Sólo para fanáticos del gore
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"1000 cuerpos" ("House of 1000 Corpses", Estados Unidos/2000-2003). Guión y dirección: Rob Zombie. Con Sid Haig, Bill Moseley, Sheri Moon, Karen Black, Chris Hardwick, Erin Daniels, Jennifer Jostyn, Rainn Wilson y Tom Towles. Fotografía: Alex Poppas y Tom Richmond. Música: Scott Humphrey y Rob Zombie. Edición: Kathryn Himoff, Robert K. Lambert y Sean K. Lambert. Diseño de producción: Gregg Gibbs. Presentada por Quasar Films. Duración: 88 minutos. Para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular
Dos parejas jóvenes que viajan por los Estados Unidos para escribir un libro sobre atracciones turísticas no convencionales llegan hasta la estación de servicio de un pueblo perdido. Allí, para su sorpresa, funciona también un museo del terror manejado por el excéntrico capitán Spaulding (Sid Haig, legendario actor de producciones de bajo presupuesto). Con la idea de profundizar aún más en las leyendas criminales del lugar, los cuatro amigos se deciden a visitar una casona del lugar. Allí -en medio de una fuerte tormenta y de la celebración de Halloween- los espera una familia cuyos integrantes son los seres más desquiciados y violentos que el espectador pueda imaginarse. Lo que sigue -obviamente- es un festival gore, con baños de sangre, torturas, vísceras y cultos satánicos.
Sadismo y erotismo, humor negro y un gran despliegue visual con guiños cinéfilos y heavy metal de fondo son los pilares sobre los que Rob Zombie construye su debut en la dirección de largometrajes. Mítico líder de la banda White Zombie, responsable de todos los videoclips del grupo y fanático cultor de las películas más radicales de los años 60 y 70 ("1000 cuerpos" es un obvio homenaje a "La masacre de Texas"), el guionista y realizador construye una historia grotesca y por momentos incoherente que puede conmover a los espectadores más impresionables con su arsenal de excesos de violencia explícita, pero que -para los ya iniciados en el género- termina siendo tan llevadera como un dibujo animado a partir de su artificialidad, de su comicidad y de sus juegos cómplices.
Sangre y más sangre
Rob Zombie apuesta a una estética decididamente old-fashioned, no sólo porque remite al cine de clase B setentista (sobre todo las historias de asesinos seriales en rutas y moteles), sino también porque intenta desligarse de la dictadura de los efectos visuales de última generación, de la aparición de monstruos o de hechos sobrenaturales. El director recupera el espíritu más artesanal del género (mucho trabajo de maquillaje, utilización de muñecos y material casero rodado en video y 16 milímetros) con la idea de reivindicar las películas que marcaron a su generación.
La presencia de iconos de aquel cine ya desaparecido (como el apuntado Sid Haig, el fallecido Dennis Fimple o la aún sugerente Karen Black) son otros hallazgos de una película que podrá ser fácilmente atacada por cruda, torpe y convencional, pero que al mismo tiempo generará más de un rato de felicidad a esa legión de adolescentes que cultivan esa extraña y extrema manera de la cinefilia del horror que tiene a directores como Tobe Hopper o Herschell Gordon Lewis en el panteón de los grandes maestros.


