

Spielberg y el arte de maravillar: cinco películas que explican su grandeza
A propósito del estreno de El día de la revelación, títulos fundamentales para descubrir los temas, obsesiones y recursos que lo convirtieron en el cineasta más influyente de las últimas cinco décadas
Se acaba de estrenar la película número 35 de Steven Spielberg, de los directores vivos el que mayor influencia ha ejercido en el cine de las últimas cinco décadas. No sólo por lo que filmó o produjo, y no solo por sus aciertos: su obra sirvió también para “filmarle en contra” (un poco lo que pensaba Godard de sus películas y de él mismo) y que aparecieran formas nuevas. De allí el grado de influencia que mencionamos. También es uno de esos pocos realizadores que, antes de ponerse a filmar, se coloca en la butaca del espectador. No necesariamente un “cinéfilo” en el sentido académico, adocenado y adolescente (incluso por lo autosatisfactorio) al que recurren quienes orgullosamente se autodefinen así, pero sí un espectador voraz, de esos a los que les gustan todas las películas. Por eso es tan próximo a nosotros, más que otros directores de su generación como Scorsese o Coppola.
También es un creador de iconos tan fijos hoy en la imaginación popular que asombra: el Tiburón, E.T., Indiana Jones, el T-Rex y los Velocirraptors son parte de un acervo universal que remiten a su trabajo. También sucede algo más: es muy difícil que no hayamos visto, que no conozcamos por lo menos cinco “películas de Spielberg”. Y en esa evidencia, aparece -siempre pasa- un misterio: ¿Cómo es y por qué nos atrae el cine de Steven Spielberg? Para dilucidarlo, vamos a recomendar cinco películas. No necesariamente las más conocidas o “canónicas”, sino las que permiten entender qué tiene de único o novedoso su trabajo.

Una de las estrategias, figuras de estilo o método -como quieran llamarlo- más frecuentes en sus películas consiste en mostrar un mundo al revés de como lo hace el cine tradicional. En efecto, se suele enseñar que hay que ir “de lo general” a lo “particular”. Digamos que Hitchcock en La ventana indiscreta parte de mostrar el patio de un edificio, meter la cámara en un departamento, mostrar que allí vive un fotógrafo y, de allí, al personaje central. Spielberg hace lo contrario: nos muestra a alguien mirando asombrado, luego abre el plano mientras nos preguntamos qué mira, por qué el asombro. O sea, nos metemos en la película a través de esa pregunta.
Es famosa la secuencia de aparición del brontosaurio en Jurassic Park (Netflix, HBO Max, Prime Video y otras), pero la mejor implementación está en Guerra de los Mundos (Paramount+). La adaptación de la novela de H.G. Wells muestra el miedo constante de unos Estados Unidos que acababan de sufrir el 11/S, y la aventura de ese padre y esos hijos está construida de tal modo que los extraterrestres apenas se ven, la guerra alien es algo que sucede alrededor y que aparece por indicios (cuerpos en un río, ropa cayendo, etcétera) que comienza en los ojos de los personajes.
Otra figura de estilo, similar pero no igual, es tomar un muy pequeño detalle del plano, un objeto casi siempre, que se encadena en acciones que llevan a un resultado mucho más grande. Las cartas que pasan de escritorio en escritorio en una secuencia muda y magistral de Rescatando al soldado Ryan (Netflix) son un caso; las uñas de Quint sobre el pizarrón de Tiburón (HBO Max), otro; el puré de papas en el plato de Roy Neary en Encuentros cercanos del tercer tipo, otro. Pero el mejor es el del inicio (los inicios de las películas de Spielberg son siempre obras en sí mismas) de Amistad (Netflix), el film sobre un barco negrero en el que los esclavos se rebelan y terminan enjuiciados por motín en el Washington D.C. de principios del siglo XIX.
Poco recordada, aquel inicio es solo unos dedos arrancando un clavo de un tablón de madera. Y eso muestra muchas cosas: la inteligencia del personaje central interpretado por Djimon Hounsou, la brutalidad del encierro, la dimensión épica de la historia que luego se convierte en un drama judicial y, sobre todo, el punto sobre el que gira toda la película: la igualdad de todos los seres humanos ante la ley. Al transformar al esclavo en héroe, le otorga una dimensión moral que será puesta en juego durante toda la película y que abre, además otro tema recurrente: la comunicación.
