Salir de la pesadilla de la guerra

Sarajevo, mi amor pinta un retrato profundo y sincero sobre las heridas que aún sufren sus sobrevivientes
Fernando López
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10 de diciembre de 2009  

Sarajevo, mi amor (Grbavica, Austria-Bosnia/Herzegovina-Alemania-Croacia/ 2005, color; hablada en bosnio). Dirección y guión: Jasmila Zbanic. Con Mirjana Karanovic, Luna Mijovic, Leon Lucev, Kenan Catic. Fotografía: Christine A. Mayer. Música: Enes Zlatar. Edición: Niki Mossbock. Presenta Mirada. 90 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.

Nuestra opinión: Muy bueno .

Del compacto auditorio femenino que aparece en las primeras imágenes –mujeres adultas en una suerte de sesión colectiva de terapia–, la cámara se detiene en una: esta será su historia, pero podría serlo de cualquier otra. En todas quedan las marcas de la guerra reciente: Grbavinca, el barrio de Sarajevo donde transcurre la acción, conserva el trágico recuerdo del campo de prisioneros donde la violación y la tortura eran rutina. Algunas hallan ahí, al exteriorizar su dolor, la forma de aliviar sus heridas; Esma no: sólo asiste –y en silencio– cuando llega el día de cobrar el subsidio estatal.

Su reserva se explica. Bajo la máscara de su calma y su íntima resignación, guarda un terrible secreto del pasado que apenas se insinúa en algunos de sus comportamientos. Como casi todos en ese escenario de posguerra, aun en medio de los vestigios de la tragedia, se esfuerza por recuperar una vida normal al lado de su hija, que vive los conflictos y las inestabilidades de sus 13 años. La relación entre ellas se hace más tensa cuando un hombre –al que ha conocido en el bar nocturno donde trabaja como camarera– empieza a rondar a la madre, casi al mismo tiempo que la chica descubre el amor en un compañero de escuela hijo de un mártir de guerra y busca indagar sobre el suyo, de cuya muerte durante el conflicto tiene escasas precisiones.

Tensión y emoción

La tensión entre el deseo de olvidar y una realidad que a cada paso destapa las llagas de la guerra atraviesa la dramática historia que Jasmila Zbanic narra, sin cargar las tintas, con la autoridad de un testigo directo de los hechos, la respetuosa distancia que le ha dado el ejercicio del documental y la palpitante verdad que confiere a sus personajes, en especial los dos femeninos que están en el centro de la acción. Gran parte de la potencia emotiva del film procede de la intensidad expresiva y la sensibilidad con que Mirjana Karanovic (rostro inolvidable de varios films de Kusturica) transmite la compleja interioridad de Esma, la madre que no se ha abandonado a su condición de víctima y sigue luchando como puede para ahorrarle a su hija dolores que ella debió padecer. No menos llamativa es la entrega de Luna Mijovic, como la chica que guarda bajo su apariencia de bravo muchachito la fragilidad y los temores de cualquier adolescente. Un film conmovedor.

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