tonos pastel que en Verano del 42 (1971) envolvían el recuerdo en un clima melancólico al expresionismo gótico de El otro (1972), tan ajustado al género de horror. ¿Exceso de eclecticismo? Quizá no se trataba de eso, sino del respeto por el material que abordaba: eran los temas los que llevaban a Mulligan a buscar en cada caso el vehículo expresivo que juzgaba más acorde. Tenía la actitud del noble artesano que se pone al servicio de lo que quiere narrar sin preocuparse por que su firma resulte reconocible. Sin embargo, esos rasgos distintivos existen y no tienen que ver solamente con su fuerte sentido de la narración o con los valores humanos que inspiran sus relatos, sino también con la mirada cálida y compasiva que echa sobre sus personajes, que en muchos casos -solitarios, niños y adolescentes en crisis de crecimiento, marginales, desorientados- andan contra la corriente. En este sentido, ninguno habrá quedado más fijado en la memoria que el de Atticus Finch, el noble abogado que en Matar un ruiseñor enfrenta los prejuicios del profundo sur norteamericano y asume la defensa de un negro injustamente acusado de violación. Ese film, el más prestigioso entre los que dirigió, obtuvo ocho candidaturas al Oscar, incluidos los correspondientes a mejor película y mejor director, y ganó tres estatuillas: Gregory Peck, como actor protagonista; Mary Badham, como actriz secundaria, y Horton Foote, como guionista-adaptador de la novela de Harper Lee. Pero alcanzó más tarde otra distinción quizá más significativa: hace cinco años, una encuesta desarrollada por el American Film Institute colocó al personaje de Atticus Finch al tope de la nómina de héroes favoritos del cine.
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No fue la única vez en que quedó expuesto el talento de Mulligan como director de actores; varios de sus intérpretes fueron nominados por la Academia: Natalie Wood por Desliz de una noche (1963), Ruth Gordon por Intimidades de una adolescente (1965) y Ellen Burstyn por El año que viene a la misma hora (1978); otros alcanzaron a sus órdenes un brillo no demasiado frecuente: Anthony Perkins en Fear Strikes Out , su primera película; Sandy Dennis en Luz de esperanza ; Jennifer O´Neill en Verano del 42 , que fue el mayor éxito de su carrera y confirmó que poseía una especial sensibilidad para retratar el mundo infantil y adolescente, sin caer en los clásicos estereotipos ni vestirlos con esa postiza inocencia que Hollywood suele atribuirles. Por algo esa sensibilidad mereció el elogio de una voz tan autorizada como la de François Truffaut. La mirada de los más jóvenes, al fin, no asoma sólo en aquellos films en los que Mulligan pone el foco sobre personajes juveniles, como Intimidades de una adolescente , The Pursuit of Happiness (1971) o la muy recordada Verano del 42 : también, por ejemplo, son los ojos de una niña los que observan el drama racial en Matar un ruiseñor .
Más allá de los altibajos de su carrera -que abarcó desde éxitos como Tuya en septiembre (1961) hasta fracasos como la pálida adaptación de Doña Flor y sus dos maridos aquí rebautizada Mi adorable fantasma (1982)-, la obra de Mulligan, que había nacido en el Bronx en 1925 y durante largo tiempo integró un fecundo equipo con el productor y también director Alan J. Pakula, espera -y seguramente merece- una atenta revisión.
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