
Se estrena "La televisión y yo"
El documental de Andrés Di Tella se verá los viernes y los sábados, en el Malba
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"La televisión y yo" no es la historia de la TV. Es la personal visión que Andrés Di Tella, su director, tiene de su familia, de la Argentina y de su propio yo. Y si la TV es punto de partida, en verdad "La televisión y yo" -se estrenará mañana, a las 22, en el Malba- es el retrato de una descendencia que añora aquel pasado glorioso en el que Jaime Yankelevich y Torcuato Di Tella fundaron sus imperios.
-El film es muy gracioso. ¿Dirías que es una historia de fracasos?
-(Duda.) Sí. Tuvo un proceso muy largo. Estuve cinco años haciéndolo y me choqué un poco con las paredes del documental. Me cansé de ciertas convenciones que en el fondo esconden mentiras del documental, que muchas veces presenta los resultados de una investigación como la realidad.
-Pero, ¿dijiste: "Voy a subvertir el género", o rompiste paredes porque ni Gustavo Yankelevich, ni tu papá -Torcuato-, ni tu hijo te querían hablar?
-(Se ríe.) En parte fue por lo que se fue dando durante la investigación, pero uno siempre se topa con puertas cerradas. Yo podría haber contado la historia de Jaime Yankelevich, si quería. En realidad, hay una ficción que es ese cuento de los fracasos sucesivos.
-Y de herencias...
-Exactamente. La película es sobre la transmisión. Hasta había pensado titularla "Transmisión", por las transmisiones televisivas y familiares...
-Un título para ingenieros...
-(Se ríe.) Pero tiene que ver con la transmisión y con los vacíos, los baches de las historias familiares.
-Hay un fracaso contado con humor. Se parte de Yankelevich y Di Tella, que de la nada hicieron todo, y se llega hasta...
-(Interrumpiendo.) ... ¡Los que no pudieron hacer nada! Está bien, está bien...
-Y tenés a Sebastián, bisnieto de Yankelevich, que dice que no lo dejaron "entrar en el imperio".
-Lo incluí porque así como en Jaime yo encontré un espejo de mi abuelo Torcuato, en Sebastián encontré una especie de espejo mío, con todo mi patetismo y mi no saber. Una película documental autobiográfica es un poco ridícula o, por lo menos, uno tiene que ser consciente de que lo puede ser. Sebastián fue quien disparó mi interés en la historia de Yankelevich, pero finalmente él tampoco sabía tanto. Y eso me parece típico de la novela familiar, en el sentido de que todos suponemos que descendemos de reyes y que estamos con nuestros padres por error.
-Hay gente que sufre de eso.
-En algún sentido es como si Sebastián y yo descendiéramos de emperadores. Pero a la vez no sabemos cómo hicieron sus imperios. Yo podría contar cómo creo que hizo mi abuelo o cómo creo que hizo Yankelevich, pero es más interesante exponer versiones irreconciliables, exponer dudas, al revés de lo que hace la TV, que siempre dice mostrar la realidad.
-¿Y no es necesario saber quiénes fueron Yankelevich y Di Tella?
-No. Porque lo cuento en la película. De hecho, en el exterior la gente entiende perfectamente la historia. La película es entretenida y cualquiera puede verla.
-La historia de un anónimo es universal; pero en la Argentina, Yankelevich y Di Tella son únicos.
-Para mí cada persona es única. Yo reivindico eso y estoy en contra de las categorizaciones. La autobiografía reivindica una mirada personal: empecé hablando de televisión y memoria e inmediatamente pasé a la familia. Cada historia familiar es única.
-En estas familias los descendientes reprochan la pérdida de imperios que no conocieron.
-Esa es una sensación que me transmitió muy poderosamente Sebastián y que sentí en mí como un eco. Es esa sensación de habernos perdido un gran proyecto, un gran país, y creo que la sentimos todos los argentinos.
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