Silvana Mangano, sensualidad y clase

Fernando López
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15 de diciembre de 2009  

De sex symbol de la posguerra a gran señora del cine italiano. De trabajadora en los arrozales de Piamonte -pañuelo en la cabeza, mirada provocadora, las formas mediterráneas acentuadas por el short a mitad del muslo- a Madonna inmaculada y estatuaria en el Decameró n pasoliniano o aristócrata centroeuropea en Muerte en Venecia . Y más: porque Silvana Mangano, de cuya muerte se cumplen veinte años, estuvo presente en los momentos importantes del cine italiano de su tiempo (el neorrealismo, la commedia all´italiana , el cine de autor), así como en algún producto internacional de escasa resonancia. Filmó menos de cuarenta películas entre 1945 y 1984, casi siempre mereció elogios por su rara mezcla de sensualidad y distinción y por una versatilidad expresiva que se hizo notoria con el paso de los años, pero nunca estuvo segura de sus condiciones ("Me he improvisado como actriz; no estudié y he sentido siempre el temor de ser inadecuada", decía). Y tampoco -cuesta creerlo- de su belleza: "No me gusto: un traje bello se afea en mi cuerpo".

Poco podían convencerla los honores: el diseñador francés Georges Armenkov la había querido como mannequin para llevarla a París; fue Miss Roma en 1946 y como tal participó en el concurso de Miss Italia que ganó Lucía Bosé y en el que también intervenían Eleonora Rossi Drago y Gina Lollobrigida, sus amigas. Tampoco pareció persuadirla más tarde que Pasolini hablara de su "belleza amarga, de su presencia sobrenatural, hada y bruja al mismo tiempo".

Detrás de la ficción, en la vida real, la depresión la acechaba desde siempre (su hija Verónica la recuerda encerrada durante días en su dormitorio) o por lo menos desde su boda con el productor Dino De Laurentiis, su Pigmalión, en 1949, el mismo año de su estruendosa consagración en Arroz amargo . No fue un matrimonio feliz, a lo que se sumó su temperamento melancólico y, ya en 1980, el golpe de la pérdida de su único hijo varón en un accidente.

Desde Arroz amargo , la trayectoria de Silvana, hija de un ferroviario siciliano y de una inglesa que se había soñado bailarina, fue en ascenso; hizo melodramas, dramas y comedias. Además de Giuseppe De Santis (que, según se dice, la había elegido para su famoso film cuando se la cruzó por la calle, empapada por la lluvia y sin sombra de maquillaje), la dirigieron De Sica ( El oro de Nápoles ); Monicelli ( La gran guerra ), Comencini ( Sembrando ilusiones ); Lizzani ( El proceso de Verona ). Más tarde vendrían Pasolini y Visconti y, con ellos, sus trabajos mayores Edipo rey , Teorema , Muerte en Venecia , Grupo de familia .

Y no hay que olvidar Anna (Alberto Lattuada, 1952), como no la olvidó Nanni Moretti, que en su Caro diario trataba de emularla mientras la pantalla de TV mostraba la seductora figura de la estrella bailando un, desde entonces, inolvidable baión.

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