
Sin la sombra de la culpa
En Crimen perfecto , el actor de 69 años protagoniza a un ejecutivo que asesina a su mujer y trata de escapar de la Justicia
1 minuto de lectura'
LOS ANGELES (Page Up/The New York Times News Service).- "No me estoy tomando nada en serio. Me encanta jugar; me siento joven y feliz, y creo que nunca llegué a crecer."
A los 69 años, Anthony Hopkins ríe entre dientes, pero intenta dejar en claro que habla muy en serio. "Esta etapa de mi vida -explica- me recuerda al tiempo en que era un estudiante como cualquier otro. En realidad, nunca fui un buen alumno y entonces me convertí en el payaso del aula. Hacerme el tonto me ayudó a sobrevivir. Me metí en un montón de problemas, pero también me divertí muchísimo."
Aquel clown de primera clase, con el tiempo, devino uno de los nombres más representativos de Hollywood. El mismo actor que gracias a Hannibal Lecter se convirtió en el Laurence Olivier de nuestros días, un referente clásico y brillante que invita a otros actores a sentirse con deseos de hacer una película sólo por el hecho de poder trabajar junto a él.
Esta es la razón principal invocada por el ascendente Ryan Gosling (nominado este año al Oscar como mejor actor por Half Nelson) para explicar por qué decidió por un momento abandonar su característica impronta en proyectos independientes para sumarse a una película de gran presupuesto y encarada por un importante estudio de Hollywood. El resultado es Crimenperfecto ( Fracture ), film en el que Gosling interpreta a un fiscal comprometido en la caza de un astuto ejecutivo de una empresa de aviación (Hopkins), que luego de asesinar a su esposa adúltera trata de manipular a su favor todos los mecanismos legales con el propósito de quedar al margen de cualquier acusación.
Pero, como se insinuó al principio, no es sólo la posibilidad de hablar de esta película de inminente estreno lo que trajo a Hopkins a un hotel de esta ciudad. La verdadera razón es un viaje al pasado del gran actor galés, que desde hace algún tiempo es ciudadano norteamericano. Un pasado que transitó por demasiadas cosas raras antes de convertirse en su presente.
Motorizada por una interpretación muy del estilo Lecter a cargo de Hopkins, Crimen perfecto fue muy bien recibido por la crítica y el público en Estados Unidos. Pero al hablar de la conexión entre su personaje más famoso y el que estamos por conocer, Hopkins afirma que no fue exactamente Lecter en quien se fijó, sino alguien que llegó a conocer en la vida real.
"Hay alguien que conocí y que tuve frente a mí hace algún tiempo -relata-. Era un estafador, un tipo muy despiadado que formaba parte de una banda. No estoy seguro de que haya matado a alguien, pero escuché historias acerca de que le había roto las piernas a más de uno. Este hombre fue guardaespaldas y llegó a trabajar aquí para los estudios, pero de hecho fue despedido porque con su aspecto asustaba a la gente.
Dice que el único contacto que mantuvo con él fue cuando pasó una vez por la garita de seguridad de un estudio. "Me alcanzó y me dijo: «Escuché que usted dijo cosas sobre mí. ¿De qué habló? ¿Dónde vive?». Alguien me tiró del saco y me dijo en ese momento: «Vayámonos de aquí. Está realmente loco»".
Considerando lo que ocurrió con el más famoso de todos los personajes de Hopkins, la idea de que alguien tomó contacto con el actor con aire amenazante y sus consecuencias pueden sobresaltar a cualquiera. Pero el actor tiene otro lado mucho menos conocido. Según confiesa Gosling, está muy lejos del cliché del actor introspectivo y, de hecho, es bastante conocida su costumbre de ponerse a ladrar sin previo aviso durante el ensayo o el rodaje de una escena cualquiera.
"Me gusta ladrar de improviso como si fuera un perro -dice Hopkins feliz- porque quiero hacer reír a los demás. Es apenas una broma, pero disfruto de hacerla porque me gusta observar las reacciones de la gente. En el medio de una toma me pongo a ladrar y hay gente que pregunta dónde está el perro. Entonces, oigo el grito: «¡Silencio en el estudio!», y el sonido de la pizarra. En ese momento, empiezo a hacer el sonido del reloj: «Tictac, tictac». Y de nuevo hay gente que empieza a correr, a pedir ayuda y a preguntar dónde está el reloj. Y al minuto siguiente me pongo a maullar y aparece alguien que dice: «¡Lo único que falta es que tengamos aquí un gato!». Me gusta ver cómo se enoja la gente", dice, sobre esta conducta que, según explica, se inspira en Robert Mitchum, otro icono de Hollywood.
Y como él, también Hopkins tuvo algún enfrentamiento con directores. "Una vez abandoné una película en pleno rodaje -comenta-. El director era tan horrible que no veía la hora de renunciar. Mis colaboradores me decían que no lo hiciera para evitar un juicio, pero no me importaba nada; me quería ir. El caso, al final, fue rechazado en una corte." Pero Hopkins se resiste a decir de qué película habla. "Era un musical -afirma, guiñando el ojo- y en pocas palabras lo que hice un día fue ir al baño y salir por una puerta. Lo único que dije fue: «¡Taxi!»".
Lejos de la la escuela clásica de los actores británicos, el galés Hopkins prefiere quitarle importancia a su interpretación. Como actor tiene un estilo más cercano al Método que a la tradición shakespeareana: "Cuanto más tranquila sea la interpretación de una escena, mejor resulta. Lo único que hago es leer mi parte una y otra vez hasta que estoy listo. Creo en un proceso más bien mecánico, a pura repetición. Y siento que los problemas empiezan cuando el guión de una película empieza a reescribirse en medio de un rodaje".
Y dice que hay un solo requisito obligatorio para cualquier film o proyecto capaz de atraerlo: la inteligencia. "Me molesta cuando veo a un brillante director querer lucirse a expensas de la historia o cuando trata de mostrarnos cuán talentoso es el montajista que contrató para trabajar en su película. ¿Por qué hace esas cosas en vez de contar simplemente una historia?", se pregunta. Y hablando de cuestiones sin retorno, allí está Hannibal Lecter: "Ya hice tres películas y fue suficiente. En lo que a mí respecta todo está terminado".