Si en Amistad es la necesidad de comunicarse entre el esclavo y el abogado (un Anthony Hopkins notable) que pertenecen a dos mundos y dos experiencias completamente distintas, lo mismo pasa en E.T. (Netflix) entre el extraterrestre y Elliot, en Guerra de los Mundos entre Tom Cruise y Tim Robbins (el preludio a una de las escenas más terribles de toda su filmografía), y en La Terminal (Paramount+) entre Tom Hanks y todo su entorno de habitantes de un no lugar. Pero la película donde este tema está mejor desarrollado es en Puente de Espías (hoy no disponible, pero aparecerá en Netflix y Prime Video). No solo ese abogado que interpreta Hanks (la encarnación definitiva del “everyman” clásico en las películas del realizador) debe entender los prejuicios de su propia sociedad y comunicarse con quien se supone que es un enemigo, sino construir un lenguaje al margen del lenguaje, un sistema de sobreentendidos, de fingimientos, de muecas en las que lo verdaderamente humano de las personas trasciende los condicionamientos políticos o ideológicos (el momento en el que “habla” con un “segundo” de un comisario político es de las grandes secuencias del realizador).
En casi todas las películas de Spielberg hay personajes dobles que podrían describirse como “el que vive en el mundo de ficciones y aventuras” y “el que debe vivir en el mundo real”. A veces es uno y el mismo personaje con dos caras (el Peter Pan que interpreta Robin Williams en Hook, película infravalorada); a veces es un abanico de posibilidades. En Jurassic Park, el personaje de Sam Neill se confronta con el de Richard Attenborough (el científico que ve la realidad, el creador de ilusiones al que la invención se le va de las manos); en Los Fabelmans, el joven cineasta se confronta con el padre ingenuo… o con el padre simbólico, el John Ford que encarna David Lynch, y tiene que elegir. El mejor duelo en todo caso es el de Atrápame si puedes, donde al chico que inventa puras ficciones para recuperar a su familia lo interpela el investigador del FBI que ha perdido la suya. Esa película, también cercana a los gustos cinematográficos de Spielberg (el Frank Abagnale Jr. del film está moldeado alrededor del Antoine Doinel de Los 400 golpes y, sobre todo, Besos robados, películas de su amigo Francois Truffaut) es de las más importantes del realizador, y hace perfecto juego con Los Fabelmans.
Porque hay algo que queda muy claro en el cine de Steven Spielberg y es que toda su visión del mundo, todo lo que es y fue y será, surge del prisma de las películas. Dicho de otro modo: su vida y su cine se unen desde el principio de su biografía, como si la única manera de haber experimentado la realidad hubiera sido a través de las películas. Hay una anécdota increíble: en 1983, Roman Polanski visitaba a Spielberg en la India, donde se estaba rodando Indiana Jones y el Templo de la Perdición. La idea era hablar de un probable proyecto sobre Tintín que debía protagonizar Polanski (la película se haría tres décadas después en captura de movimiento, sin Polanski, y es una belleza absoluta). El director de Barrio Chino contaba el enojo de Spielberg por los elefantes de transporte que pedía. Una y otra vez los rechazaba hasta que Polanski le preguntó por qué. Spielberg replicó que los elefantes de transporte no eran “así” (es decir, como se usaban en la India de verdad) sino como en la película Kim de la India, su modelo de ese universo. La anécdota es graciosa, pero muestra la importancia absoluta del cine como “hogar” en la obra del director.
Por eso en sus películas el cine, el espectáculo, es algo que une a las personas. Por eso es que E.T. ve El hombre quieto en TV y Elliott besa a su compañera de colegio; o la cacería de dinosaurios en El mundo perdido-Jurassic Park es una amplificación de la de ¡Hatari!, la obra maestra de Howard Hawks. Por eso la gratuidad maravillosa de El templo de la perdición. Pero el film clave aquí es Ready Player One (HBO Max, Mercado Play), donde el cine ha dado un paso hacia el videojuego y un mundo real sumido en diferencias de clase demasiado ostensibles vive casi literalmente dentro del universo virtual poblado de iconografía pop, de personajes reconocibles, de citas, de cualquier cosa que alguien pueda hacer. Y si bien en la película hay una condena -o al menos una crítica- a cómo las corporaciones se apropian de aquello con lo que poblamos un ocio creciente (en esto Ready… es más visionaria que Matrix, film de temática similar y diferente intención), ese “vivir en un mundo irreal”, esa metáfora ostensible del cine tampoco es visto como una solución, sino como una alternativa más a un mundo que debe experimentarse realmente en carne y hueso.
Esa salida de la adolescencia (que aparece en El Imperio del Sol -HBO Max-, Atrápame… -Paramount+-, y de modo más lateral en Siempre y Hook) implica también saber que el cine es un buen refugio, pero no necesariamente un hogar. De eso se trata una obra que, vista de modo cronológico, es también una autobiografía.


